El camino de grava que conducía a la mansión Ardara crujía bajo el peso de los tres vehículos negros. La propiedad se alzaba imponente, rodeada de viñedos y campos abiertos. Las luces cálidas que escapaban por las ventanas contrastaban con la oscuridad del cielo irlandés, que parecía plegarse al infierno que estaba por desatarse. Desde lejos, todo parecía normal. Elegante. Como una velada para millonarios corruptos. Pero los que estaban por entrar no venían a brindar. Venían a matar. Los motores se apagaron. Las puertas se abrieron como suspiros de una tormenta inminente. Damien fue el primero en bajar. Alto, letal, con el abrigo ondeando con el viento. Su rostro era una máscara de guerra, con la mandíbula apretada, mirada fija y manos listas para ensuciarse con sangre, como puto líder

