5. No te enamores de un monstruo

2923 Words
Capitulo 5 — No te enamores de un monstruo Maximilian Estaba acostumbrado a tener todo lo que quisiera, sin importar el precio. Y esta vez, lo que quería era ella. Aun no comprendo por qué la deseé desde el primer día. Vi algo en ella que me atrajo, algo que no supe nombrar. Es preciosa, incluso con ese maldito antifaz y esas capas de maquillaje que ocultan lo que realmente es. Sé que sin ellos se vería mejor… más real. No es como las demás mujeres que he conocido. Si la miro a los ojos, puedo ver la fragilidad que intenta esconder, una que me despierta algo parecido a la compasión, pero que mi mente intenta sofocar con deseo. Porque toda ella —cada gesto, cada silencio— me demuestra que es fuerte, aunque esté rota por dentro. Y yo quiero saberlo todo, qué hay detrás de esa máscara, qué secretos se esconden bajo ese pedazo de tela, quién es realmente cuando deja de fingir. No puedo sacarla de mi mente. Llevo meses pensando en ella. La he visto bailar cada noche desde las sombras del club, escondido entre copas de cristal y hombres vacíos. No soy un hombre que se relacione. No me gustan los lazos, no creo en ellos. Creí que mi curiosidad desaparecería en cuanto la tuviera entre mis brazos… qué equivocado estaba. Porque ahora solo la deseo más. La quiero solo para mí. No quiero que ninguno de esos infelices la vea. Ella es una de las atracciones del maldito lugar, y eso me enferma. No soporto la idea de que alguien más la mire, la imagine, la desee. Yo fui su primer hombre, y aunque no es la primera vez que estoy con una mujer así, sí es la primera vez que deseo ser egoísta. Ser el único que pueda tenerla. Voy a pagar lo que sea para que nadie más la toque. Hasta que esta obsesión se apague… si es que alguna vez lo hace. ... La mayoría cree que el poder se siente como adrenalina. Que el dinero, los negocios y las conquistas llenan el vacío. Pero el poder… el poder es silencio. Un silencio que se arrastra por dentro y te obliga a fingir que nada te afecta, que nada te duele. Yo aprendí a vivir así: a no sentir, a mantener la mente ocupada y el corazón en ruinas. Soy Maximilian Krüger, heredero de una fortuna alemana construida a base de mentiras y sacrificios. Dirijo Krüger International Holdings, una de las corporaciones de inversión más grandes de Europa, con filiales en tecnología y farmacéutica No hay un solo día que no esté rodeado de gente que me teme o me desea. Pero nadie me conoce realmente. Nadie se atreve a mirar más allá del apellido. No soy un hombre bueno. Tampoco me interesa serlo. El mundo me enseñó que la compasión es debilidad, y la debilidad… se paga con sangre. Lo entendí demasiado joven. Demasiado pronto. Dejé de sentir hace mucho tiempo. La única mujer que me importó en la vida está muerta. Y ninguna ha logrado quedarse en mi piel, ninguna ha marcado mi alma y ninguna lo hará. ... —¿Cuándo volverás a Berlín? —preguntó mi único amigo, dejándose caer en el sofá de mi oficina. —En un par de semanas —respondí sin levantar la vista de los documentos— iré por unos contratos y regresaré. —Últimamente te estás quedando demasiado tiempo aquí —dijo, observándome con una sonrisa cargada de sospecha— ¿Algo en especial? —Trabajo. Todo es trabajo —repliqué con frialdad— Yo no soy tan tonto como tú. —Tener una familia no me hace tonto, Max —dijo riendo— Ellas son lo mejor de mi mundo. Levanté la vista y lo fulminé con la mirada. —Si vas a decir estupideces, puedes irte. —Calma, no recordaba lo mal que te sienta hablar de eso. —No me sienta mal. Solo sabes que no me interesan esas tonterías. Él soltó una carcajada. —El día que te cases voy a disfrutar quedándome con una de tus empresas. —¡Largo! —gruñí, señalando la puerta. —Vamos, Maximilian, no te pongas así. —¡Fuera de aquí! —insistí, ya sin paciencia. Salió riendo, como