Dos meses después Un gemido se me escapa al oír el timbre de la puerta. —Vete —grito, sabiendo que quien sea no puede oírme—. ¡Es mi día libre! Me niego a abrir los ojos y me cubro la cabeza con la manta. Es temprano. No necesito mirar el teléfono ni el despertador para saberlo. Lo siento en el cuerpo. Anoche no llegué a casa hasta casi las nueve, cuando mi turno debía terminar a las siete. Mi paciente decidió, quince minutos antes del final, que era el momento perfecto para intentar morirse. Una hora después por fin logramos estabilizarlo, pero fue un infierno conseguirlo. Llegué a casa, me duché, comí un sándwich de mantequilla de maní con mermelada y caí rendida. Pero ahora, además del timbre, hay golpes. Golpes repetidos. Y ahora mi teléfono también se suma. —¡Ugh! —grito, abriend

