Capitulo 3 — Exclusiva
NATH
No suelo temblar después de un baile, pero esa noche mis piernas parecían no reconocer el suelo. Apenas crucé tras bambalinas, respiré profundo, intentando calmar el temblor de mis manos.
Me encerré en el vestuario, me senté frente al espejo y me quite el antifaz. Mire mi reflejo, unos ojos llenos de tristeza y carentes de vida me devolvían la mirada. No se ni siquiera como es que aún sigo viva. No se porque sigo luchando en un mundo donde no tengo a nadie, morir a veces es tentador al igual que aterrador.
Unos golpes en la puerta me alertaron.
—Nath —la voz de Alicia interrumpió mis pensamientos.
Me giré apenas. Ella estaba en la puerta, con su sonrisa plástica y su copa de vino entre los dedos.
Mala señal.
—Buen trabajo esta noche —dijo despacio— tienes un privado.
Algo me decia que no era cualquier privado, debia ser él, lo sabia. Debia ser él.
Se acercó, dejando su copa sobre el tocador.
—Apresúrate, que hay más clientes que atender —ordenó sonriendo.
Sentí cómo se me helaba la sangre.
Negué con la cabeza.
—¿Es él verdad? Si es él no iré.
—¿Perdón? —su tono se volvió cortante.
Me puse de pie, intentando sonar firme.
—Estoy cansada. Que pida a otra. A cualquiera. Que no crea que porque ya estuve una vez con él volveré a estarlo. No me tendrá de nuevo.
Ella soltó una pequeña risa, vacía.
—No entiendes cómo funciona esto, ¿verdad? No es una invitación, Nath. Es una orden. Si él te quiere, vas. Solo ha pagado un estúpido baile así que ve y muévete para él.
—No es justo —musite.
—¿Justo? —repitió, arqueando una ceja—. Aquí nada lo es. Tú bailas, yo vendo y ellos compran. Que tu bailes para él, vas u mueves tu trasero para él y lo haces con una sonrisa, ¿entendido?
Sus palabras me atravesaron como agujas.
Tragué saliva, intentando no mostrar miedo, pero ella ya lo había visto.
—No lo hagas más difícil —susurró con un deje de falsa ternura— Te conviene. Créeme.
Se dio media vuelta y se fue, dejando su perfume empalagoso flotando en el aire.
Me quedé sola, mirándome al espejo de nuevo.
La chica que me devolvía la mirada no parecía yo. Tenía los labios pintados de rojo, el rímel corrido y los ojos llenos de algo que no era solo miedo… también había curiosidad.
¿En verdad solo queria un estúpido baile privado?
Tomé aire, arregle mi maquillaje, me coloque una bata y caminé por el pasillo iluminado con luces tenues. Cada paso hacia el privado sonaba demasiado fuerte.
Al estar frente a la puerta de aquella habitación en la que había estado la noche anterior mi cuerpo tembló.
—Alicia dijo que no tardes, es un cliente importante —dijo uno de los guardias que merodean el pasillo. Odiaba sentirme un titere de Alicia, pero no tenia de otra.
El aroma a whisky me envolvió en cuanto abrí la puerta.
Y allí estaba él, recostado en el sofá de cuero, con la chaqueta del traje desabotonada y la mirada fija en mí.
¿Por qué no pidió a la bailarina que estaba en su regazo?. Ella lo hubiera atendido sin dudarlo.
—Cierra la puerta —dijo con voz baja, firme.
Obedecí sin responder, sintiendo cómo el pulso me golpeaba en los oídos.
Su sonrisa fue leve, casi imperceptible. Su mirada era un glacial, no podía descifrar lo que él sentía. No mostraba más que esa frialdad.
Caminé hasta quedar en el centro de la habitación bajo de ese pequeño escenario. Sabía que debía bailar, debía hacerlo y salir de aquí para seguir con mi trabajo.
No sabía qué hacer con mis manos, así que las entrelacé detrás de mí. No quiero mostrar nervios y mucho menos miedo. Su mirada me recorrió sin pudor, lenta, como si cada centímetro de mi piel le perteneciera todavía, pero no era así, solo le pertenecí una noche, una.
—Así que vienes a bailar para mi—dijo con voz grave, casi ronca.
—No es como que quiera hacerlo —respondí fijando mi vista en la suya— Solo cumplo con mi trabajo.
Él sonrió apenas, ese gesto leve que en cualquier otro sería elegante, pero en él se sentía como una amenaza.
—¿Trabajo? —repitió, apoyando un codo en el brazo del sillón— Claro tu solo haces lo que te dicen— dijo como si no lo creyera.
—Sí, hago lo que me dicen —repetí.
No tenía más opción que hacerlo y posiblemente lo haría por el resto de mi vida, la que esperaba al menos no siguiera siendo tan miserable.
—¿Te hice daño? —preguntó de repente.
Tragué saliva.
—¿Qué esperas que responda a eso?
—La verdad.
—Sí. Me dolió. —Mi voz tembló, pero no la retiré—. Pero más me dolió a mí haberlo permitido.
Por un instante, juraría que su mirada se ablandó.
Solo un segundo.
Luego volvió a su tono gélido.
—¿Quieres que baile o prefieres seguir jugando a interrogarme?
—Quiero verte. Anoche... no dije mucho —Su voz bajó— y quiero recordar lo que fue mío por una noche.
—Por una noche tu lo has dicho —La respuesta me salió más firme de lo que esperaba— ahora ya no. Asi que si me permites terminaré con mi trabajo.
Él se puso de pie y avanzo hasta mi
—No te acerques —fue lo primero que se me ocurrió decir, con voz baja pero firme. Retrocedí
Él sonrió apenas, sin moverse.
—¿Por qué? ¿Temes lo que podría hacerte?.
