—¿Cristine?— Llamó una hembra. Giré la cabeza pero no vi nada. Mi corazón latía tan fuerte contra mi pecho que pensé que los pájaros que se alejaban volando lo hacían porque los latidos de mi corazón los asustaban muchísimo. —¿Cristine?— Fue gentil, cauteloso y casi tranquilizador. Me di vuelta para ver a una mujer rubia fresa, más fresa que rubia, con ojos más verdes que azules, caminar hacia mí con un sencillo vestido azul claro. Mi respiración se entrecortó mientras las lágrimas se acumulaban en mis ojos. —¿Margarita? ¿Dios mío, Margaret?—jadeé un par de veces mientras ella me daba una suave sonrisa. -¿Estoy muerto? ¿Me morí?— gruñí. —No, no, no, cariño, estás bien—respondió rápidamente mientras caminaba hacia mí. Sacudí la cabeza mientras más lágrimas se acumulaban en las esquinas

