—¡Quédate quieto por Dios!— exclamé fuertemente mientras sostenía a Dusty entre mis brazos.
Harold, a quien odiaba cada vez más, finalmente logró convencerme de llevarme a Dusty a dar una vuelta mientras él hablaba con James y le explicaba, según lo que él me dijo, sobre que no tendría ninguna visita de alguna chica en casa porque él canceló por querer pasar tiempo con su mejor amigo. Mentiras y más mentiras, en realidad este chico parecía tener control sobre mí, Me sentía como una especie de sirviente a veces.
Bueno, la mayoría del tiempo.
Y él era como el jefe tirano, quien se escondía detrás de su gran silla con rueditas y cuando volteaba se hallaba acariciando al gato ninja.
Sí, mi vida era una película mafiosa.
—¡Dusty!— chillé cuando el gato se escapó de mis brazos.
Sobre que era el gato más tierno, no mentía, pero debía sumarle el hecho de que también era el más inquieto. Lo que, extrañamente, hacía aumentar su nivel de ternura, por estúpido que sonase.
Volví a tomar a Dusty entre mis brazos y seguí caminando. Hablando sinceramente, estaba aburrida. Caminar y caminar sin un rumbo ni destino predeterminado me hacía volverme loca. ¡No podía caminar por toda la vida!
A media cuadra, noté que había una plaza al otro lado de la calle. Habían niños jugando, perros corriendo, señoras dándole de comer a las palomas… Suspiré. Sí, aparentemente mi hogar por las 0róximas horas.
Me encogí de hombros y crucé la calle con Dusty en brazos. Cuando ya estaba al otro extremo de la calle, me adentré a la plaza. En realidad era un lugar muy bonito, aunque en lo único que me centré fue en encontrar una banca para descansar mis cansadas piernas que habían caminado casi un millón de kilómetros.
Pero no. Las muy viejas señoras que había por ahí ocupaban todos los bancos de la plaza, usándolos como bancos para darle de comer a las palomas. Al parecer las vidas de esos pequeños animales que de alguna manera iban a morir prontamente, eran más importantes que la mía. Viva la igualdad.
Finalmente, con un dolor de muerte en mis pobres piernas, me fui a sentar debajo de un árbol, el cual estaba aislado y llegaba bastante sombra, para no tener que sufrir el fuerte sol que pegaba en la plaza. Me senté bajo las ramas del árbol y, en menos de cinco segundos, Dusty ya se había zafado de mis brazos para ir a jugar encaramándose en el árbol.
Lo sabía; era un gato ninja.
Recosté mi espalda contra el tronco del árbol y respiré profundamente.
Estaba aburrida.
***
—¡Eh! ¡Niña!— exclamó una voz cerca de mí y yo abrí los ojos de golpe.
¿Qué? ¿Me había quedado dormida?
—¿Estás bien?— me preguntó una dulce vocecita y abrí mejor los ojos, para ver más claramente quien me hablaba.
¡Pero qué ternura! Era un niño rubio, de pequeña estatura, debía de tener unos seis años con suerte, y tenía la carita más angelical del universo. ¡Dios, lo quería adoptar! O raptármelo, cualquiera de las opciones era posible.
—Gracias por despertarme, ¿sabes qué hora es?— cuestioné incorporándome.
—Díez de la noche. Bueno, nos vemos— y dicho esto de su parte, salió corriendo fuera de la plaza mientras se despedía moviendo su mano de un lado a otro.
Mientras yo me quedaba ahí, en shock, casi sin poder creérmelo.
¿¡Diez de la noche!? ¿Cuánto tiempo había dormido? ¿Unas cinco horas? ¿¡O más!? No podía creerlo, y para remate ya había anochecido. ¡Tenía que regresar pronto!
Y en ese momento fue cuando el maravilloso recuerdo de que no sabía cómo rayos regresar volvió a mi cabeza. Dios, Jade, ¿qué tienes en la cabeza?
Miré alrededor. No había nadie. ¡Y tampoco estaba Dusty!
En resumen, estaba sola, en una plaza, de noche, con Dusty perdido, y con mi tic nervioso resplandeciendo por su aparición esta noche. ¿Acaso podía ser peor?