Si.
El pánico se apoderaba de mi cuerpo, no quería que me tocará. ¿Acaso Alicia me había vendido de nuevo y no me lo había dicho?.
—Temo lo que podrías comprar —respondí tratando de no sonar afectada por su cercanía.
Él inclinó la cabeza, curioso, como si disfrutara el desafío.
—Entonces no me subestimes —replicó con voz tan suave—. Puedo comprar casi cualquier cosa, por eso quiero negociar contigo.
—Debo bailar, afuera hay personal de seguridad que más que eso parecen espías de Alicia, así que debo poner la música —le dije.
Él asintió. Si él no había pagado una noche conmigo yo debía cumplir mi trabajo, ellos saben el tiempo que estoy dentro de esta habitación, si queiro cobrar por mi cuenta me iría muy mal.
Esperé a que el tomara asiento de nuevo y no lo hizo, me alejé un poco dejando que la música —una melodía lenta, con el pulso de un corazón roto— llenara el silencio.
Comencé a moverme, despacio, sin mirarlo. Cada paso era una muralla entre lo que habíamos sido esa noche y lo que no volvería a repetirse.
Pero su mirada pesaba sobre mí. La sentía recorrerme, quemarme. Y no me gustaba.
—No deberías mirarme así —murmuré sin detenerme.
—¿Y cómo debería hacerlo?
—Como a cualquier otra.
—No hay ninguna otra como tú. —Lo dijo sin dudar.
La música cambió, y él se acercó de nuevo. Pude oler su perfume antes de sentirlo tan cerca que el aire se me escapó del pecho.
—Quédate quieta —susurró, sin tocarme.
Mis manos temblaron. No me moví.
—No vine a repetir lo de la otra noche —le advertí—. Le dije a Alicia que no lo haría más.
—Lo sé. Ella me lo dijo. —Su voz fue una caricia áspera—. Deja que la maldita música suene. Solo quiero proponerte un trato.
Su voz me rozó el cuello como un roce invisible, y sentí un escalofrío recorrerme.
—No sé qué busca de mí —susurré—. Ya tuvo lo que quería.
—¿Crees que una noche basta? —Su respiración se mezcló con la mía, tibia, peligrosa—. No sabes cuántas veces me he preguntado por qué una mujer que se esconde detrás de un antifaz me persigue incluso cuando cierro los ojos.
—Diga lo que en verdad quiere —le pedí, apenas audible.
No sé qué hago aquí, hablando con este hombre. No sé por qué lo escucho. La noche anterior me había tomado y se había marchado, dejándome unos billetes sobre la mesa… y a mí, sintiéndome sucia.
Pero ahora, su tono había cambiado. Ya no era el mismo hombre implacable de anoche. Había preguntado si me había hecho daño. Era absurdo, pero esa simple pregunta me había desarmado. Nadie me había preguntado si estaba bien. Ni siquiera mi madre.
—Quiero que seas exclusiva para mí —dijo entonces, y alzó la mano para tomar mi mentón.
Mi corazón se desbocó. Lo miré con asombro, sin comprender si lo decía en serio.
—No soy un objeto. No estoy en venta. Lo de ayer… yo… no… —las palabras se atragantaron en mi garganta, mis ojos picaron de lágrimas—. Puede tener a quien quiera. Cualquiera estaría dispuesta a servirle como desee, pero yo no. Usted puede tener a todas… menos a mí.
—Piénsalo —susurró con calma peligrosa—. Sería lo mejor para ti dentro de este mundo. Tendrías dinero seguro… y serías solo mía.
—No… nada de eso sería mejor. Este no es mi mundo. Usted no conoce mi mundo.
—Aún no —replicó con serenidad—. Pero podría hasta comprar la puerta para entrar a él.
—Algunas cosas no se compran con dinero.
—Buscaría la forma —susurró tan bajo que apenas lo oí entre la música—. Piénsalo —repitió, más firme esta vez—. No digas que no sin pensarlo.
—No hay nada que deba pensar…
—Seguro que sí —su voz bajó, grave, y dio un paso más. Su sombra me cubrió por completo—. Puedo darte lo que desees. Y no tendrías que preocuparte por nada. Solo debes ser mía.
Se inclinó, me miró fijamente buscando más de bajo aquel antifaz.
¿Y si aceptaba lo que él quería?
Tendría dinero para mí universidad, para los tratamientos de mi hermana, para sobrevivir y quizás cuando esto terminará podría llevar una vida diferente... o podría quedar esclava de esto.
No valdría nada para nada, nadie me querría sabiendo que vendí mi cuerpo.
Aquel trato se sentía como una condena y una vía de escape. Más no sabia hasta donde me llevaría...
MAXIMILIAN
La deseé desde la primera vez que la vi en ese escenario, en ese maldito lugar.
La quise para mi, pero sabía que ella no era como las demás.
Pero si ella estaba aquí era porque tarde o temprano terminaría cediendo a este mundo. Entonces se me presentó la oportunidad. Lo logré. La tuve.
Y, sin embargo, eso no me bastó.
Quiero más.
Más de ella.
Solo el tiempo que dure esta obsesión, me repito. Hasta que me la arranque de la cabeza.
La mujer del antifaz.
Ni siquiera sé su verdadero nombre, y no lo necesito. Me gusta así. Me gusta el misterio. Me gusta imaginar qué hay detrás de esos ojos que a veces parecen tener el suficiente valor para enfrentarme.
Apenas han pasado unas horas y aún puedo sentir su calor, el eco de su respiración.
Fui un animal, lo sé.
Solo pensé con el instinto, con la necesidad de tenerla, de marcarla como mía.
Quiero que ella me pertenezca dentro de esas paredes.
Nada más.
Nada fuera de ahí...