El turno de Alina había terminado. Las agujas del reloj marcaban las 2:07 p. m. del sábado, cuando se quitó la bata blanca la dobló con cuidado y la guardó en su bolso. Había sido una jornada tranquila, comparada con los días turbulentos que el hospital había vivido semanas atrás. Sin embargo, su cuerpo seguía sintiendo el peso acumulado de esas guardias infinitas, las noches en vela y las emociones que, por más que intentara contener, a veces la sobrepasaban. Mientras descendía por las escaleras del edificio, sacó el celular de su bolsillo. Erika no había aparecido esa mañana. Sabía que no era por algo grave —al menos, eso esperaba—, pero la ausencia de su amiga y compañera le había dejado un leve hueco en el pecho. “¿Estás bien?”, tecleó Alina rápidamente en el chat. “Te extrañé hoy. A

