El agotamiento emocional había vencido a Celeste como una ola implacable. Después de horas de llanto silencioso en la soledad de su habitación, su cuerpo había sucumbido al sueño profundo que solo viene después de un momento muy doloroso y también del cansancio físico de la batalla con los Nocturnos la noche anterior. Ella yacía inmóvil sobre su cama, envuelta en la túnica de seda que se había adherido a su piel por las lágrimas que aún secaban en sus mejillas. Fue entonces cuando el sonido de voces alarmadas en el pasillo exterior penetró la quietud de su habitación. Las pisadas apresuradas se multiplicaron, acompañadas por el tintinear metálico de armaduras que se movían con urgencia. —¡Uno de los guardias jura que vio a alguien entrar por la ventana de la torre de la princesa hace h

