24 Cuando abro los ojos, la luz del sol atraviesa la ventana. Estoy sola, en lo que alguna vez fue una hermosa habitación con techos altos y ventanas arqueadas. El primer pensamiento que llega a mi mente es que Raffe me ha abandonado una vez más. El pánico se aglomera en mi estómago. Pero es de día, y puedo conducirme sin problemas con la luz del sol, ¿no es así? Y sé cómo dirigirme a San Francisco, si es que debo creerle a Raffe. Le concedo una probabilidad de cincuenta por ciento. Salgo de la habitación, bajo las escaleras hacia el pasillo, y entro a la sala. Con cada paso, elimino los restos de mi pesadilla, dejándola atrás en la oscuridad, donde pertenece. Raffe está sentado en el suelo, empacando mi mochila. El sol de la mañana acaricia su cabello, acentuando los mechones de color

