Voces bajo la sombra

1122 Words
La noche en el mundo subterráneo era distinta. No había estrellas, ni luna, ni cielos cambiantes. Solo el fulgor pálido de los cristales ígneos que recorrían las bóvedas, y el susurro eterno de un poder antiguo que parecía emanar del mismo suelo. El sol de este mundo irradiaba magenta sobre las torres, y de noche, una oscuridad qué envolvia todo. En el ala occidental del palacio, muy lejos de las cámaras reales, Virelya esperaba. El vestido de cuero n***o que vestía marcaba su figura con fiereza, como si fuese una serpiente lista para atacar. Las joyas doradas en su cuello temblaban al compás de su respiración tensa. Frente a ella, arrodillado, el espía de su familia mantenía la cabeza baja, cubierto por una capa oscura que ocultaba incluso su aroma. —Irán sin guardia real, solo el general Elros viajará con él —murmuró ella, afilando sus palabras como cuchillos—. El mundo humano es una extensión ridícula de debilidad. Si lo sigues lo suficiente, encontrarás al omega. No me importa cuánto tarde. Solo quiero que sufra. El espía no respondió, pero sus ojos brillaban con comprensión absoluta. Era uno de los mejores, criado entre traidores, entrenado para moverse en silencio y matar sin dejar huella. —No lo toques si no puedes matarlo de una vez—añadió, conteniendo la rabia con una sonrisa torcida—. Solo obsérvalo. Infíltrate en su vida. Averigua quién es. Quién lo protege. Qué come, qué sueña. Y cuando estés listo… me lo traerás o lo matas en el acto. Se acercó al espía, y apoyó una uña larga en su mandíbula. —No quiero que muera sin sufrir. Quiero que Saevan lo vea caer. Que pierda lo único que ama. Y cuando vuelva a mí… sabrá que no hay amor que resista el tiempo. El espía asintió en silencio, y Virelya se giró con arrogancia, su capa roja arrastrándose sobre el mármol pulido como una sombra venenosa. —Ve. Antes de que el Rey ordene cerrar los portales, solo Saevan puede moverse libremente entre mundos. Y el espía desapareció como un parpadeo entre las sombras. --- En las cámaras altas del palacio, el silencio reinaba. Saevan terminaba de verificar los sellos reales junto a Elros, mientras las últimas provisiones eran embaladas. El portal se abriría al amanecer, cruzando el velo que separaba los mundos. Pero antes de marcharse, su padre lo llamó. El Rey esperaba junto a una de las columnas del salón de guerra. Alto, envejecido con dignidad, los ojos grises encendidos con fuego sereno. No llevaba corona, solo un manto sencillo, como cuando hablaban en privado. —Hijo —dijo con gravedad—. Ven. Saevan obedeció. Por primera vez en años, su corazón no ardía por la guerra ni por el poder. Ardía por una promesa. Por un lazo que jamás se rompió. —Quiero hablarte antes de que marches. Ya has oído del Consejo. —Han aceptado el viaje. No se oponen —contestó Saevan, directo. El Rey asintió. —No. Pero no por lo que crees. Hizo una pausa. Se acercó, poniéndole una mano en el hombro. —No temen al vínculo, ni al omega. Lo que temen… es a Virelya. Saevan frunció el ceño. —¿Qué ha hecho?¿Qué puede hacer un demonio de baja categoría como ella? —Aún nada. Pero las señales son claras. El consejo ha recibido rumores. Ella y su padre mueven piezas. Es probable que planeen dañar al humano, o usarlo como herramienta política. Saevan apretó los puños. Su energía ancestral se agitó en la piel. —Si le tocan un solo cabello… —No lo harán —interrumpió el Rey, con voz firme—. No mientras yo esté sentado en ese trono. Pero debes tener cuidado, hijo. No te marchas a un campo de batalla predecible. Te marchas al corazón de un mundo que no conoce nuestras reglas, tu has estado ahí, protegido del mundo por ese omega, un refugio seguro en tu tiempo con los mortales. Saevan lo miró en silencio. El Rey inspiró hondo, como si lo que iba a decir le pesara. —Muchos esperaban que tú y Virelya formaran un lazo. Ella lo esperaba. Su familia lo exigía. Pero tú elegiste un camino distinto, y comprendo completamente si las cosas son como el consejo dice. —Elegí el único camino que me hace respirar, no quiero forzar algo que solo traerá u na vida de desgaste —respondió Saevan, la voz firme—. Lo amé antes de saber su nombre. Lo soñé antes de conocer su rostro. Cuando lo encontré, ya era parte de mí. No puedo ir en contra de eso. El Rey lo miró con orgullo y un atisbo de dolor. —Lo sé. Y no te condeno por ello. Te apoyo. No por debilidad, sino porque he visto lo que ocurre cuando un gobernante ama de verdad. Un rey que conoce el amor es un rey que conoce la justicia. Que protege con el alma y es justo, debemos tener ese equilibrio y lo sabes, el equilibrio en los diferentes mundos es necesario. Se giró y caminó hacia el mapa colgado en la pared. Las líneas del Inframundo, el mundo humano y los caminos antiguos se cruzaban en símbolos arcanos. —Pero debes entender algo, Saevan. Los humanos son breves. Viven tan rápido como arden. Puedes amarlo… pero él morirá mucho antes que tú. Un silencio cayó como plomo. —¿Estás dispuesto a sufrir esa pérdida? ¿A reinar con la mitad de tu alma ausente durante siglos? Saevan respondió sin titubeos. —Estoy dispuesto a vivir cien vidas amándolo, aunque solo una me lo permita. El Rey cerró los ojos por un segundo, como si esa frase tocara algo que había querido oír toda su vida. —Entonces ve. Encuéntralo. Tráelo si él lo permite. Pero no bajes la guardia. Protege lo que amas… de enemigos y de aliados por igual. Saevan se inclinó ante su padre por última vez. —Gracias por no intentar arrancarme el corazón —susurró. —Ya te lo arrancó ese humano, ¿no? —respondió el Rey, con una sonrisa triste. Ambos se despidieron en silencio. El amanecer en el Inframundo no tenía luz. Pero Saevan y Elros cruzaron el portal en cuanto las runas brillaron. Virelya, desde lo alto de una torre, los vio desaparecer con rabia muda. No sabía que, en ese instante, el Rey ya había convocado al Consejo para recibir pruebas contra su familia. Era un trabajo arduo y probablemente largo. Y en otro rincón del universo, Theo abría su cuaderno con una taza de café en mano, sin sospechar que su mundo estaba a punto de cambiar.
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