El ambiente era sofocante. La música elegante, las risas de la alta sociedad, todo sonaba distante, irreal. Como si el mundo estuviera a punto de estallar y nadie, excepto ellos, lo supiera. Avanzaban rápido pero discretos, ocultándose cada vez que cruzaban un pasillo. Cada vez que alguien se aproximaba, los hombres arrastraban a Montgomery detrás de una columna o un biombo, apretando su cuerpo esposado contra la pared para que no se viera. Evelyn era su distracción perfecta. Cada hombre que se cruzaba en su camino desviaba la mirada hacia ella, cautivado por su presencia, por la elegancia innata con la que caminaba al lado de Leonardo. Y cada maldita mirada era un disparo para él. Leonardo apretaba la mandíbula, furioso. No podía matar a todos esos bastardos. Que se deleitaban con la

