No era miedo. Era otra cosa. —Soy amiga de Alina —dijo al fin, rompiendo el silencio expectante—. Estaba con ella en el restaurante, pero su jefe se la llevó, no es la persona más tolerante —agregó Erika recordando la mirada de Damien, parecía el mismo demonio salido del averno. Cathal soltó una carcajada baja. —El jefe —Recalcó con un dejo de burla—. Sí, supongo que se la llevó —soltó, porque todos sabían que Damien no dejaba ni a sol ni sombra a la hermana adoptiva, pero por supuesto, ella no le interesaba. Keegan, aún con las llaves de su auto en la mano, rodó los ojos y se giró hacia la puerta. —Vamos, Erika. Te llevaré a casa —avisó acercándose a ella. Pero antes de que pudieran salir, Cathal se interpuso en su camino, apoyándose despreocupadamente contra el marco de la puerta.

