Su olor era divino, tan varonil. Iba de traje, igual que aquel día en la calle, cuando pidió saber la hora. ¿Éste era Aaron? ¿Al que la mayoría de los empleados le temen? No quería levantar mi mirada para encontrarme con sus grandes y temerarios ojos. Pero lo hice. Mantuve la mirada, sus ojos eran negros como la oscuridad, sin una pizca de emociones y él no dijo nada. Solo se puso más serio y carraspeó. Sentí como Marcos se acercó, tocó mi brazo y luego susurró. —Regla numero uno. —No mirar fijamente a Aaron. Bajé mi mirada. ¿Por qué todo tiene que ser tan cliché? ¿El hijo de Clementina no podía ser un hijo ejemplar, el que todo empleado desea tener, amable, amistoso, respetuoso, no, tenemos a Aaron, todo lo contrario. En este hogar, hay tantas cosas por cambiar. Aaron seguía ahí par

