Capitulo 11 —" Resiste por favor..."
Maximilian
La vi desde el momento en que subió al escenario.
Siempre la veo.
No importa cuántas luces haya, cuántas mujeres bailen o cuánto ruido me rodee… siempre sé dónde está ella.
Pero esta vez no debía mirarla.
No debía seguir cayendo.
No debía seguir deseándola.
Por eso acepté la compañía de otra bailarina, por eso la dejé sentarse en mis piernas, por eso fingí no sentir nada cuando sus dedos se posaron sobre mi cuello.
Pero el solo hecho de tenerla tan cerca fue como un recordatorio de lo que no quería.
No era ella.
No era mi pequeña.
Y cuando la vi detener su baile, cuando sus ojos se cruzaron con los míos —llenos de decepción, de algo que dolía más que el rechazo— supe que la había herido.
Supe que había ido demasiado lejos.
Me levanté sin decir nada.
Ni siquiera escuché lo que la otra mujer me decía, solo quise escapar de mi propio error.
De mí.
Entré al privado.
Necesitaba silencio, aire, cualquier cosa que me permitiera no pensar en sus ojos.
Pero la chica me siguió.
La bailarina comenzó a hablar, a reír nerviosa, a intentar provocarme.
No la escuché.
Mi mente estaba en otra parte.
En ella.
—No puedo —dije finalmente, cortando cualquier intento de acercamiento.
—¿Qué dijiste? —preguntó confundida.
—Que te vayas. No quiero esto.
Me miró con una mezcla de ofensa y sorpresa, pero no insistió. Salió dejándome solo con mi respiración agitada.
Me quedé ahí, con las manos cubriéndome el rostro, preguntándome en qué momento perdí el control. Cuándo dejé que esa chica se volviera algo que no debía ser.
Iba a salir, cuando escuché la puerta abrirse.
Y entonces la vi.
A ella.
Su mirada era fuego y desilusión al mismo tiempo.
Tenía los labios temblando, pero no era por miedo. Era por rabia.
Por dolor.
—¿Eso fue una forma de decirme que todo terminó? —preguntó, con la voz quebrada.
Tragué saliva, sin poder sostenerle la mirada.
Dios… cómo dolía verla así.
—No sé de qué hablas —mentí, y mi voz sonó más fría de lo que pretendía.
Ella rió sin humor, esa risa amarga que duele más que un grito.
—Claro que sabes. No hace falta fingir, Max.
Solo quería escucharlo de ti.
Su voz se quebró al final, y algo dentro de mí se rompió con ella.
Quise decirle que no era lo que pensaba, que no toqué a esa mujer, que todo fue un intento desesperado por mantenerme lejos de ella.
Pero no lo hice.
No podía.
—No hay nada que decir —susurré finalmente.
Ella respiró hondo, y cuando habló otra vez, lo hizo con un valor que me desarmó.
—Te quiero, Max.
Mi mundo se detuvo.
Sus palabras me golpearon como un disparo.
Me quedé inmóvil, helado.
No podía quererme.
No debía hacerlo.
Pero yo lo sabía, lo supe desde antes.
—No digas eso —dije con voz tensa, apenas controlando el temblor de mis manos.
—Lo digo porque es verdad. Y no espero que me digas lo mismo. Solo quería que lo supieras —susurró, mirándome con los ojos húmedos pero sin bajar la cabeza.
Entonces lo hice.
Rompí todo.
Me rompí.
—Esto se acabó. —Las palabras salieron duras, crueles— No vuelvas a acercarte. No vuelvas a mirarme así.
Ella retrocedió un paso, como si la hubiera golpeado.
—¿Por qué? —susurró.
—Porque tú mereces algo que yo no puedo darte.
"No se amar, pequeña.
Tengo miedo".
Ella lo sabía.
No podía darle amor, ni promesas, ni futuro.
Solo podía ofrecerle un infierno disfrazado de deseo.
Ella asintió, tragando sus lágrimas.
Pero antes de irse, se detuvo en la puerta.
—Entonces no te preocupes —dijo con voz firme, aunque le temblaban los labios—.
No volveré a mirarte… si vuelves aquí. Se acabó Max... pero ¿sabes? Ya no volveré a estar sola.
No entendí.
Sus palabras quedaron flotando, extrañas, confusas.
