➳Aurora.
Llegamos a mi casa. Ya es tarde. Seguramente mi abuelita está preocupada. Víctor me deja y se retira hasta que ve que entro a mi casa, para irse despreocupado.
Una vez adentro, me quedo recargada en la puerta. El silencio de la casa me pesa. Lo que acaba de suceder me desconcierta. Me siento triste, confundida y, lo más extraño, me siento sucia.
¿Pero por qué, si Víctor es mi novio y lo amo? No hice nada malo, ¿o sí?
Me recompongo, ya que escucho la televisión en la sala, lo que indica que mi abuelita está despierta. El volumen está bajo, como siempre.
—¡Abue…! ¡Hola, mi viejita preciosa!
La abrazo, dejando un beso en su cabecita blanca. Huele a talco y a lavanda. Se encuentra sentada en el sillón, viendo sus películas antiguas en blanco y n***o.
—Hoy llegaste tarde. Ese descarado cada vez te trae más tarde. Que no sabe que no son horas para andar en la calle —me dice con cierto reclamo, mientras no despega los ojos de la televisión.
—No, abue, es que salí tarde del restaurante. Ya sabes, entre más horas trabaje, más dinero tenemos —trato de excusar a Víctor, ya que mi abuelita no lo quiere para nada. Aprieto los labios.
—Ay, hijita mía, no sabes mentir para nada. Ya deja a ese imbécil. Tú tan guapa y ese tan desagradable y patán. ¿Cuándo ha venido aquí para pedirme permiso de estar contigo?
—Abue… —le digo con cierto fastidio, pero sin ser grosera. Me duele el pecho.
—¡Nah! Nunca entenderás, muchacha de porra. Por más que te digo que ese vividor no sirve para nada, ahí sigues.
Le doy un beso para retirarme a mi cuarto. Le digo que en un rato regreso, ya que no quiero pelear, menos con ella. No podría.
Una vez en mi habitación, se me vienen las imágenes de Víctor tomándome atrás del auto. El aire se me acaba. Me siento mal, muy mal. Nunca había sentido esta sensación de vacío y desprecio a mí misma.
Me meto al baño rápido. Abro la llave de la regadera. El agua sale hirviendo. Comienzo a tallarme con brusquedad todo mi cuerpo. Me doy asco. Me arden los brazos, el cuello, el pecho.
¿Cómo puedo permitir que me haga eso si yo no lo deseo?
Pero jamás lo había pensado. Yo creía que era normal, ya que es mi novio y tiene derecho a tenerme si quiere, aunque yo no lo desee. ¿No?
Mientras me baño, me pongo a llorar. El agua se mezcla con las lágrimas. No me gusta que Víctor se enoje así, menos que me cele por cosas que no sé.
¿Cómo sabe de los clientes? ¿Acaso me espía?
Salgo del baño y voy con mi abuelita. La llevo a su habitación y la arropo para que descanse. Le acomodo las cobijas y me quedo un minuto viéndola dormir.
Me dispongo a lo mismo, ya que mañana toca ir a la universidad y después al restaurante. Será un día muy pesado.
✨✨✨✨✨
—Anoche te llamé por teléfono, Aurora. No me contestaste —Liz, mi amiga, me habla una vez que me siento en mi lugar. Volteo a mirarla. No tengo deseos de pelear. Los ojos me arden de no dormir.
—Perdóname, Liz, por favor. Por lo de no contestar y por lo del otro día. En realidad ya no tengo teléfono.
—¿Por qué? ¿Ahora ya ni derecho tienes a eso? —su voz se endurece.
Liz es mi amiga. Tonta no es. Sabe que Víctor es un poco enojón y que me hace ciertas cosas. Nunca le he contado nada, pero me ha visto llorar muchas veces y estar nerviosa otras tantas cuando me peleo por teléfono con él.
—No es eso… —estoy a nada de explicarle cuando llega nuestro profesor. Me quedo callada y ella solo niega con la cabeza, apretando los labios.
Así pasa el día, entre clases y clases, trabajos, tareas, proyectos. En fin, ya solo me falta poco para graduarme. Ya estoy a nada de salir de esto. Ya pronto todo tendrá su recompensa. Me repito eso como un mantra.
Llego al restaurante. Me cambio rápido. Me acuerdo del dinero que me dejó el chico lindo. Lo guardo en un escondite de mi casillero y me voy a empezar mis labores. Es un día un poco ajetreado. Hay muchos comensales. Mi jefe está insoportable, para no variar, diría Rosy.
En nuestro descanso, nos vamos a la parte de atrás para descansar. Mientras Rosy fuma sus cigarrillos, recargada en la pared descarapelada, yo estoy muy pensativa. El olor a nicotina se me mete en la ropa.
