Capitulo 1 — Suya por esta noche
Nath
En la vida habían diferentes tipos de caminos dicen que tu eres quien lo elige y vaya que hubiese deseado elegir mi propio camino. Desearía ser una chica bien y no estar en este mundo donde todo es oscuridad para mi. No ha sido fácil, nada lo es en la vida, al menos no para mi. En mi familia siempre fuimos cuatro, mis padres, mi hermana y yo. Natasha es mi hermana mayor, no por mucho, me lleva casi tres años. Ella llevaba una vida hermosa, era una diva en la universidad, hasta que la enfermedad llegó a su vida. Los tratamientos se fueron llevando poco a poco un pedazo de esa diva. Sigue viéndose hermosa aunque esta un poco más delgada, tiene algunas ojeras qué cubre con maquillaje, ella siempre busca verse bien.
Mamá dedica la mayor parte del tiempo a cuidar de ella, básicamente solo a ella... mi papá nos abandono hace un par de años, se fue de casa y no supimos más de él, podría decir que lo extraño, un poco nada más. La verdad mi padre era quien mejor me trataba, para mamá solo existe Natasha, yo solo soy quien les ayuda con las cuentas, la que las sostiene. Mamá trabaja, si, pero no es mucho lo que gana. Mi madre daría su vida por mi hermana y también la daría la mía, así de importante soy para ella...
Me limpio las lágrimas y salgo del baño del club. Llevo alrededor de quince minutos aquí encerrada. Soy una estúpida llorona, si. Desde pequeña mi vida estuvo lleno de desafíos, siempre luché por hacer que mis padres estuvieran orgullosos, pero toda la atención siempre estuvo en mi hermana, yo era la típica niñita que iba con sus trenzas y un par de anteojos horriblesque solo usaaba para leer, cuando crecí mi rostro se lleno de imperfecciones, por lo menos ahora ese problema ha quedado en el pasado.
Suelto un suspiro y salgo del baño, debo terminar de prepararme para la presentación de esta noche. Esta será una noche inolvidable, no porque sea mejor, sino por lo que haré. Entro al vestidor, evado las miradas de mis compañeras y me siento frente al tocador, saco mi maquillaje y mi antifaz, un pedazo de tela que oculta parte de mi rostro en este lugar.
Me siento frente al espejo, saco mi maquillaje y mi antifaz. Ese pedazo de tela será mi escudo, mi última máscara. Me maquillo en silencio, apretando los labios para no llorar otra vez. Tengo que ser fuerte. Esta noche perderé mi virginidad con un desconocido. Él podrá hacer conmigo lo que quiera y yo no tendré derecho a decir nada.
Se supone que este momento debería ser especial. Se supone que una mujer lo vive con alguien que ama, alguien que la hace sentirse deseada y protegida. Pero no será así para mí.
Yo ya tuve a alguien. Lo quise con todo mi corazón. Y terminé con él cuando comencé a trabajar aquí. No quería arrastrarlo a mis secretos, no quería verlo mirarme con asco cuando supiera quién era en realidad. Me dolió dejarlo, pero fue lo correcto. Él era bueno. Me amaba de verdad. Y yo lo solté.
—¿Estás lista, Nath? —la voz de Alicia corta mis pensamientos.
La miro de reojo cuando entra al vestidor. La llaman “bruja”, y no porque lleve escoba, sino porque siempre sabe cómo manipularte.
—Dame unos minutos —respondo sin dejar de mirarme en el espejo.
—Cinco y sales. Esta noche es importante —ordena, con esa sonrisa venenosa—. Piensa en lo que ganarás. La vida no siempre es como una quiere, pero el dinero ayuda a soportarlo.
—Lo sé, Alicia. Y no me arrepentiré, si eso es lo que te preocupa.
Alicia sonríe aún más. Al principio fingió ser comprensiva, pero con el tiempo me di cuenta de su verdadera cara. Alicia no te ayuda, te vende. Te endulza con promesas y después te entrega como si fueras un dulce barato. Lo único que le interesa son las ganancias que puedas darle.
Me trago el nudo en la garganta y me pongo de pie. Mis manos tiemblan al sacar el vestuario. Me oculto tras la cortina, como si ese trozo de tela pudiera protegerme de lo que se avecina.
El corset n***o es rígido y me aprieta el pecho, dejándome sin aire. La minifalda apenas me cubre los muslos; las medias, que llegan a la mitad de mis piernas, se sienten heladas contra mi piel. Llevo bragas a juego y, tal como Alicia ordenó, no llevo sostén. “Todo debe provocarlo”, dijo con esa voz dulce que ya me resulta venenosa.
