Y entonces mordió sus labios, un reclamo hecho carne. Su lengua la invadió, su aliento se mezcló con el de ella. Evelyn lo abrazó por el cuello, aferrándose como si él fuera la única ancla que la sostenía a esta realidad. Sus caderas seguían moviéndose. Ahora con más ritmo, más hambre. El sonido húmedo de su unión llenaba la habitación, sin pudor. Sin reservas. Leonardo bajó la cabeza y atrapó un pezón con la boca. Lo succionó con fuerza, lo mordió suavemente y luego lo lamió con una lengua que se movía con la misma precisión con la que empuñaba un arma. Evelyn soltó un gemido que se transformó en súplica. Su espalda se arqueó, sus uñas se hundieron en los hombros de él. El mafioso gruñó, cada vez más salvaje. Su erección entraba y salía de su cuerpo con una violencia que rozaba lo s

