Keegan sintió el golpe en el rostro con una fuerza que le hizo crujir el cuello. La sangre le sabía a óxido en la boca, pero no se quejó. No quería darle ese gusto a Seamus O’Connor, ese malnacido que lo había traicionado hacía siete años. Sus muñecas estaban inmovilizadas con esposas metálicas, sujetas contra la madera de una silla vieja, y a su alrededor, tres hombres armados custodiaban el sitio. No era más que un almacén adaptado en las afueras de Dublín, frío y húmedo, con olor a whisky rancio y gasolina. Habían llegado hacía unas horas. En cuanto el jet aterrizó en Irlanda, lo sacaron a empujones. Seamus quería tenerlo consciente, así que las órdenes fueron claras: golpéenlo, pero no demasiado. Lo suficiente para humillarlo. Para romperle algo por dentro sin dejarlo inconsciente. Y

