Cuando se separaron, él se puso los guantes de látex negros. El chasquido del ajuste fue como el presagio del infierno. Tomó un tubo delgado, cubierto de púas pequeñas, diseñadas para arrancar más que dolor. Santos, al verlo, rompió a suplicar. Sus palabras eran incomprensibles entre sollozos, saliva y sangre. Pero nadie lo escuchaba. Ni lo necesitaban. Leonardo caminó hacia él con calma, con esa seguridad que lo único que hacía era que el terror se volviera más grande. —Esto es por lo que hiciste —dijo en voz baja, cerca de su oído—. Es por cada una de sus lágrimas. Por lo que no te atreviste a detener. Quiero que sientas lo que ella sintió esa noche —vociferó con el mentón en alto—. Desnúdenlo —ordenó con calma. Y entonces, los hombres de la mafia le arrancaron la ropa con ayuda de

