El sonido profundo de un cuerno de guerra se escuchó por todo el campamento, entrando en las tiendas y edificaciones. Era el llamado al almuerzo, una tradición militar que había permanecido inalterada durante décadas. El toque largo y profundo se repetía tres veces, asegurando que cada soldado en servicio lo escuchara sin importar dónde estuviera. Desde las tiendas de los diferentes regimientos, comenzaron a emerger figuras que se movían con la disciplina de años de entrenamiento. Los Licanos salían en grupos organizados, algunos terminando de abrochar sus uniformes, otros ajustando las placas de identificación que colgaban de sus cuellos y algunos estirándose porque se habían acabado de levantar. Todo el ambiente de esas horas del mediodía se llenó del sonido de botas militares pisando l