—¿Qué pasa, Aurorita boreal? ¿Por qué tan pensativa? —pregunta, exhalando el humo hacia arriba.
—Nada, solo pienso que ya pronto me iré de aquí. Voy a trabajar en una de las empresas de publicidad —le comento con ilusión. Por un segundo sonrío de verdad.
—Ay, ojalá. Eres bien fregona, Aurorita. Ya verás que sí. Neta, eres la mujer más inteligente que conozco. Nunca te das por vencida. Oye, y a todo esto, cambiando de tema. ¿Cuánto te dio el papacito de propina?
—No sé… —me quedo pensativa. De pronto, un miedo surge dentro de mí. Me pongo nerviosa de la nada, con un cierto tic de mover mi mano. Los dedos me tiemblan.
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes? —me dice preocupada mi amiga.
—Nada… ya voy a entrar —camino de inmediato para entrar. El corazón me va a mil.
—Pero todavía tenemos tiempo.
Tomo mi mano para que no se mueva sola. Rosy, sin duda, va tras de mí preocupada. Me para, mirándome a los ojos, y me cuestiona.
—¿Qué tienes, Aurora? ¿Estás bien?
—Sí, todo bien —sigo mi camino para no dar a notar nada—. Vamos a trabajar, si no, ya sabes, el ogro.
Entro al restaurante y Rosy igual, pero en todo momento sigue mirándome desconcertada.
Empezamos nuestras labores nuevamente. Después de un rato llega el chico lindo con otro joven igual de guapo que él. Me pongo nerviosa de la manera más absurda, y lo digo porque no debería. O sea, yo tengo novio.
¿Será que es verdad que soy una zorra y nada más ando viendo quién me ve? La culpa me carcome.
—Ya viste quién llegó, mmm —me dice Rosy con voz pícara. Yo hago como si nada pasara—. Anda a atenderlos, están en tu área.
Recuerdo lo que me reclamó anoche Víctor y surge un temor dentro de mí. El estómago se me cierra.
—No… ve tú —le digo, un tanto preocupada. Ahora mismo siento que alguien me vigila. Volteo por encima del hombro.
—Aurora, es tu área.
Estamos entre si ella va o voy yo cuando sale nuestro jefe y me grita, como siempre.
—¡¿Qué hacen ahí paradas?! ¡Vayan a atender a los clientes! ¡Aurora, ya!
Camino a regañadientes a la mesa del chico lindo. Interrumpo su plática para pedir su orden. La voz me sale bajita.
—Buenas tardes. Les doy la carta —extiendo la carta para que la vean. Las manos me sudan.
Su acompañante la toma y comienza a ver el menú.
Mientras que él me mira con esos ojos profundos. No tolero su mirada penetrante, ya que siento que me llega hasta las entrañas. Me pongo nerviosa al instante. El otro chico sigue analizando la carta.
—Hola, Aurora —me dice de pronto el chico lindo. El otro lo mira a él y a mí simultáneamente, y sonríe de medio lado—. ¿Hoy estás enojada?
Estoy a nada de responder cuando vuelve a mi mente lo de anoche con mi novio. Me pongo nerviosa y miro a todos lados. El restaurante de pronto se siente pequeño.
¿Será que alguien me vigila? Pienso de nuevo.
Así que solo niego con mi cabeza y me pongo modo seria. Aprieto la libreta contra el pecho.
—Dionisio, ahora sé por qué tu insistencia de venir aquí —le dice el otro chico. Ahora sé que el chico lindo se llama Dionisio. El nombre me retumba.
—Es que aquí la comida está deliciosa, Daniel —responde Dionisio, sin apartar la mirada de mí.
El que se llama Daniel se ríe, deja la carta en la mesa y cruza sus brazos. Solo mira al chico lindo y niega con la cabeza.
—Sí, cómo no…
Aclaro mi garganta, ya que mis nervios me están traicionando. Siento un sudor frío bajar por mi espalda. No quiero estar más tiempo aquí. No quiero tener problemas.
Después de un minuto mínimo, tomo su orden. Camino de prisa para alejarme de la mesa. Miro a todos lados. La paranoia me está matando. No imagino a Víctor vigilándome. Es absurdo que haga tal cosa… ¿o no?
Después de rato, en lo que estoy atendiendo otras mesas y así, me llama el chico lindo para que le lleve su cuenta. La dejo y me retiro casi corriendo.
Se van y siento un poco de alivio. Esto de ver a ese chico me está ocasionando tanto estrés que, en realidad, no entiendo por qué.
Víctor es mi novio. Lo amo. No debería ver a otros, menos pensar si son o no atractivos. ¿Será que tal vez mi novio tiene razón y soy una completa zorra? La duda me muerde.