No supe si lo dijo por alguien más… o si había un significado oculto detrás.
No tuve tiempo de preguntarlo.
Solo la vi irse.
Y cuando la puerta se cerró, el silencio me pareció insoportable.
—Maldita sea… —susurré, hundiendo mis manos en el cabello.
Porque lo que ella no sabía, lo que nunca sabría,
era que yo también la quería.
Y por eso mismo, tenía que dejarla ir.
Y ese fue mi más grande error, lastimar a quien me había hecho sentir vivo en medio de tanta oscuridad. Ella me hizo sentir humano de nuevo y yo la lastimé.
Odiaba ver sus ojos llenos de lágrimas y ahora yo soy el causante de ellas.
Me tiré en el sofá de cuero n***o, aquel donde tantas veces la esperé, esa maldita habitación tiene tantos recuerdos juntos.
Siento un vacío en el pecho. Un sentimiento de pérdida que me ahoga y de repente me siento de nuevo en aquel día hace más de veinte años, el día en que ella se fue y me dejó solo con el hombre que me transformó en esto que soy ahora.
Yo crecí con la idea de que el amor dolía.
De que amar era una debilidad.
Cierro los ojos.
Su voz me persigue.
Su risa.
Su forma de mirar como si quisiera entender lo que ni yo puedo explicar.
—Perdóname, pequeña —murmuré, con la voz apenas viva— Solo tengo miedo de decepcionarte. No sé nada del amor, no sé cómo cuidarte… Y si hay algo que tengo claro, es que lo lindo, lo puro, no está hecho para mí.
Y tú, tú eres todo lo lindo que me queda.
Me incliné hacia adelante, respirando con dificultad. El olor a perfume, a whisky y a soledad me envolvió. Quise convencerme de que hice lo correcto.
De que alejarla era lo mejor.
Pero dentro de mí, algo se rompía a cada segundo que pasaba sin ella.
Porque si de algo estaba seguro, era que esta vez… no perdía una distracción, ni una noche, ni un deseo.
Esta vez perdía a la única persona que me había hecho creer que, quizás, también yo merecía ser amado, porque a pesar de conocerme en este lugar ella me quiso.
Perdón...
Nath
Me cambie y tomé mis cosas, me esforzaba demasiado por no llorar, el dolor en mi vientre se hacía un poco más fuerte y me asustaba.
Kyra estaba esta noche en el club, le dije que me iría, no podía explicarle todo en este lugar, pero le dije lo más importante, hablaría con ella luego. Alicia se quedó furiosa, pero no me importaba, no podía seguir aquí. No después de lo que Max dijo, porque el secreto que llevó no podría ocultarlo, así que es mejor que me vaya antes de que sea tarde.
Las luces del club seguían ardiendo detrás de mí cuando crucé las puertas.
El aire frío de la noche me golpeó en el rostro, sentí que no podía respirar, me puse el gorro de mi sudadera y me abracé con fuerza.
Caminé rápido por la calle vacía, con el corazón roto y una sola idea en la cabeza, no volveré más.
Mis ojos ardían, no solo por las lágrimas, sino por todo lo que había dejado allí dentro.
Max, sus palabras…
Ese fue el final, aunque doliera aceptarlo.
Me apoyé en una pared, intentando calmar el temblor que me recorría el cuerpo. No me sentía bien.
El mundo giraba demasiado rápido, y yo me sentía a punto de caer.
Entonces lo sentí.
Un tirón en el bajo vientre.
Un dolor seco, agudo, que me obligó a doblarme hacia adelante.
—No… no, por favor —susurré.
Caminé tambaleándome hasta una esquina mal iluminada, busqué mi móvil en mi bolso.
Mi respiración era entrecortada, y mis manos temblaban cuando vi la mancha roja en mis piernas.
El miedo me atravesó como un cuchillo.
—No… —volví a repetir, con la voz quebrada— no... no...
El pánico se apoderó de mí. Corrí torpemente, con las lágrimas desbordando.
No había taxis cerca, solo un par de autos que pasaban de largo, ajenos a mi desesperación.
Logré encontrar un taxi unos metros mas adelante, y entre sollozos pedí que me llevara al hospital más cercano.
Durante el trayecto, el dolor aumentó.
