Mark observó que las chicas se quedaron en silencio ante la mención del nuevo dueño del hospital. En realidad no las culpaba, Saber que existía un hombre lo suficientemente rico para comprar un hospital como si fueses golosinas, era algo difícil de creer. Por otro lado, siempre disfrutaba de la hermosa sonrisa que Alina le dedicaba, era como si esa simple sonrisa compensara todo su día de arduo trabajo en el hospital infantil. No obstante, observó su reloj y suspiró resignado. —Debo regresar al hospital —dijo, terminando lo que quedaba de su bebida. Alina asintió con una sonrisa, aunque su mente aún estaba aturdida por la información que acababa de recibir. Damien había comprado el hospital. No solo había hecho un donativo generoso, lo había comprado por completo. ¿Qué maldita locura

