8. "No te vayas"

3008 Words
Capitulo 8— "No te vayas" Nath Lo sentía tan cerca y, a la vez, tan lejos. Podía respirar su aire, sentir su calor, y aun así había un abismo entre nosotros. Quería quedarme entre sus brazos, quedarme ahí para siempre, pero sabía que no podía. Ni siquiera debía soñarlo. Y aun así lo hacía. Porque aunque él pareciera hecho de hielo, para mí era fuego. Su frialdad me quemaba y yo… yo quería arder. Estar cerca de él era peligroso, pero era también lo más vivo que había sentido en mucho tiempo. Sus brazos rodeando mi cuerpo me hacían olvidar el ruido del mundo, y aquella noche —cuando hablamos, aunque fuera poco— sentí que habíamos cruzado una línea invisible. Fue más íntimo que cualquier encuentro, más profundo que cualquier caricia. Porque, por primera vez, no solo me tocó el cuerpo… me tocó el alma. Nuestros muros comenzaron a desmoronarse en silencio. Nuestras despedidas ya no eran fugaces. Yo me vestía lentamente, sin apuro, mientras él hacía lo mismo. Y entonces se acercaba por detrás, sus labios rozaban mi cuello, y sus brazos —tan fuertes— rodeaban mi cintura. Me sentía pequeña, frágil, pero al mismo tiempo… protegida. Lo podía sentir, aunque él lo intentara ocultar. Cada vez que apartaba la mirada, cada vez que enderezaba la espalda, cada vez que su voz sonaba más dura de lo necesario… estaba intentando convencerse de que no le importaba. Que esto no significaba nada. Pero yo lo veía. Un destello en su mirada cuando creía que no lo notaba. La manera en que sus dedos se apretaban en mi cintura un segundo más de lo que debería. El leve temblor en su respiración cuando me acercaba demasiado. Max nunca decía nada, nunca cedía. Y aun así, moría por mí con cada gesto silencioso o simplemente era yo quien lo pensaba, porque eso quería ver. A veces quería pedirle que me protegiera, que me sacara de todo esto. Y en mi cabeza nacía esa esperanza tonta, infantil, que me decía que si lo pidiera… él lo haría. Pero no lo hice. Porque sabía que era solo eso, una ilusión. Una fantasía que solo podía existir en este lugar oscuro, bajo luces que esconden verdades. Max nunca querría nada conmigo fuera de aquí. Y, en el fondo, sabía que era lo mejor. Porque yo no conocía su mundo y cuando en verdad se aburra de mi volverá a ser el hombre que estuvo conmigo por primera vez. —No estaré por unos días —susurró en mi oído antes de despedirse— tengo un viaje, me iré la próxima semana y estaré dos semanas fuera, le pediré a Alicia que te de esas semanas libres. —Gracias, pero yo debo seguir trabajando —dije con suavidad. Un sentimiento de tristeza se alojo en mi corazón al saber que no lo vería. Max me giro entre sus brazos, su mano tomó mi mentón y me hizo levantar el rostro para verlo. —No lo harás mientras yo esté aquí —dijo con firmeza— Eres mía. —Solo bailare nada más... No quería estar en casa, pronto Natasha regresaría a casa y eso sería convivir con mamá por horas, prefiero bailar en este lugar que estar con ella. —¿Por qué trabajas aquí? —preguntó por primera vez en meses. —Algunos no tenemos privilegios —respondí, y el brillo en sus ojos se apagó, sustituyéndose por un frío que me heló la piel. —No vendrás. Le daré dinero suficiente a Alicia para que no trabajes esas semanas... —No todo se resuelve con dinero —espeté, intentando zafarme de su agarre, pero fue inútil. Su mano se mantuvo firme en mi cintura y sujetaba mi mentón con fuerza, sin llegar a hacerme daño. —Para mí sí —replicó, su voz grave, cargada de autoridad—. Descansa. Haz lo que quieras, siempre cumpliendo nuestro trato. —Bien... —cedí, derrotada. Su boca se curvó apenas, pero no sonrió. Se inclinó hasta rozar mis labios. Mi respiración se volvió errática, mi cuerpo tembló en sus brazos. Max deslizó sus labios por mi mejilla hasta llegar a mi oído, mordió suavemente mi lóbulo y tuve que esforzarme por mantenerme erguida. —Voy a extrañar tu cuerpo —susurró, tan ronco, tan deliciosamente provocador. Qué tiene este hombre que, aun cuando todo en él grita peligro, mi cuerpo