El miércoles amaneció más frío de lo que esperaba, y al salir de casa, no pude evitar revisar una vez más mi reflejo en el espejo. Mi cabello estaba recogido con cuidado, el maquillaje discreto, pero había algo en mi mirada que revelaba la mezcla de ansiedad y anticipación que sentía. Hoy tenía que enfrentar otra reunión con él, y el recuerdo de los últimos días me mantenía inquieta.
Al entrar al edificio corporativo, la atmósfera parecía más intensa de lo habitual. No era solo la presión del trabajo; era la sensación de que cada paso que daba me acercaba a un hombre que, sin proponérselo, había empezado a controlar mis pensamientos.
Mi primer encuentro fue con su asistente, quien me entregó un informe urgente que debía presentar de inmediato. Mientras lo revisaba, noté un mensaje breve y conciso: “Entra directo a mi oficina. CEO”. Mi corazón se aceleró y un hormigueo recorrió mi espalda. Sabía que esto no sería simplemente una reunión rutinaria.
Al subir, encontré la puerta de su oficina entreabierta. Un suave resplandor iluminaba el interior, y él estaba allí, de pie, con la mirada fija en un documento. Al percatarse de mi presencia, levantó la vista lentamente. Su expresión era impenetrable, y por un instante, tuve la sensación de que estaba evaluando cada pensamiento mío.
—Pasa —dijo, y su voz, aunque calmada, tenía un tono que hacía que cada músculo de mi cuerpo se tensara.
Caminé hacia él, intentando mantener la postura firme, aunque mi corazón latía desbocado. Su oficina era impresionante: ventanales enormes con la ciudad de fondo, mobiliario elegante y un orden casi obsesivo que reflejaba su personalidad.
—Tienes que revisar este informe antes de la reunión con los inversores —dijo, extendiéndome los papeles—. Cada detalle es importante, y no acepto errores.
Asentí, tomando los documentos con cuidado. Mientras los examinaba, sentí su mirada sobre mí, tan penetrante que parecía leer cada pensamiento. Era desconcertante y, al mismo tiempo, extrañamente excitante.
—Te observo mucho más de lo que crees —murmuró—. Y cada movimiento tuyo cuenta.
Mi respiración se aceleró. No estaba segura de si hablaba del trabajo o de algo más personal. El roce accidental de sus dedos al entregarme un papel hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo, y su mirada intensa me dejó sin aliento.
Me retiré unos pasos para organizar mis pensamientos y revisar los informes, pero no podía concentrarme. Todo lo que sentía era una mezcla de nerviosismo, deseo y miedo que no sabía cómo manejar.
La puerta se cerró suavemente detrás de mí, dejándome sola con la sensación de que algo estaba cambiando, y que este juego de poder y seducción apenas comenzaba.
Mientras revisaba los documentos, sentí de nuevo esa presencia que me seguía desde que entré a su oficina. Cada vez que levantaba la vista, podía sentir sus ojos observándome, calculando mis movimientos, evaluando cada reacción. Era desconcertante, y al mismo tiempo, imposible de ignorar.
—¿Te estás concentrando? —preguntó, acercándose un paso más, su voz baja y suave pero cargada de intensidad.
Asentí, aunque mi garganta se secó. Su proximidad hacía que la concentración se me escapara con facilidad. Podía sentir su aroma, mezcla de madera y especias, y un calor inesperado se extendía por mi cuerpo. No podía negar que algo dentro de mí reaccionaba a cada gesto suyo.
Se inclinó ligeramente sobre el escritorio, sus manos apoyadas a ambos lados de los documentos, bloqueando mi espacio y dejándome atrapada entre él y la pared de ventanales. Mi corazón latía con fuerza, y un calor intenso subió por mis mejillas.
—Debes entender algo —murmuró, su mirada penetrante fija en la mía—. No es solo trabajo lo que te estoy pidiendo. Este proyecto… y cada acción que tomes, puede acercarte o alejarte de lo que realmente quieres.
Mi respiración se volvió irregular. No estaba segura si hablaba de la empresa, de los inversores, o de nosotros. Había un filo de peligro en sus palabras que me mantenía alerta, y un magnetismo que me empujaba hacia él.
Sin poder evitarlo, me incliné ligeramente hacia adelante para revisar un detalle del informe. Su mano rozó la mía accidentalmente, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era un contacto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que mis sentidos se dispararan.
—Cuidado —susurró, con una media sonrisa que hacía que mi corazón se acelerara aún más—. Cada movimiento importa.
Me incorporé rápidamente, tratando de recomponerme, pero sentía que él estaba jugando con algo más profundo que el trabajo. Había una tensión entre nosotros que no podía ignorar, una corriente invisible que nos conectaba de manera peligrosa.
Finalmente, me retiré hacia la puerta, intentando recuperar mi aire y mi compostura. Antes de que pudiera salir, se inclinó un poco hacia mí y dijo con suavidad, pero con firmeza:
—Recuerda, esto apenas comienza. No hay marcha atrás.
Salí de su oficina con el corazón desbocado y las piernas temblorosas. Cada paso que daba me recordaba que estaba atrapada en un juego de poder y deseo, uno que no podía controlar, y que posiblemente no quería hacerlo. Su influencia sobre mí era más fuerte de lo que podía admitir.
Al llegar a mi escritorio, me senté, tratando de ordenar mis pensamientos. Sabía que este proyecto y cada interacción con él serían un desafío constante, pero también algo mucho más personal que comenzaba a despertar dentro de mí. No era solo admiración profesional; era algo que no podía explicar completamente, pero que me mantenía alerta y curiosa a la vez.
Y mientras observaba el edificio desde la ventana de mi oficina, una sola idea se apoderó de mi mente: este CEO no solo controla la empresa… está empezando a controlar también mi corazón y cada uno de mis pensamientos.
Cliffhanger final:
Y entonces, mientras me preparaba para la siguiente reunión, un mensaje inesperado apareció en mi computadora: “Nos vemos después de la oficina. Solo tú y yo. CEO.” Mi pulso se aceleró, y supe con certeza que mi vida y mi corazón estaban a punto de cambiar… para siempre.