Y el clima, respondiendo a mis plagarías irónicas, provocó un diluvio de un segundo a otro, haciendo que todo mi atuendo, cabello y zapatos quedaran empapados por las gotas de agua.
Vaya suertuda que era yo.
Y así pasé un largo tiempo, temblando por el frío de la noche y rogando por el simple hecho de que Dusty apareciera pronto. Con Dusty en mis brazos podía irme a refugiar, pero sin él, como estaba en ese momento, no podía irme así como y abandonarlo. Jamás. Yo no era capaz de dejar a un gato bajo las gotas de agua.
Menos a ese tierno gato ninja.
Luego de unos minutos más tarde, me decidí por hacer algo útil. Salí de debajo de las ramas del árbol, y caminé por toda la plaza en busca de Dusty. Tal vez se había refugiado en un árbol más seguro de la lluvia, o tal vez estaba por ahí escondido entre los juegos de plástico donde jugaban los niños pequeños.
Pero lamentablemente, no lo encontré en ninguna parte. ¡Y es que era uno de los riesgos de perder a un gato ninja!
Iba regresando a mi pequeño e inútil refugio que tenía yo, que consistía en esconderme debajo de las ramas de un árbol, cuando a mitad de camino pillé un reloj en un poste que daba la hora.
Las diez y cuarenta de la noche.
Llegaba tarde a casa, muy tarde. ¡Y el día siguiente tenía prueba!
Resignada a que nunca encontraría al gato ninja, me decidí por sentarme bajo las ramas de un árbol, el cual estaba frente al gran reloj de la plaza, y quedarme allí hasta que la lluvia parara. A pesar de presentir que la precipitación continuaría hasta la próxima semana.
Escondí mi cabeza entre mis rodillas y suspiré. ¿¡Por qué tenía que tener tan mala suerte!? Primero me echaron de la casa (y hablo en plural porque en parte también había sido culpa de James), luego ningún asiento de la plaza estaba desocupado por culpa de las viejas que le daban de comer a las palomas, tercero perdía a Dusty por haberme quedado dormida, en cuarto lugar estaba el hecho de que no sabía cómo rayos regresar a la casa Styles, y quinto, el factor más obvio: ¡estaba lloviendo!
¿Acaso era el karma que llegaba a mí por tratar mal a Harold el simio Styles? Porque si hubiera sido el karma el que dominaba el mundo, podía asegurar que Harold ya estaría mil metros bajo tierra, convertido en los pobres restos de un muy asqueroso esqueleto.
Vi la hora de nuevo. ¡Eran las once de la noche! Maldije en voz baja y reprimí mis ganas de matar al reloj, ya que… pues… ya saben… los relojes… no están vivos y… matarlos sería estúpido porque… pues… no están precisamente… vivos.
Fin de la estúpida conclusión de Jade Thirlwall.
En eso, los pasos de alguien llamaron mi atención.
Quiero agregar, amablemente, que yo no era precisamente la chica más paranoica del mundo, pero con toda la mala suerte que me estaba llegando poco a poco, no pude evitar pensar que se trataba de un asesino serial que atacaba a niñas indefensas como yo y las mataba con una cuchilla filosa.
Mediante los pasos se iban acercando más y más, más pensamientos se acumulaban en mi cerebro.
¡Un ladrón! ¡Un vándalo! ¡Un espía ruso que había siendo enviado para matarme porque habían descubierto que era un riesgo para su misión ultra-secreta! Por favor que no fuera mi profesor de biología que venía a preguntarme si había estudiado para la prueba que había al día siguiente.
Y todas mis suposiciones interesantes se fueron directamente al inodoro al ver frente a mí al chico de ojos color vómito. Llevaba un paraguas, me veía fijamente, no decía palabra, y cuando logró articular una, fue simplemente para decir la frase más estúpida y menos esperada de parte de un ser humano, pero bastante esperada de parte de un simio con retraso:
—Está lloviendo.
¡No me digas!, me dieron ganas de gritarle con ironía. Idiota.
—Lo sé, Harry— respondí en su lugar, mirándolo seriamente a los ojos.
