CAPITULO 16:

1287 Words
El suave y cálido rayo de sol que logró escurrirse a través a la ventana, beso la clara piel de Daphne en un saludo vespertino. Cuando sus oscuros ojos enfocaron la elegante habitación, notaron un claro detalle. Ella se encontraba de espaldas a Dorian, ya no lo abrazaba ella a él, en realidad eran los fuertes brazos del atractivo joven los que la rodeaban impidiéndole salir de la cama. Aquello hizo tensar a la muchacha por completo, quien no dormía en brazos de nadie desde… Daphne alejó el pensamiento por completo de su mente, lo último que necesitaba en aquel momento era darse lastima a sí misma por un "romance fallido". Cómo pudo, y sin hacer demasiado ruido, se giró entre los brazos de Dorian para observarlo de frente. Si tenía que estar entre sus brazos a la fuerza, al menos sacaría provecho y obtendría más información de él. Pero al enfrentarse por completo a su rostro, lo encontró despierto y lúcido observándola con aquellos profundos ojos color océano. Al instante, él retiró los brazos de su cuerpo al mismo tiempo que sus mejillas adquirían un tono rojizo. —Buenos días Daphne—dijo el apresurado. —¿Porqué me abrazabas?—interrogó ella evitando que el cambiara de tema. Dorian se medio sentó en la cama, pasó una mano por su cabello color noche y mordiendo su carnoso labio inferior, se atrevió a hablar.  —Anoche, luego de mi escena, tu te quedaste dormida primero y al cabo de unos minutos comenzaste a tener una fuerte pesadilla.—comenzó a decir, algo nervioso, sus mejillas ardiendo—No te quería despertar porque dicen que es malo, pero una vez leí que susurrarle a las personas en el oído mientras sufren una los ayuda a calmarse… se ve que me dormí mientras te abrazaba y susurraba—dijo finalmente él. Daphne lo observó durante largos segundos, admirando la clase de hombre que yacía a su lado. Con una suave sonrisa en su rostro, ella se incorporó e inclinó hacia Dorian, apoyando sus carnosos labios sobre su mejilla. El contacto fue rápido, pero dejó un rastro de calor a su paso; aún así ella levantó una mano y acarició su mejilla con dulzura, como borrando una marca invisible. —Gracias Dorian—susurró ella finalmente, antes de salir de la cama y comenzar a vestirse. Dorian la observó durante unos segundos antes de volver a hablar. —¿Enzo es el nombre de tu ex?—preguntó Dorian con cautela, saliendo el mismo de la cama y dirigiéndose al vestidor. Aquel nombre género una reacción en el cuerpo de Daphne, haciendo que sus músculos se tensaran y le devolviera una mirada cargada de pánico. —¿De dónde sacaste ese nombre?—logró murmurar ella, su garganta secándose. —Tu lo dijiste varias veces en medio de la pesadilla—contestó él, terminando de abotonar su camisa color hueso. Cuando ella no contestó, se atrevió a seguir—Al parecer no soy el único a quien atormentan en sueños. Las palabras cargadas de humor que Dorian intentaba transmitir a Daphne murieron al ver sus ojos cargados de pena y tristeza. Al instante el se odió por haberlo mencionado, e incluso quiso saber quién era aquel idiota para ir a gritarle en su rostro por haber lastimado a Daphne. —Tu no sabes nada Dorian, no tenía una pesadilla anoche, solo revivía un recuerdo—contestó ella con la mirada perdida durante unos instantes, antes de notar la vestimenta de él—Estás muy guapo ¿A dónde vamos hoy? Tantas cosas, Daphne había atravesado su propio infierno personal, y sin embargo ahí estaba bromeando, coqueteando e intentando salir de aquel pozo miserable dónde ese tal Enzo la había dejado. —Tu no irás a ningún lado, yo iré a trabajar—contestó Dorian terminando de lidiar con la corbata y caminando fuera del cuarto, Daphne siguiéndolo de cerca. —¿Acaso tienes miedo de que las mujeres de tu empresa se pongan celosas?—ronroneó ella a sus espaldas. Dorian se dio la vuelta en el momento preciso para encontrarla haciendo morisquetas a sus espaldas. A veces una niña jovial y feliz, alegre y carismática; otras era una mujer hermosa y fuerte, inteligente y calculadora. Daphne podía ser el cielo o el mismísimo infierno, según ella quisiera. —Tengo miedo que cautives a todos los hombres de la oficina y ninguno trabaje de forma productiva—contestó él tomando una manzana del centro de la mesa color noche, donde una fuente repleta de frutas reposaba. —Eres un aburrido—contestó Daphne estirando su mano de forma veloz y arrebatando la manzana de sus manos. Dorian hizo una mueca y volteo hacia la fuente en busca de otra manzana roja, pero aquella era la última. —Esa es mi manzana—dijo el entrecerrado los ojos y exponiendo una mano, dando énfasis para que ella se la devolviera. —Corrección guapo, era tu manzana—ronroneó en respuesta Daphne mordiendo un extremo de esta. —Conque así serán las cosas—contestó él, una sonrisa lupina apareciendo en sus labios. Dorian se abalanzó hacia Daphne, ella logró darse la vuelta, preparada para salir corriendo; pero los fuertes brazos de él la rodearon impidiendo su escape. —¡Dorian bájame!—comenzó a chillar ella revolviendo su cuerpo en todas direcciones para soltarse de su agarre. —No Daph, tú lo quisiste así—dijo él, al tiempo que comenzaba a llenarla de cosquillas. Daphne se sacudió y retorció entre sus brazos, al mismo tiempo que era invadida por un ataque de risas contagiosas, a las cuales él no pudo evitar unirse. —¡¿Qué ocurre aquí?!—exclamó Margarita de pie en la entrada opuesta del comedor. En su rostro se dibujaba la alegría mezclada con la confusión, mientras observaba a Daphne. —Así que tú eres ella—agregó la mujer de pie en la entrada, al tiempo que la sonrisa se ensanchaba en su rostro—Hola encanto, mi nombre es Margarita—dijo la mujer de edad avanzada al tiempo que se acercaba a ellos. Al instante los dos chicos, que parecían más un par de adolescentes que adultos llegando a sus treinta, se separaron, sus mejillas adquiriendo un tono rojizo. —Hola, mi nombre es...—comenzó a contestar Daphne, pero la mujer la calló de forma repentina. —Ya sé quién eres Daphne, tu querida serás nuestra salvación—murmuró la mujer estrechandola en un feroz abrazo. Daphne comenzó a reír sin comprender por completo a qué se refería aquella amable mujer que parecía emanar amor. —Joven Dorian, ¿Acaso no debe ir a la oficina hoy?—preguntó Margarita con una sonrisa sutil en su rostro. —Si no te conociera bien, Marga, diría que me estás echando de mi propia departamento—ronroneó Dorian tomando una naranja de la fuente de frutas. —Solo quiero estar a solas con Daphen, tu acaparaste su atención desde que llegó, la pobre debe estar cansada y necesita desahogarse—contestó la sabia mujer guiñando un ojo en dirección a Daphne. Ella por su lado se lo devolvió, acompañado de una suave sonrisa lobuna.  —En resúmen—comenzó a decir él—quieren que me marche para quejarse de mí. Daphne y Margarita se limitaron a regalarle una sonrisa en respuesta, la cual hizo suspirar a Dorian. Sin más remedio, tomó su portafolio y salió del departamento murmurando por lo bajo. —Es increíble que un par de mujeres me corran de mi propio departamento—murmuró él, sin embargo no hacía enojo ni reproche en su tono. Más bien cálida alegría.
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