Helada

1010 Words
Estaba helada. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que Liam había entrado al quirófano. No sabía si era de día o de noche. No sabía si respiraba con normalidad o si mi corazón seguía latiendo, porque en realidad no sentía nada. Solo ese vacío desgarrador, ese zumbido constante en mis oídos como si el mundo entero se hubiera sumergido bajo el agua. Me senté en la fría banca de la sala de espera. Las luces fluorescentes del hospital me lastimaban los ojos y el olor a desinfectante me revolvía el estómago. El vestido de novia que aún llevaba puesto estaba empapado de sangre. De la suya. De Liam. El blanco satinado se había vuelto rojo oscuro en el torso y la falda. Parecía una escena de horror, un mal sueño, uno del que rogaba despertar. Mis manos seguían temblando. Tenía los dedos fríos y las uñas clavadas en las palmas. La bata que me habían puesto encima era apenas un consuelo. La tela no podía calentar el alma cuando el alma estaba hecha pedazos. —¿Señora Ana Valtor? —me llamó una voz. Levanté lentamente la vista. Dos oficiales se acercaban. Sus rostros eran serios, demasiado serios para no romperme más. —Sí… soy yo —respondí con voz quebrada. —Sabemos que está en una situación muy difícil, pero necesitamos que nos responda algunas preguntas. Lo que ocurrió fue un atentado directo. Necesitamos su testimonio lo antes posible. Asentí. Como si pudiera hablar. Como si pudiera siquiera ordenar las ideas en mi cabeza. Uno de ellos sacó una libreta. El otro me observaba con una expresión que no lograba descifrar. —¿Puede decirnos exactamente qué vio cuando se escuchó el disparo? Tragué saliva. Me dolía el pecho. No estaba lista para revivirlo. Pero lo hice. Por él. —Estábamos en el altar… yo acababa de decir que sí… y él iba a responder… —respiré hondo, intentando contener las lágrimas— …cuando escuché el estruendo. Fue Amanda. Estaba en la entrada. Le disparó a Liam sin dudar. —¿La reconoció de inmediato? —Sí —dije, con los ojos fijos en el piso—. Amanda. La madre del supuesto hijo de mi ex esposo. No era la primera vez que intentaba destruir mi vida. Los oficiales se miraron entre ellos y anotaron algo más. —¿Tiene idea de cómo consiguió el arma? ¿Había recibido amenazas antes? —No. No de ella directamente. Pero… siempre ha estado obsesionada. Con mi ex esposo, conmigo… con destruirme. El más alto asintió con seriedad. —Gracias por su colaboración. Nos comunicaremos si necesitamos ampliar su declaración. Lo sentimos mucho. Asentí de nuevo. Automática. Robotizada. Ya no sabía si sentía algo. Solo estaba ahí, existiendo. Esperando. Cuando los oficiales se alejaron, mis ojos volvieron a clavarse en el pasillo que llevaba a los quirófanos. Por ahí se lo habían llevado. Por ahí no había regresado. —Señora Teis —me dijo una enfermera amablemente—. ¿Desea pasar a una habitación de reposo? Su presión bajó mucho y el doctor sugiere que… —No —corté de inmediato—. No hasta que me digan cómo está mi esposo. No me muevo de aquí. Ella asintió en silencio. Me dejó sola. No sé cuánto tiempo pasó. Quizá una hora. Tal vez tres. Perdí la noción del tiempo. Todo era una mancha borrosa de luces, pasos, llantos ajenos y anuncios por el altavoz. Hasta que escuché una voz. Una que me erizó la piel. —Ana… Levanté la cabeza, como un resorte. Y ahí estaba. Kendell. —¿Qué haces aquí? —pregunté con voz firme, aún desde la banca. —Me enteré… me dijeron lo de Liam. Vine porque… no podía quedarme sin saber si estabas bien. Se acercó, como si fuera bienvenido. Como si su presencia no encendiera una alarma en mi pecho. —¿Bien? ¿Estás hablando en serio? —me puse de pie, temblorosa—. ¿Tú crees que estoy bien? —Ana… no vine a discutir. Solo quería— —No me importa lo que querías. No es tu lugar. No estás en mi vida. No más. Él me miró con una mezcla de pena y rabia. Sus ojos se clavaron en mi vientre abultado, cubierto por el vestido manchado. Apretó los puños. —Ese niño… es mío, ¿verdad? —preguntó. —No —respondí sin vacilar aunque era mentira—. Es de Liam. Y si me disculpas, no quiero que estés aquí cuando reciba noticias sobre él. —Ana, por favor… tal vez si hubieras escuchado antes… si no me hubieras dejado— —¡No! —grité, tan fuerte que una enfermera volteó a mirar—. No tergiverses las cosas. Tú y Amanda destruyeron mi vida. ¡Y ahora ella quiso matarlo! ¿Y tú te apareces aquí a hacer de buen samaritano? Di un paso hacia él, el cuerpo temblando de rabia y desesperación. —Lárgate. Antes de que pierda por completo la poca calma que me queda. No eres bienvenido. Nunca más. Él bajó la mirada. Sabía que no tenía nada que hacer ahí. Se giró sin decir una palabra más. Lo vi marcharse por el mismo pasillo por el que yo deseaba ver regresar a Liam. Y entonces, como si el universo me respondiera, vi acercarse a un médico. Alto. Con bata blanca y rostro serio. Mis piernas casi fallan. Me sostuve de la pared. El corazón me golpeaba las costillas. —¿Es usted la esposa de Liam Teis? —preguntó con voz grave. —Sí… sí, soy yo —respondí apenas en un susurro. El médico respiró hondo. —Logramos estabilizarlo. Está vivo. Aún no fuera de peligro, pero… está vivo, su estado es critico si supera esta noche entonces sera una suerte. Me derrumbé. Literalmente. Me dejé caer al suelo y lloré. Lloré con una fuerza que me vació el alma, que me dobló el cuerpo sobre mi barriga. Liam estaba vivo. Y mientras respirara, yo también lo haría.
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