La luna brillaba con un esplendor magnífico, lista para ser la confidente de los amantes y de aquellos románticos apasionados. Alejandro se sintió inspirado por tal atmósfera y fue a la oficina de Katerin para entregarle unos documentos. — ¿Puedo pasar? Preguntó tocando la puerta. — Claro, Ale. Con confianza, pasa. Respondió Katerin con una sonrisa. — Le vengo a dejar estos documentos. — Gracias, los puedes dejar en el escritorio. Alejandro dejó los papeles en el escritorio y al ver a Katerin concentrada leyendo unos documentos, se acercó a ella. — ¿Qué son esos documentos? Preguntó con curiosidad. — No son tan importantes, solo estoy comparando cuentas. —Oh, está bien, ¿no necesitas nada? Dijo mientras caminaba hacia la salida. — No, por el momento no. ¿y tú? En la

