—Lo haré, me divorciaré, pero nunca me casaré contigo. —¡Emmanuel! —Tómalo o déjalo —dijo Emmanuel, y salió de ahí. Caminó por el pasillo alejándose, y encontró a su madre. —¡Hijo, seré abuela otra vez! —exclamó, casi intentó abrazarlo, pero Emmanuel sujetó sus brazos con fuerza. Su mirada estaba llena de odio. —¡No me toques! Tú y yo no somos nada, Ivana, no eres mi madre, no serás abuela de ninguno de mis hijos, para mì, estás muerta. —¡Emmanuel! ¿Cómo puedes ser tan cruel y hablarme asì? Esa mujer hizo que me odiarás —dijo casi con ojos llorosos. Emmanuel mirò a su madre, luego esbozó una sonrisa. —¿Odiarte? Ni siquiera eso hago, vales tan poco la pena, Ivana, que ni gasto mi energía en odiarte, no siento ya nada por ti, y ese es tu mejor castigo. Emmanuel dio la vuelta, se a

