Keny Despierto temprano —como casi todas las mañanas—, pero en esta en particular soy consciente de inmediato del cuerpo grande que ocupa la cama de al lado. Su respiración suave y constante llena la habitación, que por lo demás está en silencio, haciéndome hipersensible a cada movimiento y sonido que hago para no despertarlo. Agarro mi ropa para correr, la llevo conmigo al baño y cierro la puerta lo más suavemente que puedo. Hace mucho tiempo que no tenía que moverme a escondidas en las horas previas al amanecer, y la sensación es extraña. También triste, así que intento no pensar demasiado en ello ahora. Cuando termino, apago las luces antes de abrir la puerta del baño y salgo de puntillas, exagerando cada paso. —¿Katie? —llama Javier, con la voz ronca por el sueño. —Mierda. Perdón.

