Rina —Santo cielo, ¡estás embarazada! —es lo primero que digo cuando mi amiga y hermana mayor de la hermandad, London, cruza el umbral de mi casa—. ¡Maldita sea! ¡No me lo contaste! —grito, saltando de un lado a otro antes de abrazarla, cuidando su vientre ligeramente abultado. London se ríe, apretándome con igual entusiasmo. —Quería que fuera una sorpresa. Además, Miles es supersticioso como nadie y quería esperar hasta tener la ecografía de veinte semanas para contárselo a la gente. —No empieces otra vez con eso —lamenta Miles desde atrás, con diversión en la voz. —Lo que sea. Pero te culpo a ti. Es mi derecho como tu esposa y futura madre de tus hijos. Pero sí, es un niño. Estamos emocionados. Miles está hecho un desastre y ya está construyéndole un móvil de vidrio que jura que no e

