El lchofer de Damien esperaba afuera de la mansión con el auto listo. Dante subió primero, su cuerpecito de cinco años trepando con agilidad hasta quedar en el asiento de en medio. Sus ojos brillaban de emoción, sin notar la tensión latente entre su padre y la mujer que ocupaba el asiento a su derecha. Damien cerró la puerta con un ademán pausado, su presencia imponente llenando el espacio reducido del auto. Alina, por su parte, se acomodó junto a Dante, cruzando las piernas con naturalidad. El aire dentro del auto era un campo de batalla silencioso. Damien, como siempre, proyectaba ese aura de dominio absoluto, su porte impasible y la mirada fija en el camino a través de los vidrios tintados. Alina, sin embargo, no se permitió desviar la vista. No era la primera vez que comparti

