El reloj de péndulo en la entrada marcaba las diez de la mañana. Un silencio denso y casi sagrado envolvía la mansión Moretti. Solo se escuchaba la respiración tranquila de Gabriella, dormida en uno de los sofás, aferrada a su manta rosada. Evelyn permanecía de pie, tenía los brazos cruzados, y el pecho latiéndole con fuerza. Sentía el peso del mundo apretándole los hombros, pero más fuerte que todo era la mirada que sentía clavada en ella. Mientras que cada palabra que él había expresado se grababa con fuego en su alma. Leonardo por su parte se sentía liberado, expresarle todo lo que había guardado desde que ella se marchó, no, desde que la conoció, aligeraba su alma. Aunque ese silencio de la rubia comenzaba a impacientar. Francamente ninguno sabía cuál era la forma en que debía reacc

