Sin perder ni un segundo más, Tharso se inclinó sobre Celeste, cubriéndola con su cuerpo imponente y musculoso como un escudo vivo, mientras ella sentía esa cercanía de él como un manto de calor y fuerza que la envolvía por completo. El lobo interior de Tharso, esa bestia primitiva que rugía en lo más profundo de su ser repetía una letanía incesante: Compañera, compañera. Era como un mantra que se filtraba en cada fibra de su ser, urgiéndolo a reclamarla, a marcarla como suya de una vez por todas. Pero Tharso se contenía, mordiéndose el labio inferior hasta casi sangrar, aferrándose a su autocontrol con la ferocidad de un Alfa que sabe que la paciencia hace que la recompensa sea aún más dulce. No quería apresurarse; esta era la primera vez de Celeste, y él juraba por todos los dioses antig

