Supuso que Daniel percibió sus dudas, porque fue hacia el salón antes de que ella tuviera oportunidad de decir nada. Emily lo siguió, silenciosamente agradecida de que pudiera interpretar la soledad de sus ojos y le hubiese ofrecido quedarse, incluso si era bajo la excusa de encender la chimenea. Encontró a Daniel en el salón, ocupado creando una cuidadosa montaña de yesca, carbón y troncos, y fue alcanzada al instante por el recuerdo de su padre arrodillado frente a la chimenea y prendiendo fuego como un experto, dedicándole tiempo y esmero como si se tratase de una obra de arte. Emily le había visto encender la chimenea cientos de veces, y era algo que siempre había encontrado agradable. El fuego le resultaba hipnótico y acababa pasándose horas estirada en la alfombra que había delante,