solo sabe rendirse. Debo estar loca por sentir esto. —Max... —jadeé, mientras su mano subía lentamente por mi espalda, acariciando mi piel desnuda. —Recuerda que soy tu dueño, pequeña —murmuró, besando mi mejilla antes de pasar su lengua por el mismo punto, dejándolo arder. Cerré los ojos, perdida en el calor que me provocaba. Sus besos siguieron delineando mi rostro, mi mejilla, mis labios, mi mentón… cada parte parecía marcarla como suya. Mis manos se colaron bajo su camiseta, acariciando sus músculos duros y cálidos. Su cuerpo era un pecado, una tentación por la que valía la pena arder en el infierno. —Oh, pequeña... —gruñó sobre mi piel cuando mis uñas rasparon su abdomen. "Hazme tuya de nuevo". Sus labios bajaron a mi cuello. "Llévame a tu infierno de placer". Mordió suavemente la piel de mi cuello y el fuego se encendió en mi vientre. Lo necesitaba, desesperadamente. Solo él sabía cómo controlar estas llamas que arden en mi. "No te vayas, Max... te extrañaré a ti". Sus manos bajaron a mis piernas. Me levantó con facilidad y me sentó sobre la mesa de vidrio. El contacto helado contra mi piel contrastó con el ardor de su cuerpo, haciéndome temblar. Max rozó su m*****o contra mi intimidad. —¡Mmmh! —me mordí los labios, sus besos bajaron hasta mis pechos, los liberó y mordió mis pezones alternando entre uno y otro, mis manos fueron a su cabeza y se enredaron en su cabello, tiré mi cabeza hacia atrás y empuje mis caderas para rozar su m*****o de nuevo. —Eres deliciosa y perfecta —murmuró contra la piel de uno de mis pechos. —Max... —gemí con necesidad. La bragueta de su pantalón sonó y lo siguiente que sentí fue su mano romper mis bragas y su m*****o duro y caliente en mi entrada. Mordió mi pezón cuando entro en mi, lo senti por primera vez sin el maldito condon. Sabía que no estaba bien, pero se sentía tan delicioso que no me atreví a decir nada, se movió dentro de mí con fuerza, me sujete de sus hombros mientras me embestia tan duro y profundo. Max dejo mis pechos solo para mirarme a los ojos, mis piernas estaban abiertas para él, nuestras partes se unían ahí al borde de la mesa, me dolía el trasero, pero tenerlo dentro de mí valía la pena. —¡Joder! —gruño sin dejar de mirarme. Sus ojos me miraron no solo con deseo, sabíamos que era diferente, éramos nosotros, simplemente nosotros perteneciendonos, dejando a un lado el trato esa noche. Sus ojos fríos solo tenían calor, un calor suave, que me aliviaba el alma. Yo lo miré con amor. "Si eres un monstruo estoy perdida, porque aun así me he enamorado" No importaba la fuerza con la que me penetraba, lo importante era esa mirada que me llego al alma. Está roto... como yo... Max tomó mis piernas y las abrió más levantavandolas. —Pequeña... —susurró bajo y sentí que quería decir más. Exploté gritando su nombre, él lanzó un gruñido y salió de mi, su semen caliente cayó en unas de mis piernas desnuda. —Joder... lo olvidé —murmuró. Lo sé, pero no se derramó dentro, así que supongo que estaba bien. Mi mirada bajo a ese liquido en mi pierna, un deseo en mi interior me hizo querer tocarlo y otro deseo aún más fuerte quería llevarlo a mi boca, pero no lo hice. Reprimí mi deseo y quizás curiosidad. Levante mi mirada y Max me observaba con su mirada encendida con algo que no había visto. Se lanzó a besarme con intensidad, su boca prácticamente deboraba a la mía, chupaba mi lengua cuando la atrapaba, y la suya exploraba toda mi boca, mordió mis labios qué estaban demasiado hinchados por la intensidad de su beso. Lleve mis manos para sujetar mi antifaz cuando sentí que se movió, pero estaba asegurado. Max me miró a los ojos y sin decir nada me abrazo con fuerza. Me sorprendí, pero lo abracé, mi rostro se escondió en su pecho. Quiero quedarme aquí para siempre. Jamás había anhelado algo en mi vida, pero esto si lo quería. Lo deseaba. Deseaba lo único que no podía tener fuera de este lugar, y eso dolía más que todo. Dolía ahí en mi corazón, ese que jamás había latido por alguien como late cuando estoy con él, late de