Sentía que mi cuerpo me traicionaba, que todo lo que había intentado proteger se estaba escapando de mis manos.
Miré por la ventana, las luces de París pasaban como destellos borrosos.
“Resiste… por favor, resiste”, le rogué en silencio al pequeño ser dentro de mí. No había que ser médicos para saber lo que pasaba.
El conductor gritó algo, pero no lo escuché.
Cuando llegamos, apenas pude mantenerme en pie.
Una enfermera corrió hacia mí y me sostuvo antes de que cayera.
—Estoy… sangrando... estoy embarazada... —alcancé a decir antes de que todo se volviera n***o.
Maximilian
Salí del club con un par de tragos encima. La había buscado por cada rincón del lugar, pero la encargada me dijo que su turno había terminado y que se había marchado.
No le creí ni una palabra. Esa mujer era una maldita rata, por eso antes de todo hice el trato directamente con mi pequeña, esa mujer que se volvió mi obsesión. Le pagaba a ella, no a Alicia, porque sabía que si el dinero pasaba por sus manos, nunca llegaría completo.
Llamé a un amigo y le pedí que enviara a alguien a recogerme. No estaba en condiciones de conducir. Subí al auto, y a unos metros, vi a una mujer correr por la calle. Parecía desesperada.
Le dije al chofer que le ofreciéramos ayuda, pero ella llegó primero a un taxi y desapareció.
La observé irse… había algo que me parecía familiar, no supe porqué. Así que seguí mi camino a mi solitario departamento.
...
Cuando llegué al departamento, el silencio me golpeó.
La soledad era mi vieja compañera, pero esta vez dolía distinto. Donde antes sentía un peso frío, ahora solo hay un vacío.
Si alguien me abriera el pecho, estoy seguro de que no encontraría nada… porque mi maldito corazón oscuro se lo llevó ella.
Quiero que me lo devuelva.
No me sirve de nada, pero cuando estaba con ella… lo sentía vivo. Latiendo.
Quiero que regrese.
Que venga conmigo.
Quiero gritar su nombre, pero ni siquiera eso me dejó.
No sé cómo dejar de ser quien soy.
No sé cómo volver a sentir sin destruir lo que toco.
—Pequeña… —susurré con la voz rota—. Tenían razón… el amor te hace débil.
Pero yo quiero ser débil por ti.
Lo siento, pequeña.
Nath
...
—¿Cómo te sientes? —preguntó la doctora al entrar a la habitación.
—Un poco débil, pero bien —mentí, no estaba bien, pero todos mis males los llevaba por dentro.
—Esperó que te cuides mucho, necesitas alimentarte bien en tu estado, te dejaré unas pastillas para las náuseas y mareos, además de las vitaminas que debes tomar... —me informó, pero yo estaba perdida no sabia de lo que hablaba.
—No entiendo. ¿De que estado habla?.
—Estás embarazada —respondió.
Embarazada... sentí que me desmayaría de nuevo.
No podía estarlo, yo no... yo iba a tener un bebé de Max.
Dejé de escuchar las palabras de la doctora, no sabía cómo asimilar la noticia. No entiendo como no me di cuenta antes, las náuseas, a esto se debían.
Yo iba a ser mamá.
Mamá de un pequeño ser de Max y mío, una mezcla de ambos.
Tendré un hijo...
...
Desperté horas después, con el sonido de monitores a mi alrededor. Aún con el recuerdo de como me enteré de que estaba embarazada y en ese momento me sentía mal por no haberme emocionado en ese momento. Se supone que un hijo era un motivo de felicidad, pero yo estaba en el peor momento de mi vida.
Una mujer de bata blanca a mi lado me observaba con compasión.
—¿Se encuentra bien? —preguntó en francés, con voz suave— Tuvimos que detener el sangrado. Su bebé está estable, pero necesita reposo. No puede seguir sometiéndose a tanto estrés.
Mis labios temblaron.
“Mi bebé está estable.”
Esa frase me devolvió el alma al cuerpo.
Cerré los ojos y lloré en silencio.
Por todo.
Por lo que perdí, por lo que todavía me quedaba… y por lo que debía aprender a cuidar.
Perdón bebé.
Mamá si esta feliz, prometo que todo estará bien. Haré todo por ti y por mi. Por los dos.