Solo de pensar en lo que me hará siento asco por mí misma. Mi reflejo en el espejo me devuelve la mirada con vergüenza. Ni siquiera sé qué tipo de hombre es. ¿Viejo? ¿Joven? ¿Cruel?
Dejo de pensar en eso, ya que no me ayuda en nada, me trago el sabor amargo qué sube a mi boca y me pongo el antifaz. Estoy lista...
...
Mi presentación fue rápida, Alicia me quiere libre lo más rápido posible, baile como siempre lo hago, sintiendo las miradas llenas de deseo de siempre, aunque siempre hay una en particular, una que no logro encontrar entre la multitud y que deje de buscar, pues parece que nunca sabré de quien es esa mirada.
Cuando puse un pie fuera del escenario Alicia me interceptó, me tomó del brazo. Sentí sus uñas presionando mi piel como recordándome que ya no era dueña de mí.
Las luces neón parpadeaban en tonos rojos y azules, la música vibraba en el fondo, pero yo apenas escuchaba.
Todo en mí estaba temblando.
—Él está esperando. —fue lo único que dijo.
“Él”. El desconocido que pagó por mí. El hombre por el que vendí lo que me quedaba de pureza.
—Recuerda lo que te dije —susurró mientras me empujaba suavemente hacia la puerta de madera oscura—. No hables si no te lo piden. No contradigas. Provoca. Él paga demasiado bien como para que cometas errores.
Me mordí la lengua. Tenía miles de respuestas que escupirle en la cara, pero no podía arruinarlo. No con Natasha en el hospital, no con los médicos repitiendo que el tiempo se nos acababa.
Alicia sonrió antes abrir la puerta de la sala privada, me hizo señas para que entrará. Tome valor y lo hice, entonces lo vi ahí esperando por mi.
Un hombre de traje oscuro, alto, de hombros anchos. Su porte emanaba poder, como si el aire mismo se apartara para no rozarlo.
Sus ojos —azules, fríos, inhumanos— se clavaron en mí apenas entré.
No me sonrió. No dijo nada amable. Solo me miró como si yo fuera un objeto que le pertenecía.
—Acércate. —su voz fue un mandato grave, sin titubeos.
Mis piernas temblaban, pero caminé hacia él. El antifaz cubría parte de mi rostro, y agradecí eso más que nunca.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Abrí la boca para responder, pero sabía que no era nada bueno dar mi verdadero nombre. Él quería mi cuerpo y solo eso le daría.
—No tiene importancia.
Una sombra de sonrisa, apenas perceptible, curvó sus labios.
—Me gusta el misterio.
Se levantó despacio, y aunque no hizo ningún movimiento brusco, me sentí como una presa observada por un depredador.
Su altura imponía, su fragancia de cuero y whisky caro me envolvió cuando se acercó lo suficiente. Quise retroceder, pero mis pies no se movieron.
—Eres mía esta noche. —susurró cerca de mi oído, y un escalofrío me recorrió.
—Lo sé, esta noche mi cuerpo le pertenece... —susurré.
Yo quería gritar, correr, desaparecer. Pero me repetí a mí misma, es por Natasha, es por Natasha…
Él me tomó del mentón con firmeza, obligándome a mirarlo. Sus ojos intensos se clavaron en los míos, su mirada bajo a mis labios luego a mis pechos sobresalientes.
—Quítate el antifaz —me ordenó.
—No... lo siento pero me gustaría permanecer con el antifaz —dije tomando valor, lo dudo por un segundo y temi qué me obligará a quitármelo— por favor... es lo único que pediré.
—Está bien, pero eso no es lo único que pedirás esta noche... — dijo y me besó.
No fue un beso como los que había conocido en el pasado, torpes o dulces. Este fue un asalto. Sus labios devoraron los míos, firmes, sin darme un segundo para decidir. Su lengua entró en mi boca como si fuese territorio conquistado, obligando a la mía a responder con torpeza, con miedo…
El sabor de él era fuerte, metálico, mezclado con whisky. Mis manos, en un impulso absurdo, se apoyaron en su pecho para detenerlo, pero él las atrapó y las sujetó contra la pared, inmovilizándome.
Gemí contra su boca, un sonido quebrado que no supe si era protesta o rendición.
Él lo tomó como lo segundo.
Su beso se volvió más profundo, más salvaje. Me mordió el labio inferior, lo jaló hasta hacerme soltar un jadeo. Y fue entonces cuando lo entendí, no me estaba besando para gustarme. Me estaba besando para marcarme.
