Cuando se separaron, el silencio que siguió fue ensordecedor. Los ecos del beso parecían rebotar contra las paredes de piedra del salón del trono, amplificando la magnitud de lo que acababa de suceder entre ellos. Tharso mantuvo sus brazos alrededor de Celeste por unos segundos más, como si soltarla fuera a romper algún hechizo que los había poseído. Pero la realidad comenzó a filtrarse en sus mentes como agua fría. El teniente Licano fue el primero en darse cuenta de la gravedad de sus acciones. Sus brazos se aflojaron poco a poco, permitiendo que ella se apartara si así lo deseaba. Sus ojos azules, que segundos antes habían estado oscurecidos por el deseo, ahora mostraban una confusión que rayaba en el pánico. Celeste retrocedió medio paso, llevando sus dedos temblorosos hacia sus labi

