El sonido de los monitores cardíacos era lo único que rompía el tenso silencio del cuarto de aislamiento. La respiración de Dante era entrecortada, su piel pálida y sudorosa. Cada jadeo que salía de sus labios era una daga en el pecho de Alina. Había visto a muchos niños en esa condición, había tratado enfermedades graves antes. Pero nunca había sentido este tipo de terror. Era Dante quien estaba ahí, y su pecho dolía. Jamás había sentido una angustia tan grande como la que sintió al ver al hijo de Damien en ese estado. Dante era un niño que, sin darse cuenta, se había convertido en lo más importante para ella. Alina sintió su garganta cerrarse. No. No podía permitirse perder el control. No podía fallarle. Sus manos temblaban mientras ajustaba el suero intravenoso de Dante, su pulgar

