Habían pasado dos meses desde que Alina se convirtió en la niñera de Dante y unos cuantos días desde su salida del hospital. El sol apenas comenzaba a filtrarse por las gruesas cortinas cuando Alina despertó con un suspiro. Su cuerpo estaba relajado, satisfecho, con la sensación cálida de Damien aún grabada en su piel. Abrió los ojos lentamente y su mirada se encontró con el techo. Su respiración aún era pausada, su mente atrapada en el placer de la noche anterior. Pero lo que realmente la sacó de su ensueño fue la presión en su vientre. Damien, estaba sobre ella. —Buenos días, sirenita —murmuró con su voz grave y rasposa por el sueño. Alina parpadeó un par de veces, tratando de procesar la imagen que tenía frente a ella. Damien estaba entre sus piernas, desnudo, con esa maldita sonri