amor, de anhelo, de tristeza... La extraña y hermosa conexión que senti en ese abrazo se rompió. Max me ayudó a limpiarme, me bajó de la mesa y me acomodó en el sofá, no aparte mis ojos de él, de ninguno de sus movimientos, me acomodó el top, y la falda, las bragas, bueno... esas no servían. Así que me puso una bata sobre los hombros para cubrirme por completo cuando saliera de aquí. Quise sonreír porque por un momento no vi al hombre que parecía controlar al mundo, solo vi a un hombre atento, parecía que él había olvidado que tenía esa parte de él. Cuando estuvo listo, me despedí de él, dejando un beso en su mejilla, pero él me tomó por la nuca y me besó, un beso que sabía que quería que durará hasta que él regresará de nuevo. No dijimos más, pero las miradas ya lo había dicho por nosotros. "Cuídate Max, te estaré esperando". ... Habían pasado más de dos semanas y él no había regresado. Lo sabía porque Alicia lo había dicho, porque sino fuera así, yo estaría pensando en que él ya se había aburrido. Alicia me daba mi pago. No se miraba muy feliz pagándome sin hacer nada, pero sabía que Max debía estar dándole una muy buena cantidad para que no me obligará a ir al club, pero Alicia había dicho que hoy regresaba así que me tocaba volver al trabajo y estaba ansiosa por verlo, aunque preocupada por saber si él quería seguir viéndome. Había dicho a Kyra que estaba enferma para que no hiciera preguntas sobre Max. Ella lo sospechaba, no que había enamorado, sino que seguía vendiéndome, aunque era más que eso, había vendido mi cuerpo y entregado el corazón. —¿Nath? —la voz de mi hermana me sacó de mis pensamientos— ¿Estás bien? —Sí, no te preocupes —respondí, fingiendo calma. —¿Te ha dicho algo mamá? —preguntó, con ese tono que ya conocía. —Lamento que ella sea así contigo, Nath. Solté una risa amarga. —Tú no tienes la culpa de que nuestra madre no me quiera, Natasha. —No digas eso. Mamá te quiere... —titubeó— a su manera. —¿Cuál manera? —repliqué sin poder contener la rabia en mi voz— Porque yo no he visto ninguna de sus formas de quererme. Ella me observó en silencio, y luego cambió de tema. —¿Sigues en ese club? No deberías estar más ahí, Nath. Deberías hacer lo que quieras con tu vida. No somos tu responsabilidad. —No soy capaz de dejarte sola —murmuré—, no soy esa clase de persona, Natasha. Mi hermana sonrió con tristeza. —Tienes un gran corazón, pero a veces pienso que eso te hace una tonta. —Sus palabras me atravesaron—. A veces hay que aprender a ser mala, Nath. No importa lo que digan los demás, cuando tú vales más. Hay cosas que simplemente no valen la pena. Lo que tú das, y el trato que recibes a cambio… no vale la pena. Y lo sabes. Sus ojos, casi idénticos a los míos, estaban fijos en mí. Había demasiada verdad en su mirada. —Papá se fue sin mirar atrás —continuó—. Quizás fue egoísta, pero fue libre. Deberías hacer lo mismo. Tal vez él es feliz ahora… y tú también podrías serlo si te alejaras de nosotras. —Parece que en verdad quieres que me vaya de tu vida —dije con la voz baja, pero firme. —¿Acaso no sería lo mejor? —replicó sin vacilar— ya hiciste suficiente por mí. Estoy viva gracias a ti, Nath, pero tú sigues dejándote manipular por mamá. No seas tan estúpida. Saca las garras, y clávaselas a quien te hace daño. A veces es mejor ser una perra que una pobre tonta. La miré con el corazón apretado. Ahí estaba mi hermana, la de antes del hospital, la que siempre decía lo que pensaba, sin miedo a herir. Pero también había algo nuevo en ella… una dureza que antes no tenía. Ya habían pasado casi cuatro meses del trasplante. —No soy esa clase de persona —murmuré—. Si mi recompensa por ser buena es esta, quizás nunca hice nada bien… o quizás este siempre fue mi destino. Natasha suspiró, y se acomodó entre las sábanas. —La vida no te da salidas, Nath. Tienes que escarbar con uñas y dientes para escapar. Los destinos no se esperan, se forjan. Y tú… debiste forjar el tuyo hace mucho. —Solo tengo veintidós… —dije, como si eso justificara todo. —¿Y? Con todo