Élodie se había ido temprano a dormir, tenía que ir a trabajar a primera hora. Yo, en cambio, no lograba conciliar el sueño. El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando me levanté. La habitación estaba apenas iluminada por la luz tenue que se filtraba desde la calle. Aún no me acostumbraba al lugar, bueno, era el primer día, así que es normal. Las paredes eran blancas, frías, y olían a pintura reciente. El colchón nuevo crujía cuando me movía, y el sonido lejano de un tren me recordaba que estaba sola. Me acerqué a la ventana. Desde allí podía ver parte de la ciudad dormida, los faroles titilando como estrellas tristes. Respiré hondo, intentando no llorar. Era la primera vez en mucho tiempo que no tenía miedo de quedarme sola. Solo sentía… vacío. Bajé la mirada hacia mi vientre.

