7. Miedo a sentir...

2673 Words
Capitulo 7 — Miedo a sentir... Nath ¿Qué me estaba pasando? ¿En qué pensaba cuando estaba con él? Estaba perdiendo la cabeza, y eso no debía suceder. Él pagaba por mí. Lo hacía, y esto no era más que un trato. Un trato que acepté para poder respirar un poco, para calmar las preocupaciones que me ahogaban. Pero algo pasa dentro de mí. Algo que no entiendo. Algo que no debería sentir. Estoy empezando a sentir algo por ese hombre frío que paga por mis noches. El mismo que compró mi virginidad. Max… Cuando toqué su mejilla, una corriente me recorrió el cuerpo. Sentí cómo se tensaba, pero al mismo tiempo me envolvía una calma extraña. Sé que no es bueno, pero tampoco lo soy yo. No me siento buena, ni valiosa. En sus ojos fríos hay secretos, en los míos, dolor. Y cuando lo miro, siento que puedo ver lo que él oculta. Nunca pensé que alguien que puede tenerlo todo también podría sufrir. Quizás, si mi padre hubiera sido rico, mamá me habría querido más. Pero también sé que, si lo fuera, yo sería la hija olvidada. Nunca entenderé a mi madre y nunca buscaré hacerlo, solo quisiera saber las razones por las que siempre ha tenido un trato diferente conmigo. Las palabras de Max siguen repitiéndose en mi cabeza. “No te enamores de un monstruo.” No creo que lo sea. Tal vez no sea un buen hombre, no lo sé. Pero tiene razón… no puedo enamorarme de él. Una lágrima me cae por la mejilla cuando abro la puerta de casa. Hay algo en mí que pide que no vuelva a verlo, pero necesito el dinero. No enciendo las luces. Camino hasta mi habitación. La casa se siente tan fría. Mamá sigue con Natasha en el hospital, esperando que mejore. Me desnudo despacio, y aunque intento no pensar, su perfume sigue pegado a mi piel. Antes me molestaba, ahora lo respiro. Me aferro a él como si pudiera darme algo de paz. Estoy perdida, muy perdida, sabía que esto no era buena idea. Camino hasta el baño arrastrando mis pies, dejo que el agua caiga sobre mi cuerpo. Bajo la ducha, dejo que el agua esconda mis lágrimas. Sus besos, aunque salvajes, curan heridas que no sabía que tenía. Me gusta cómo me mira, cómo me toca, me gusta ver ese deseo encendido en sus ojos cuando bailo para provocarlo, Pero lo que estoy sintiendo me duele. El día en que él ya no me busque más no será el dinero el que me haga falta, serán sus grandes manos recorriendo mi cuerpo, serán sus brazos sujetandome con fuerza contra su cuerpo mientras me lleva a la cama, serán sus besos sobre mi piel, calientes y húmedos, sus ojos fríos y ardientes de deseo por mi. No se si me estoy volviendo loca, pero a veces siento que él me mira de una en la que nadie más la ha hecho, hay veces en las que deseo tanto contarle el día de mierda que he vivido. Y no puedo, no puedo porque él no va a escucharme, haya veces en las que desearía saber más de él... Me siento como una estúpida, por sentir todo y no poder decirlo. Me estoy ahogando con tantas cosas que guardo y se atoran en mi garganta. Pero seguiré ahí para él cada noche que él quiera, cada noche que él me busque. Salgo de la ducha y me envuelvo en una toalla, busco unas bragas y una camiseta vieja para dormir. Cuando estoy lista me tiro en la cama, esa noche puedo ver a través de mi ventana las estrellas que brillan con una belleza que me duele. Y me pregunto si algún día algo hermoso será también para mí. ... Los días pasan, y sin darme cuenta, se vuelven semanas. Max me busca casi todos los días, cuatro o cinco veces por semana. Mi corazón