La mañana en la oficina de Luciano Blake no tenía nada de ordinaria. El cielo estaba encapotado, como si se solidarizara con su humor, y la temperatura del aire acondicionado parecía haber sido configurada para mantener lejos a cualquier ser humano que respirara cerca de él. Luciano estaba de pie junto al ventanal, con las manos en los bolsillos del pantalón y la mandíbula tensa, observando el horizonte como si buscara en él una respuesta. O una excusa para destruir algo. La noche anterior Erika se había ido. Con otro hombre. Eso le molestaba, se supone que sería él quien la llevaría a su casa, aunque claro solo por mera cortesía. Eso ni siquiera había sido una maldita cita y aún así, le molestaba tanto que no dejaba de dar vueltas en su cabeza. «No es que me importe», pensó con los di

