Pero el chirrido estaba empeorando, y al cabo de poco se vio acompañado de un extraño zumbido, seguido de un clic irritante y un resuello final. Emily golpeó el volante con el puño y maldijo en voz baja. La nieve estaba empezando a caer con más rapidez y densidad y su coche aumentó sus quejas antes de petardear y empezar a detenerse. Emily se quedó allí sentada, oyendo el siseo del motor moribundo e intentando pensar en qué podía hacer. El reloj le dijo que era medianoche. No había tráfico y nadie estaba fuera a aquellas horas. Todo estaba sumido en el silencio y, ahora que ya no contaba con los faros para que ofrecieran algo de luz, también en la oscuridad; no había farolas en aquella carretera, y las nubes habían tapado la luna y las estrellas. Resultaba inquietante, un escenario perfec