lo que has vivido, tu vida ya debería estar en otro lugar. —Me miró con tristeza— Te quiero, Nath, pero deberías aprender a querer un poco menos a los demás, y un poco más a ti misma. Tragué saliva, sintiendo cómo las lágrimas me ardían detrás de los ojos. —¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar? —pregunté, casi en un susurro. —Yo… —vaciló, bajando la mirada— eres mi hermana menor, Nath. También te habría ayudado. Pero su voz tembló, y algo en su rostro cambió. Fue solo un segundo, pero lo vi. Una sombra de duda. Un gesto que me heló el pecho. —Descansa —dije al fin, levantándome— Me voy antes de que mamá regrese. —No todo vale la pena, Nathalie —murmuró cuando llegué a la puerta—. No todo tiene una buena recompensa. Los seres humanos somos egoístas… y hacen lo que quieren con las personas como tú. Cierra la puerta, por favor. Obedecí. Cerré la puerta y cuando entre a mi habitación las palabras de Natasha seguían repitiéndose en mi cabeza. "No todo vale la pena." Pero... ¿Y si, si?. Lo peor que podría pasarme es obtener otra herida en este mundo que parece odiarme y que hasta ahora lo mejor lo haya encontrado en aquel club... ... Estaba nerviosa. No sabía si él pediría verme esa noche. Esperaba que sí… lo necesitaba. Era seguro que sí. O al menos eso quería creer. Me preparé con más cuidado que de costumbre. Me maquillé despacio, delineando mis ojos con precisión, como si eso pudiera ayudarme a mantener el control que tanto fingía tener. Elegí un vestido rosa palo, corto, delicado, como todos los que se usan aquí. —Nath —la voz cortante de Alicia me arrancó del espejo. Entró al vestidor con el rostro lleno de molestia— no bailas. Ve al privado de siempre. Odio que siempre pase esto, pero paga bien. —Iré en unos minutos —respondí, tratando de ocultar la emoción que me revoloteaba en el pecho. No podía dejar que esa bruja notara que lo esperaba. —Dile que quieres bailar —bufó, cruzándose de brazos— cuando se aburra, no tendrás clientes. Muchos piensan que ya no trabajas aquí. —A las perras se les acaba la suerte, Alicia. A ella le llegará su hora —dijo una de las chicas, con una sonrisa maliciosa. Las demás rieron. —Pues mi suerte ha sido mucha, porque la he mantenido más que la tuya —respondí, sin mirarla siquiera. —Ay, Nath... —rió otra— eres muy inocente. Y muy idiota. —¡Basta ya! —las cortó Alicia— Apresúrate, Nath. Obedecí. Salí del vestidor sin mirar atrás, con la cabeza erguida aunque por dentro temblara. Sabía que, en parte, tenían razón. Era tonta. Y no me importaba. Sé las consecuencias de lo que hago, y las asumo todas. Llegué a la habitación y respiré hondo como siempre. Abrí la puerta. Y ahí estaba él. De pie. Esperando. El aire cambió. Su sola presencia llenaba el lugar, como si el silencio se volviera más denso a su alrededor. —Hola, pequeña —murmuró, acercándose. Su voz, grave y pausada, me recorrió la piel como una caricia invisible. Su aroma —ese que se me había quedado grabado en la memoria— volvió a envolverme. Mi frío monstruo. Antes de pensarlo, lo abracé. Su pecho vibró bajo mi mejilla. Me tomó por la cintura, firme, y me levantó del suelo con facilidad. Enredé mis piernas en su cintura, instintivamente, como si ese fuera el único lugar donde mi cuerpo recordaba sentirse a salvo. Se sentó en el sofá conmigo aún aferrada a él. Sus brazos me rodearon, fuertes, cálidos, seguros. Nadie debería sentirse tan bien en los brazos de alguien como él. Y aun así, lo hice. Nos quedamos así, sin hablar. Solo escuchando nuestras respiraciones mezclarse. Solo sintiendo el peso de lo que no decíamos. La cercanía dolía más que la distancia. Más que la frialdad. Más que el silencio. Y lo supe. Max también lo sabía. Él lo había sentido… ese cambio invisible entre los dos. Eso que ninguno se atrevía a nombrar y que él no se atrevería a aceptar. Pero pronto descubríria que cuando algo amenaza con destruirlo o hacerle perder el control, él lo destruía primero. Y yo, yo era ese algo...
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