Voy a la mesa para recoger la cuenta y veo que nuevamente dejó mucha propina. Me quedo pasmada. Miro a todos lados y guardo el dinero discretamente. El papel se siente caliente en mis dedos.
Pienso que es mucho dinero el que deja. Es excesivo. Rosy me ve y corre a mi encuentro.
—¿Qué pasó, mi Aurorita boreal? ¿Otra vez te dejó su gran propina el papacito? —pregunta emocionada, con los ojos brillando.
—Shhh… sí —le digo bajito, porque conocemos a nuestro capitán. Aunque sabe que son nuestras propinas, hace cualquier regla para quitárnoslas. Si es que nos dan más de lo que está estipulado—. Pero te digo que se me hace muy extraño.
—¿Qué extraño va a ser eso? Es un chico guapo, millonario, al cual le gustaste. Así que… —se encoge de hombros y se voltea—. Quiere ganar puntos contigo y derrochar su gran fortuna.
—¿Acaso quiere comprarme? —susurro, con la voz temblorosa.
—Ay, mi linda Aurora, de veras contigo —voltea los ojos, se da media vuelta y sigue con su trabajo.
Corro a mi casillero y guardo el dinero que me dejó el chico lindo donde mismo el otro. Veo tanto dinero y me da cierto gozo… con eso puedo pagar lo del pago de la hipoteca y estaría más desahogada esta quincena.
Pienso que solo por eso me conviene que venga todos los días ese chico lindo… quien, por cierto, está muy guapo. Me odio por pensarlo.
Llega la hora de salida y no sé si Víctor vendrá por mí. No tengo mi celular. Anoche, en el forcejeo y todo lo sucedido, se me perdió en el carro de mi novio.
Rosy me tuvo que prestar el suyo para llamar a mi abuelita, quien está muy bien.
Salgo y, efectivamente, está ahí el carro de Víctor. Lo saludo con singular alegría, dejando lo de anoche en el pasado. Solo quiero estar bien con él y no más. La paz, aunque sea falsa, es mejor que el miedo.
—Hola, amor…
Entro al auto, pero Víctor no me saluda. Está serio. Solo pienso: ¿qué hice mal hoy para que esté enojado otra vez? El estómago se me encoge.
Lo veo serio. Trato de tocar su mano y me la avienta.
¡Otra vez no, por favor!
—¿Qué sucede? —le digo con cierto temor. La voz me sale chiquita.
—¡No te dije que ya no quería que vinieras a trabajar, Aurora! ¡Menos aquí, porque siempre andas de resbalosa con todos! ¡Eres una cualquiera, una vil puta! —me mira con odio en sus ojos. Un odio que me congela la sangre. De inmediato me pongo triste. No sé por qué dice tal cosa.
—Víctor, no me…
Me calla de una bofetada. Quedo inmóvil en mi lugar. Siento que mi mejilla arde, como si me hubieran puesto un fierro caliente.
Me pega tan fuerte que me lastima la nariz al mismo tiempo e, irremediablemente, sale sangre de ella. Por lo tanto, mancho mi ropa. El uniforme blanco se tiñe de rojo.
—¡Ves lo que me haces hacer, Aurora?! ¡Ves?! ¡Todo esto es tu culpa! ¡Si obedecieras mis órdenes, nada de esto pasaría!
Me grita como si yo tuviera la culpa. Levanto mi cabeza para parar la sangre, mientras lloro. Aunque no quiera, lloro. Las lágrimas me pican en la nariz rota.
Me avienta una toalla pequeña que tiene guardada y me limpio. La tela áspera me raspa la piel.
—Es que no sé de qué hablas… —digo entre sollozos—. Tengo que trabajar, no puedo dejar de hacerlo. Tengo la deuda de la hipoteca…
—¡Ah, mira! ¡La señorita ya me está cantando eso una vez más! ¡Eres una desgraciada, Aurora! ¡Dijiste que me ayudarías! ¡No tengo el dinero, si no ya te lo hubiera dado, para que no me lo restregaras cada que se te antoja! —me responde, todo energúmeno. La saliva le salpica.
—No te estoy cantando nada… —susurro, encogiéndome en el asiento.
—¡Ya cállate, ya… pero voy a conseguir el dinero! ¡Y ya verás que esa deuda jamás me la volverás a cantar ni echar en cara nunca más!
Nuevamente arranca el auto a gran velocidad. Me aferro al sillón, como anoche. Él va gritándome hasta de que me voy a morir mientras que el miedo invade mi ser. No quiero morir estrellada en una pared.
¿Qué sería de mi abuelita?
Pero por más que le suplico que pare, no lo hace. Lo bueno es que ya paró mi sangrado. No fue nada, solo es aparatoso y ya. No es grave. Me lo repito. No es grave. No es grave.