Michele Brown se quedó en la sala de la mansión, sentado en uno de los sofás de cuero, con el bastón de cabeza de cuervo apoyado sobre su rodilla. Su mirada se perdió en el fuego de la chimenea, pero su mente no estaba en la calidez de las llamas, sino en la conversación que había tenido con su nieto minutos antes. “—La secuestramos” Dante lo había dicho con la inocencia de un niño que no entendía la magnitud de sus palabras. Para él, todo era simple. Había señalado a la mujer de cabellos de fuego, y su padre, su inflexible y despiadado padre, había hecho lo necesario para traerla a su lado. Como si el destino de una mujer pudiera decidirse con un simple capricho infantil. Michele exhaló con pesadez, frotándose la mandíbula con los dedos. Sabía que su hijo era un hombre obsesivo, calcul

