Esa tarde cuando la dejé de nuevo en su lugar de residencia me despedí de ella con un corto beso en su mejilla, como siempre, se quedó allí a recibir mi afecto, tímida, titubeante y de pocas palabras. Al llegar a la quinta de Tania tuve más ánimos de saludar al perro, porque el tener el aroma de Diana en mi mente me hacía de algún modo más feliz, y pese a que no era una fragancia costosa o reconocida, para mí el olor de su jabón de baño lo era todo, ese rastro que quedaba sutilmente impregnado en su pálida piel, extractos de avena, leche y almendras. El souvenir que me quedaba de los momentos junto a ella. Como cosa rara, esa tarde Jorge tampoco estaba en casa y recordé que debía comer nuevamente, ya que sólo había desayunado con Diana en un restauran