De verdad no estaba de ánimos para ir y responderle: ¡Oh, tienes razón, y gracias por venir, Harry! No, simplemente no me daban las ganas de decirlo. Menos con la mala suerte que había tenido hasta ahora, y con el muy estúpido comentario de nuestro simio aquí presente.
Desvié la mirada molesta. No podía evitarlo, si tan sólo Harry no me hubiera echado de la casa, nada de esto habría ocurrido. Habría estado sin empaparme por la lluvia, no habría perdido a Dusty, y, no por último lo menos importante, ¡habría estudiado para mi prueba! Me seguía atormentando la idea de que el profesor de biología descubriera que no había estudiado. Dios, me sentía mala alumna, y sumando la lluvia ya me sentía como una mísera fracasada.
De repente, no sentí más lluvia caer sobre mi cabeza y mis hombros. Alcé la mirada extrañada y desconcertada, y noté que Harold estaba sujetando el paraguas sobre mí para que no me mojara más de lo que estaba. Sonreí interiormente. Este chico, a pesar de ser un simio la mayoría de las veces, debía admitir que podía ser un encanto de persona.
Pero qué cosas decía. ¡Claro que no! Cinco minutos después y apostaba que se volvía nuevamente el simio de siempre. Claro que sí, eso ya tenía más sentido que el simple hecho de que fuera un amor de persona.
Porque él no lo era.
Él era un simio idiota.
Muy, muy, muy idiota.
Me levanté del suelo, sujeté el paraguas, y lo hice quedar entre nosotros dos para que ninguno se empapara por culpa de la lluvia.
Caminamos en silencio hasta salir de la plaza, ya afuera de ahí, me di cuenta de un pequeño detalle al voltear a ver a Harold. Estaba rojo, como un tomate.
—¿Estás bien?— cuestioné arqueando una ceja al ver que caminaba cabizbajo y con las mejillas inusualmente sonrosadas.
—¿Por qué lo dices?— preguntó él desviando su mirada de la mía.
Me detuve en seco, provocando que él se detuviera también, mirándome desconcertado y sin comprender por qué mi repentino paro. Me acerqué un poco más hacia él, notando que sus mejillas se hacían más rojas que antes, y toqué su frente con la palma de mi mano.
—¿No tendrás fiebre?
Él negó en silencio.
—Mmm… no sé, Harold, estás muy rojo, tal vez te resfriaste por la lluvia— comenté sencillamente y volvimos a retomar el camino a casa.
—Tal vez…— murmuró él y yo lo miré de reojo arqueando una ceja—. Hay que doblar aquí— dijo él señalando la próxima calle y yo asentí. Todo por llegar a casa.
Íbamos llegando a la casa Styles cuando me acuerdo del pequeño y tierno gato ninja.
—¿Y Dusty?— cuestioné con un tono de preocupación en mi voz.
—Regresó a casa a la hora de la cena. Ese gato cuando tiene hambre es capaz de todo— dijo él con una pequeña risa.
Llegamos a la casa, entramos, y Harold dejó el paraguas en el perchero de la entrada.
—¿Quieres ver una película?— preguntó mirándome curiosamente.
Intenté no soltar el muy obvio “¿Qué?”. Es decir, Harry Styles podía ser un simio agradable de vez en cuando, pero eso no quitaba el hecho de que era horrible conmigo la mayoría del tiempo. Y aún así, él estaba ahí, parado enfrente de mí, con los rizos más definidos por haberle caído lluvia por un momento.
Bueno, pensé, un tanto resignada. No me haría daño ver una película con el simio.
—Claro— respondí y él esbozó una pequeña sonrisa—. Déjame me doy una ducha y bajo. Estoy hecha un desastre por culpa de la lluvia.
Él soltó una leve carcajada.
—No te preocupes, está bien. Mientras tanto haré unas palomitas— dijo él y se dirigió a la cocina antes de regalarme una sonrisa, haciendo notar sus hoyuelos.
Y no entendía muy bien por qué, pero parecía que esta vez no estaba siendo simpático precisamente por mi ropa o mi aspecto, como lo había sido antes, porque, claramente, ahora era sin duda alguna un desastre.