se acelera cada vez que lo veo esperándome en aquella misma habitación privada. Me obligo a no sonreír, a no lanzarme a sus brazos, a fingir que no me importa tanto. Pero algo cambió entre nosotros, algo que ninguno de los dos se atreve a nombrar. A veces, sus besos son lentos, suaves… como si quisiera aprenderme de memoria. Otras, son urgentes, casi desesperados, como si necesitara olvidarse del mundo dentro de mí. Y yo… yo lo deseo también. Tanto, que me vuelvo más atrevida, más libre con él. Desde aquella noche en la que lo vi con otra mujer, no lo he vuelto a ver con nadie. Y si alguna se le acerca, la rechaza sin mirarla siquiera. Solo me observa a mí mientras bailo. Y en esas noches, cuando nuestros ojos se encuentran, bailo solo para él. Él se ha convertido en lo mejor de ese lugar oscuro. Pero sé que fuera de esas paredes, para él, yo no sería nadie. Natasha ya lleva casi dos meses desde el trasplante y todo va bien. En unos días más volverá a casa. Decido visitarla, aunque a veces me resulta difícil ir al hospital. Ella lo sabe, sabe cuánto la amo, cuánto me preocupo. Camino por el pasillo cuando la voz de mamá me detiene. —¿Qué haces aquí, Nathalie? —su tono suena más a reproche que a saludo. —Vengo a ver a Natasha —respondo, intentando pasar a su lado. —¿Después de más de dos meses? —inquiere, con esa mirada que siempre me corta el aire—. Tu hermana no te importa mucho, ¿verdad? Hoy está cansada, mejor vete. —¿Qué no me importa? —mi voz tiembla, pero no me contengo—. ¡Por Dios, mamá! Se te olvida que soy yo quien paga las cuentas. Ella me toma del brazo con fuerza. —No la molestes —dice entre dientes—. En unos días vuelve a casa y tú vienes de un lugar sucio. Podrías traer alguna enfermedad. Sus palabras me atraviesan. Un nudo se forma en mi garganta. No quiero pelear, pero no puedo callar. —Sabes muy bien que es en ese “lugar sucio” donde consigo el dinero que mantiene este hospital —le respondo con rabia contenida—. De ese maldito lugar saco cada centavo que tú gastas, así que no te atrevas a juzgarme. Todo lo que hago, lo hago por ustedes. Me suelto de su agarre con brusquedad. —Recuérdalo cada vez que me pidas dinero —añado antes de dar media vuelta. Camino rápido por el pasillo. Mis ojos arden, pero no voy a llorar frente a ella. No quiero que Natasha me vea así. Ya carga con suficiente culpa, sabiendo que vendí mi cuerpo para pagar su trasplante. Cuando llego a casa, me dejo caer sobre la cama. El llanto que me negué frente a mamá sale de golpe. Odio cómo me mira, cómo me llama “sucia” sin decirlo, solo con los ojos. Pronto me iré, lo sé. Natasha lo entenderá. Ella siempre lo ha hecho. Ella sabe cómo es mamá conmigo. ... Esa noche no sentía nada de ánimos de ir al club, pero tenía la esperanza de verlo y que mi día al menos terminará bien, me siento cansada de mi vida, pero no de él. Quería estar entre sus brazos, que para mi son un refugio temporal. Me miró en el espejo antes de salir, mis ojos lucen rojos pero se que él no los notará, están un poco hinchados y tampoco creo que lo noté, lo que siento lo escondo, pero sin querer creo que estoy dejándolo ver más de mi. —Nath —Alicia irrumpe mis pensamientos— no vas a bailar, él te quiere en la habitación ahora. Mi corazón se acelera cuando escucho que él está aquí y esperando por mi. —Estaré con él en unos minutos— respondo. Ella asiente y sale. Ya no me importan sus tratos, no me importa pensar en lo que él paga por estar conmigo, no bailar frente a muchos hombres