—¡Sergio! —¡Dime André! —contestó Sergio a través de la línea. —¿Podemos vernos? Necesito hablar. —¡Vente a mi oficina en el bufete! —respondió. Me sentía más que un estúpido, y sentía mucha vergüenza, Dora lo supo todo el tiempo, me veía a la cara y sabía lo que estaba haciendo. Sentí que ya no sabía quién era yo, no me reconocía, mentirle a Dora, engañarme a mí mismo, necesitaba hablar con alguien, el pobre Sergio tendría que oír toda mi desgraciada situación. Manejaba de camino a la oficina de Sergio y no lograba concentrarme en el camino, más de un conductor necesitó tocar la bocina. Al llegar al edificio donde funcionaba el bufete para el que trabajaba Sergio me lancé enseguida dentro del ascensor, rogando no encontrar a nadie conocido, no lograba concentrar una sola neurona en