Cuando se separó apenas un centímetro, mis labios temblaban, hinchados, húmedos. Sus ojos me atraparon, intensos, oscuros, hambrientos.
—Después de esta noche sabrás lo que es pertenecer a un hombre —susurró, y volvió a besarme, más duro, más salvaje.
Sentí cómo su cuerpo me rodeaba, cómo me arrebataba el aire con cada movimiento de su boca.
Su boca me dejó en silencio, y su cuerpo me aplastó contra la pared. Apenas tuve un segundo para recuperar aire, y entonces sentí sus manos bajar por mi cintura, fuertes, seguras, como si cada curva le perteneciera desde siempre.
Sus dedos atraparon el borde de mi falda y la levantaron sin prisa, con un control que me helaba más que la brusquedad. Sentí el roce de su mano contra mis muslos, subiendo, cada centímetro una tortura. Quise cerrarlos, pero él me empujó aún más contra la pared, obligándome a abrirme para él.
Mi respiración era un desorden. No quería esto, no así, no con él… y aun así, cuando sus dedos rozaron la tela húmeda de mi ropa interior, un gemido se escapó de mis labios. Me odié por ese sonido. ¿Qué carajos me pasaba?.
Es un hombre atractivo, mayor que yo, pero no es un viejo.
—Maldición… —su voz salió ronca, quebrada un segundo, como si no esperara encontrarme así—. Estás temblando para mí.
Su boca volvió a aplastar la mía, callando cualquier protesta. Me mordió, me lamió, me obligó a responder. Sus labios me devoraban y al mismo tiempo sus dedos presionaban entre mis piernas, frotando sobre la tela. Sentí un calor extraño, una presión que no sabía si era dolor o necesidad.
—No… —alcancé a suplicar contra su boca.
Él rió bajo, un sonido oscuro que me recorrió entera.
—Llevo deseándote desde la primera vez que te vi bailando en ese escenario —susurra sobre mis labios.
Su mano entró bajo la tela, directa, sin esperar nada de mí. El primer roce de sus dedos en mi centro me arrancó un jadeo ahogado. Era doloroso, era invasivo, y al mismo tiempo, un fuego me quemaba desde dentro.
Me arqueé contra la pared, atrapada, con sus labios en mi cuello ahora, mordiéndome, marcándome. Su respiración se volvió más áspera, más urgente.
—Tan estrecha… —gruñó entre dientes, empujando un poco más sus dedos dentro de mí—. Y mía...
Una lágrima me bajó por la mejilla, y aún así, mi cuerpo comenzó a moverse solo, buscándolo, rindiéndose.
Él lo notó. Lo disfrutó.
—Eso es… déjate llevar —susurró contra mi oído antes de hundir sus dedos en mí con más fuerza.
Y fue entonces cuando entendí, esa noche, por mucho que intentara negarlo, ya no me pertenecía a mí misma.
No entendía que pasaba con mi cuerpo, no deseo esto y aun así se que debo cooperar. Será lo mejor, será lo más fácil.
El saco sus dedos de mi, me sonrió y me llevo hasta la cama.
—Quítate la ropa —ordenó sin dejar de mirarme con deseo, mi cuerpo temblaba.
Mis ojos se clavaron en los suyos y por un instante me pareció ver como esa frialdad abandonaba su mirada.
«Eres su única salvación Nath, tienes que hacerlo. No queda tiempo».
Las palabras de mamá resonaron en mi mente.
«Nath, no tienes porque hacerlo. No lo hagas por mi. Yo resistiré todo lo que pueda».
Natasha...
«Complacelo, debes hacer lo que pida, tu puedes Nath, cliente satisfecho. Más dinero».
Cerré mis ojos, era como bailar. Ya me deseaba, solo debía hacer que esto terminará rápido. Lleve mis manos hasta el cierre de mi corset, me libere de aquella prenda y la deje caer al piso. Abrí mis ojos ahí estaba él con fuego ardiendo en su mirada. Trague saliva y seguí con mi falda, esta cayo a mis pies dejándome solo con bragas.
Él se acero lento, pero como un lobo hambriento. Clave mi mirada en la suya.
—Eres hermosa... —murmuro tomando mi mentón y levantó mi rostro— no temas, lo único que haremos será disfrutar, déjate llevar.
Sus manos rozaron la piel desnuda de mi cintura, acaricio mi espalda, beso mi mejilla y luego mi cuello. Se alejó y me arrojo en la cama, se quito su saco y luego se deshizo de su camisa. Un cuerpo perfectamente trabajado quedo a mi vista. Mi mirada se paso por cada musculo de su cuerpo, escuche el sonido de su cierre al bajarlo, y liberó su m*****o sin dejar de mirarme.