es lo que me alivia. Me coloco el antifaz, lo aseguro muy bien para que no caiga de mi rostro cuando estoy con él, me miro una última vez y salgo del vestidor lista para verlo. Antes de entrar a la habitación, respiro e intento ocultar todo lo que me atormenta, pero Max... él lo notaria y se robaría otra pizca de mi tonto corazón. Esa noche sería diferente para ambos... Maximilian No sé qué tiene esta noche, pero algo se siente diferente. Ella entra en la habitación me mira. No sonríe. No dice nada. Camina despacio y se acerca a mi, noto como sus piernas tiemblan un poco, como si le costara caminar. La observo en silencio. Ella no muestra nada, pero sus ojos me lo pueden decir todo. Y esta noche sus ojos gritan. —Llegas tarde —digo al fin, solo para romper el silencio. Ella asiente apenas, ni siquiera se disculpa. Eso me molesta más de lo que debería. Se sienta en mi regazo y paso mi mano por su cintura para sostenerla más cerca de mi. —Si quieres, me voy —responde sin mirarme. Algo en su tono me detiene. No suena desafiante. Suena cansada. Demasiado. Tomo su mentón y la obligó a mirarme fijamente. Sus ojos están enrojecidos, bajo ese maldito antifaz y no de sueño. De lágrimas. —¿Quién te hizo llorar? —pregunto con voz más baja, casi un gruñido. —Nadie —miente. Me dan ganas de romper algo. No sé por qué me afecta tanto verla así. No tengo derecho a preguntar. No tengo derecho a sentir nada. Pero lo siento. Acaricio su mandíbula con delicadeza. Sus labios tiemblan apenas. Quiero estrecharla entre mis brazos, enterrar mi rostro en su cuello y decirle que estoy con ella, pero no puedo... —¿Quieres decirme algo?. —No quiero hablar, Max… —susurra. —Entonces no hables —respondo—. Pero no me mientas. Sus pestañas tiemblan, y en un movimiento casi imperceptible, se acerca un poco más. Huele a lluvia, a tristeza y a algo que me duele admitir que necesito. Rozo mis labios con los suyos, carnosos y deliciosos. La beso. No como siempre. No con deseo. Con rabia, con miedo, con algo que ni siquiera sé nombrar. Ella me responde con la misma desesperación. Sus manos se aferran a mi camisa, y por un segundo, su cuerpo tiembla contra el mío. Sabe diferente esta noche. No hay fuego, hay dolor. Y sin embargo, me quema más que nunca. La levanto con cuidado y la llevo hasta la cama. Su respiración se acelera, pero no dice nada. Solo me mira, y por primera vez siento que no estoy con una mujer que me desea, sino con una que está rompiéndose. Debería detenerme. Pero no puedo. Quiero quitarle el peso del mundo, aunque sea por un instante. Quiero que olvide todo. Y egoístamente, quiero ser yo quien la haga olvidar. Cuando nuestros cuerpos se encuentran, cierro los ojos. No pienso en placer. Pienso en lo frágil que se siente bajo mis manos. En lo mucho que me duele verla así y no debería afectarme, pero lo hace. Me duele y ni siquiera yo entiendo porqué. Esto dejó de ser solo un trato hace mucho y no quiero admitirlo. Llevo casi tres meses con ella y no quiero alejarme, quiero verla cada maldito día, pero a veces no puedo estar aquí y en unas semanas debo viajar a Berlín. Ella se acurruca contra mi pecho después, en silencio. Sus dedos rozan mi pecho desnudo. —¿Por qué viniste esta noche? Es evidente que no estás bien—pregunto. —Porque si no venía… me derrumbaba —responde en un hilo de voz. Sus palabras se me clavan en el pecho. Quiero preguntarle por qué. Quiero que me lo cuente. Pero sé que no lo hará y se que no debo hacerlo. Entonces por primera vez la