siempre. Y cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a ocuparlo todo. Apoyé los codos sobre el escritorio y me quedé mirando la copa de whisky frente a mí. En el reflejo del cristal, por un segundo, vi sus ojos. Los de ella. Esa mirada que no se me quita de la cabeza. La que me está destruyendo sin tocarme. Aunque no quiera admitir. Nunca daré nada por una mujer. Nunca lo haré. Será mía hasta que yo quiera, hasta que yo me canse. Esos eran mis planes, sus ojos tenían otros... Nath Tres días. Tres días desde el trasplante de médula. Tres días desde que mi madre —la mujer que apenas me mira y parece odiarme mas que nada— se convirtió en la donante que podría salvar la vida de mi hermana. Cuando los médicos dijeron que era compatible, no lo dudó. Por Natasha. Por eso se con certeza que si yo hubiera sido la que estuviera al borde de la muerte quizás ya hubiera muerto. Mi madre no hubiera hecho por mi, lo que hizo por ella. Era la primera vez que veria a Natasha despues del trasplante. Antes de entrar, una enfermera me detuvo. —Señorita, recuerde, no más de cinco minutos. Y no toque nada dentro. Asentí. Me puse la bata, la mascarilla y los guantes estériles, siguiendo cada paso del protocolo. Era como prepararse para entrar a otro mundo. Uno donde el aire se medía, las palabras se pesaban y cualquier error podía ser fatal. La puerta automática se abrió con un sonido seco. El aire dentro era más frío, filtrado. Todo blanco. Demasiado blanco. Natasha estaba en la cama, dormida, con el suero conectado al brazo y una mascarilla de oxígeno. Su piel parecía translúcida, como si la luz del cuarto pasara a través de ella. Había monitores a su alrededor, mostrando pulsaciones estables, un pequeño milagro en forma de líneas verdes. Mi madre estaba sentada junto al ventanal, detrás del vidrio, observando sin moverse. Sus ojos no se apartaban de Natasha. Ni un segundo. —No se acerque demasiado —me advirtió la enfermera antes de cerrar la puerta. Me quedé a un metro de distancia, sin atreverme a dar un paso más. El sonido del respirador llenaba el silencio. Y yo… solo podía mirarla. —Hola Naty, dicen que todo va bien, sigue luchando. Pronto estarás mejor y dejaras este lugar. Estoy más que feliz de que tengas esta oportunidad. Eres fuerte, sigue que mamá te espera afuera con ansias de que vuelvas a ser la misma de siempre. Su tesoro —dije tratando de contener las lágrimas. Seguí observandola, se que ella estará bien y será la misma Natasha de siempre o incluso aun mejor, con una bella sonrisa llena de vida. ... Caminé hasta la sala de espera y ahí estaba ella. Mi madre. Sentada, con el cabello perfectamente recogido y la mirada vacía. —No tenías que venir —dijo sin mirarme—. No pueden verla muchas personas. —Solo la vi unos minutos. —Eso también puede ser peligroso. Tragué saliva. —Solo quería saber si está bien. —Lo está. Gracias a mí. El golpe fue seco, directo, sin espacio para respirar. La miré fijamente, intentando entender cómo podía haber dado vida y seguir tan muerta por dentro. Respiré controlandome para no decir nada, Natasha también estaba bien gracias a mi. —Ve a casa yo te diré como va todo, recuerda pagar las cuentas y... —Lo haré mamá, no te preocupes por nada. Preocúpate solo por ella, como lo hacer siempre, yo estoy bien, siempre lo estoy, yo resuelvo —dije alejándome de ella. Camine entre los pasillos hasta que senti que no podia mas y me detuve. Me apoyé contra la pared y cerré los ojos. Quise llorar, pero no pude. Solo pensé en Natasha, en lo frágil que se veía… y en lo cruel que podía ser la vida. ... Días después Mis días en el club han sido menos cansados, ya no hago más de un baile en una noche. La universidad va bien, no he visitado más a mi hermana, se que esta bien porque llamo siempre para el hospital, mamá se molesta cuando la visito mucho. Las cosas con aquel hombre van bien, hay días en los que aparece y días en los que no. Se que la primera vez fue un idiota, pero después de eso se porto diferente. Debo mentalizarme de que solo es un trato, no debo traspasar ninguna barrera. No me molestan ya mucho las miradas de los demás, han dejado de importarme. —Nath... ¿Cómo estás? —Kyra aparece en el vestidor, hay ocasiones en las que no logro verla. —Puede decirse que bien. ¿Cómo vas tu?. —Cansada como siempre, pero siendo fuerte... —La vida es una puta basura —murmuré. —¡Nath! No digas eso. Quizás lo parezca, pero no lo es, solo que a veces el camino se nos pone difícil. —Kyra... eso es lo que yo pienso de la vida. Al menos a ti te quiere tu madre, la mía solo quiere el dinero que le doy. —¿Sigues haciéndolo?. —¿Hay más opciones?. —No lo sé, solo creo que no debiste. No te juzgo, no se que haría yo si me viera sin salida, pero piensa en ti, llevas muchos años tratando de sobrevivir y dándole una mejor vida a tu madre y hermana. —Lo sé, pero quizás pronto acabe. —¿Dejaras a tu madre? —preguntó con cierta emoción. Quisiera, si. Pero sigo ahí por Natasha. —No, quizás mi vida este llegando a su fin —respondí encogiendome de hombros. —Nath, me asustan las cosas que dices a veces. —Estoy bien Kyra. No te preocupes —digo sonriendo para que quite esa cara de susto. Me pongo mi antifaz y me quedo ahí dentro esperando mi llamado. Más que todo esperándolo a él. Creo que me he acostumbrado a esto, o quizás solo me he perdido por completo. A veces me pongo a pensar en él, en cómo será su vida. Soy una tonta, pero tengo mucha curiosidad, a veces quisiera hacerle preguntas, quizás nos conozcamos desnudos pero no sabemos nada el uno del otro. A veces cuando estoy con él siento que por fin escapó de mi vida. Una que no me gusta. Quizá porque, cuando estoy con él, dejo de pensar en todo lo que me duele. En las facturas, en el techo que podría caerse si no pago el alquiler, en mi madre que no se que hace con el dinero que me exige. En Natasha en ese hospital. En todo. Cuando estoy con él, nada de eso existe. Solo existo yo. Y él. Y esa forma en la que me mira como si quisiera arrancarme las capas de maquillaje, el antifaz, la piel… hasta dejarme vacía. Pero también me da miedo. Porque a veces juro que he notado que su mirada se ablanda —solo por un segundo, apenas un parpadeo— creo ver algo diferente a la frialdad. Y eso es lo más peligroso de todo. Siento que algo diferente despierta en mi, algo desconocido. Entonces me repito que solo soy un trato. Solo un cuerpo. Solo un respiro en su rutina. Me asusto cuando pienso diferente y me digo que soy una estúpida por aceptar todo esto. El ruido de la puerta me saca de mis pensamientos. Una de las chicas entra, con la mirada cansada. —Es tu turno —dice, casi con un susurro. Me pongo de pie y me despido de Kyra. Me voy hacia el escenario para mi presentación de esta noche. Respiro hondo, antes de iniciar, siento las miradas de todos sobre, pero yo solo busco una. No se desde cuando empece a buscar la suya. La música comienza y mi cuerpo empieza a moverse, mi mirada se pasea por todo el lugar y entonces lo veo, pero no está solo. Una de las chicas está a su lado sonriendole. Me muevo por todo el escenario sin dejar de verlo, su mirada no es solo mía ahora. No llevo ni un mes siendo exclusiva de él y creo que ya se aburrió, eso esta bien para mi. Mi cuerpo no seguirá siendo tocado por él y nadie más. La chica busca sentarse en su regazo y él la acepta, ignoro su mirada y me concentro en mi baile. Siento esas miradas llenas de deseo y sonrió. No se porque lo hago, mi mirada vuelve a él, quien mantiene su mandíbula apretada y la chica en su regazo. Paso mis manos por mi cuerpo mientras sigo bailando, las deslizo lentamente por mis muslos, por la curva de mi cintura… tal como él lo hace cuando me toca. Siento el calor de todas las miradas clavándose en mí, pero solo me importa la suya. Él aprieta el vaso con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. La chica en su regazo sonríe, intenta llamar su atención, pero no lo logra. Él sigue mirándome. Solo a mí. La música sube. El ritmo se vuelve más intenso, más carnal, más eléctrico. Mi cuerpo se mueve con precisión, con rabia. Ya no estoy bailando para ellos. Estoy bailando para él. Para recordarle que no me pertenece, que no puede comprar mi alma aunque haya comprado mis noches. Cuando el tema termina, me detengo al centro del escenario, jadeante, con el pecho subiendo y bajando. Su mirada me quema desde la distancia. Y la de ella también. Salgo del escenario antes de que mi corazón se me escape del pecho. Camino al vestidor, intentando ignorar la adrenalina que me recorre el cuerpo. —Nath —Alicia entra— Él te espera. —Retoco mi maquillaje y voy —le respondo. —No tardes —dice saliendo. Respiro y me preparo para ir a su encuentro. ... Camino hacia por pasillo, y cuando abro la puerta del salón privado, ahí está. De pie, su presencia llena el espacio, oscura, dominante, peligrosa. Huele a whisky, a perfume caro y a rabia contenida. —¿Qué fue eso? —pregunta con voz baja, pero tensa. —Un baile. —No me hables así. —¿Así cómo? —me cruzo de brazos—. Solo hice lo que siempre hago. Da un paso hacia mí. Después otro. Y otro. Su mirada se clava en la mía, y siento cómo el aire entre nosotros se vuelve pesado. —¿Te divierte provocarme? —susurra, tan cerca que su aliento me roza la piel. —¿Y qué si sí? —respondo sin moverme. Su mandíbula se tensa. —Esa mujer… —Esa mujer no es asunto mío —lo interrumpo. Sus ojos se oscurecen. —¿Crees que puedes jugar conmigo, pequeña? Trago saliva. No debería provocarlo. Sé lo que ocurre cuando lo hago. Pero hay algo dentro de mí —algo que creí muerto— que quiere verlo perder el control, que quiere hacerlo sentir, aunque sea solo un poco. —No estoy jugando —susurro. —Entonces deja de comportarte como si quisieras hacerlo. Da un paso más, tan cerca que puedo sentir su respiración mezclarse con la mía. Alzo el rostro, mis ojos buscan los suyos, y por un instante creo ver algo que no debería estar ahí: dolor. Si solo vieras sus ojos, dirías que es un monstruo. Quizás lo sea. Y quizás yo esté loca, porque me atrae. —No tienes derecho a atraparme así —susurra. Sus dedos se deslizan hasta mi cintura, firmes, posesivos, y me pegan contra su cuerpo. Su fuerza me asusta, pero también me envuelve, como una tormenta de la que no quiero escapar. Quizás ya me dejé arrastrar demasiado lejos. Quizás ya no espero nada de esta vida, y si debo hundirme, que sea en esto. Mis manos suben a su pecho, los dedos juegan con los botones de su camisa. Es un hombre hermoso, peligroso, una contradicción que me consume. —Mírame —exige cuando nota que bajo la mirada. —Te estoy viendo —musito. —A los ojos —ordena. Y lo hago. Me pierdo en ellos. Su mirada me quema, me desarma, me deja expuesta. Sus manos recorren mi espalda con lentitud, como si memorizara cada parte de mí, como si no quisiera olvidarla. Ya no soy la misma mujer que estuvo con él la primera vez. Ahora lo deseo. Y eso me asusta más que cualquier cosa. —No te enamores de un monstruo, pequeña —sus labios rozan los míos, apenas un suspiro entre nosotros—, porque los monstruos no saben amar. Sus palabras son una advertencia. Un castigo. Y aun así, cuando me besa, no puedo detenerlo. —No lo hago —miento contra sus labios, justo antes de rendirme al beso. No lo hago, repito en mi cabeza. Pero cuando sus manos me sujetan con fuerza y su respiración se entrecorta contra la mía, sé que ya lo estoy haciendo. Porque detrás de ese monstruo de ojos fríos, juro que vi algo que nadie más ha visto. Un hombre que también sangra...
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