—Abre las piernas —ordenó, con él todo eran órdenes y yo debía obedecer.
Abrí mis piernas, saco un preservativo y se lo colocó sin dejar de mirarme. No quería detallarlo demasiado, no quería ver su m*****o por mucho tiempo, pero lo hice, mi mirada bajo a ese pedazo de carne que pronto estaría dentro de mí cuerpo. Era grande, grueso y...
—Dolerá... —dijo acomodándose entre mis piernas me quito las bragas dejandome expuesta, sus grandes manos rozaron mis piernas, una de ellas llego a mi centro e hizo círculos en el.
Acomodo su m*****o, mi respiración era un desastre, aún pensaba en salir corriendo, pero ya no habría vuelta atrás.
Se inclinó mientras buscaba entrar en mí, acercó su boca a mis pechos y sentí su lengua húmeda sobre ellos.
—Vas a recordarme cada vez que respires —gruño mordiendo mi pezón.
Entonces el dolor me atravesó como un rayo. Se hundió en mi, solté un grito y una lágrima cayo de mis ojos, se quedó quieto dentro de mí, abrí mis ojos y creí haber visto un poco de arrepentimiento por la brusquedad pero desapareció en cuanto mis ojos se clavaron en los suyos. Empezo a moverse dentro de mí.
—Duele... —me queje sujetando sus brazos a que estaban a cada lado de mi cuerpo, clave mis uñas en ellos.
—Shhh... —se inclinó de nuevo y busco mi cuello me mordió— me dolerá a mi si no te tengo— susurro sobre mi piel.
Mi cuerpo se tenso bajo el suyo.
—Pequeña, déjate llevar o lo haré más duró —gruñó embistiendome sin pausa.
Dolía y yo solo quería gritar, sus manos inmovilizaron mi cintura, me penetraba profundamente. El dolor seguía ahí presente, el gruñía disfrutando de mi, un calor extraño se instalo en mi vientre, sus besos bajaron a mis pecho, me penetraba mientras lamia y mordía mis pezones alternando entre uno y otro a cada segundo, mis uñas se clavaron en sus manos aún más.
—Eso es relajate... —murmuró y senti que el dolor quedaba atrás, mi cuerpo buscaba su contacto, una corriente me recorrió el vientre, cerré mis ojos, quería que esto terminará, no estaba bien...
Mi cuerpo se estremeció, un fuego se apoderó de mi, sentí cómo mis paredes presionaban su dureza, su gruñido provoco algo extraño en mi estómago. Gemí sintiendo espasmos en mi cuerpo mientras mi v****a se humedeció más.
—¡Oh... joder! —gruño, su cuerpo se tenso sobre el mío. Tomo mis piernas y las coloco alrededor de su cintura, se movió más rápido, me aferre a las sábanas y luego el cayó a mi lado rendido.
Me quedé viendo al techo con algunos reflejos de luces rojas sobre el. Mi respiración se normalizó poco. El hombre a mi lado se levantó, desecho el condon y busco su ropa me cubrí con la sábana sin saber si debía decir algo. Me sente sobre la cama.
—Esto es para ti —dijo dejando un rollo de billetes sobre la mesita que estaba cerca de aquella cama— se como puede llegar a ser Alicia, compra analgésicos para el dolor.
—G-gracias —susurré.
Se acercó con su camisa abierta permitiendo ver su pecho. Sus ojos se clavaron en los míos, aun frio. Tomo mi mentón y me besó con dureza mordiendo mi labio.
—Te veré otra vez —dijo saliendo de aquella habitación. El olor de su perfume quedo en mi piel.
Sentía una chispa que no sabia como describir. El sabor de sus besos estaba aún en mis labios. Las lágrimas bañaron mi rostro, no pidieron permiso, simplemente salieron.
Esa noche no hubo ternura.
Solo un millonario frío y dominante tomando lo que había comprado.
Y una mujer rota, que se entregaba porque no tenía otra opción… pero en sus ojos había algo oculto y que por una extraña razón me atrajo. ¿Curiosidad? No lo sé.
No quiero que regrese, no quiero que lo haga, en su frialdad hay algo inquietante. Mi cuerpo me traicionó por momentos y si él sigue buscándome no se que pasará.
Me abracé cubriéndome con la sábana.
Lo hice por Natasha… lo hice por ella. Me repetía.
Aunque en el fondo, una voz más cruel susurraba:
¿Y quién lo hará por ti? ¿Quién se sacrificaría por ti?.