La noche en París había sido más de lo que Alina imaginó. La ciudad, con sus luces doradas y calles adoquinadas, le había parecido sacada de un sueño. Pero ahora, de vuelta en la suite del hotel, el hechizo se rompía, dejando solo la realidad de su situación. Dante entró arrastrando los pies, frotándose los ojos con sus manitas pequeñas. Estaba exhausto, había caminado mucho, sin parar de mostrar a su padre y a Alina cada cosa que le parecía extraordinaria, su cuerpecito se tambaleaba de sueño mientras caminaba hacia la enorme cama. —Tengo mucho sueño —murmuró con voz adormilada. Damien, sin decir nada, se inclinó y levantó al niño con facilidad, comenzó a cambiar su ropa por la de dormir, acomodándolo luego entre las sábanas. Sus movimientos eran firmes pero cuidadosos, casi con una te