abrazo fuerte para darle seguridad. Y mientras la escucho respirar, me doy cuenta de algo que no quiero aceptar, ya no soy libre de ella. Cada vez que intenta huir del mundo, estamos aquí. Y cada vez que la tengo cerca, soy yo quien termina cayendo más hondo. Pero soy demasiado idiota para admitirlo. Demasiado cobarde para aceptar que esa mujer —esa chica con antifaz y mirada cansada— se ha colado en mi piel y más adentro de mí. “La compasión es debilidad, y la debilidad se paga con sangre.” Eso me enseñaron. Eso repetí durante años. Pero esta noche no siento compasión. Siento miedo. El mismo miedo que creí muerto hace mucho. Miedo a perderla. Miedo a sentir. Miedo a que esto sea amor. —Dime qué te preocupa —le pido, sin pensar. La voz me sale más suave de lo que pretendía. Ella se mueve entre mis brazos, intentando soltarse, pero no la dejo. No esta vez. —No importa —susurra. No importa. Las dos palabras más vacías que he escuchado. Y, sin embargo, me duelen más que cualquier golpe. —¿Necesitas dinero? —pregunto, porque es lo único que sé ofrecer. Ella se tensa. Su cuerpo, tan pequeño contra el mío, se llena de rabia contenida. Trata de apartarse, pero la sujeto más fuerte, no para retenerla, sino porque no quiero que se rompa lejos de mí. —No todo es dinero, Max —replica con voz temblorosa—. ¿Acaso todo lo arreglas con eso? Su tono me atraviesa. No hay odio en sus palabras. Solo tristeza. —Lo que siento… —comienza, pero se detiene. —Dilo —le pido. —No… no debería. —Quiero escucharlo. Una parte de mí grita que me calle. “Déjala ya, Maximilian. No insistas. No sientas.” Pero no puedo. Ella baja la cabeza. Su respiración es irregular. —No vengo aquí a hablar, no debería hacerlo —murmura en un hilo de voz. Tomo su rostro entre mis manos. El antifaz cubre sus ojos, pero no puede ocultar lo que late debajo. La acaricio con el pulgar, despacio, como si temiera romperla. —No importa para qué vengas. Esta noche, quiero escucharte —le digo. Una lágrima resbala bajo el antifaz. La limpio antes de que llegue a sus labios. —La vida es una mierda —dice al fin—. Es lo único que puedo decir. —En eso tienes razón —respondo. Pero mi mente no se detiene. ¿Por qué lo dice así? ¿Quién le hizo daño? ¿De dónde viene ese dolor que intenta esconder incluso mientras tiembla entre mis brazos? —¿Alguien te hace daño? —pregunto. —No —susurra. No le creo. No digo nada. Solo la miro. —No debes llorar —le digo con voz baja—. Nada vale tus lágrimas. Ella alza la vista hacia mí. Su mirada me atraviesa como una verdad que no pedí. —¿Qué haces cuando algo te duele? —pregunta. Sonrío sin humor. —Nada me duele. Nunca me duele nada. Y lo creo por un instante. Hasta que ella apoya su rostro en mi pecho y siento su respiración temblar contra mi piel. Entonces lo entiendo. Sí me duele. Me duele ella. Me duele sentirla tan cerca sabiendo que no puedo quedármela. —Siempre nos quebramos —susurra—. Siempre duele, aunque sea en silencio. Cierro los ojos. Mis brazos se cierran en torno a su cuerpo pequeño. No quiero soltarla. No quiero que regrese a su mundo ni yo quiero volver al mio. Aquí, en este instante, somos solo dos almas rotas intentando no hundirse. "Los Krüger no lloran, Maximilian, no sienten, los sentimientos son para débiles". Recuerdo las palabras que escuché durante años. «¿Qué estás haciendo conmigo?» pienso mientras la beso en la frente y aspiro su aroma que me embriaga. No puedo sentir, pequeña. Perdóname.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD