Culpa

2241 Words
La oscuridad del cuarto era pesada, densa, como una manta que envolvía todo. La respiración de Fernanda llenaba el silencio con un ritmo profundo y regular. Dormía. Por fin dormía. Me quedé en las cobijas, en mi forma de espada, sintiendo el peso de mi propio filo contra el colchón. —¿Fernanda? —pregunté en voz baja. No respondió. —¿Maribel? Tampoco. La mocosa fantasma seguía flotando junto a la cama, pero sus ojos estaban cerrados, su máscara colocada sobre el pecho, su rostro pálido e inmóvil. No sé si los espíritus pueden dormir, pero ella estaba en algún lugar al que no podía alcanzarla. Me quedé sola. El cansancio comenzó a filtrarse en mí como agua en una g****a. No era un cansancio físico —ya no tenía cuerpo para eso— sino algo más profundo. Un desgaste que llevaba años acumulándose y que esta noche había alcanzado un límite. Debo volver a mi forma de muñeca, pensé. Es mejor para mi energía. Pero no me moví de inmediato. Había algo en ese cuarto, en esa cama llena de peluches, en esa niña que dormía como si hubiera corrido toda su vida, que me mantenía quieta. Como si convertirme de nuevo en una simple muñeca de trapo fuera un paso que no estaba lista para dar. Finalmente, cerré los ojos —metafóricamente, porque no tengo párpados— y dejé que mi forma se deshiciera. La espada se desvaneció. El filo, la empuñadura, el peso metálico que se había sostenido con la voluntad de Fernanda durante la pelea... todo se disolvió en un suspiro de luz tenue. Y entonces fui muñeca otra vez. La transición siempre era extraña. Como pasar de ser un río a ser una piedra. La espada era movimiento, filo, propósito. La muñeca era quietud, espera, observación. Pero esta vez había algo distinto. Algo que no recordaba de los cinco años que pasé en el estante de la secundaria. Un temblor. No en el mundo exterior —las cobijas estaban quietas, los peluches no se movían, las cortinas translúcidas colgaban inmóviles— sino dentro de mí. Como si mi propia energía espiritual estuviera vibrando, ajustándose, recordando algo que había olvidado. Se sentía como cuando estaba dentro de la mochila de Fernanda, en esos primeros días, cuando sus pasos me zarandeaban. Pero también se sentía como un terremoto. Lejano, amortiguado, pero inconfundible. Como si algo estuviera moviéndose en las profundidades de lo que yo era. Es el cansancio, pensé. Llevo cinco años sin gastar energía. Esto es solo mi cuerpo recordando lo que es estar vacía. Me dejé caer entre los peluches. Un conejo de felpa me recibió con sus brazos de tela. Un osito pardo me hizo espacio a su lado. Por un momento, fui solo una más entre ellos. Una muñeca de trapo entre ositos de peluche. Y fue entonces que lo vi. Al fondo, junto a la cabecera de la cama, entre un unicornio descolorido y una jirafa con una oreja descosida, había otra muñeca de trapo. Sucia. Descuidad. El vestido rojo que alguna vez llevaba estaba manchado de algo que parecía tierra o polvo antiguo. Su brazo izquierdo colgaba apenas, sostenido por un hilo suelto que amenazaba con romperse. Su cabello de estambre estaba enmarañado, lleno de nudos imposibles. Pero la reconocí. —¿Carmen? La palabra salió de mí antes de que pudiera pensarla. Un nombre que no pronunciaba desde hacía cinco años. La muñeca no se movió. Por un segundo, pensé que había sido mi imaginación, que el cansancio me estaba jugando una mala pasada. Entonces sus ojos se abrieron. Eran dos botones negros, igual que los míos. Y en ellos había una luz que conocía demasiado bien. —Adelita —dijo Carmen, y su voz era la misma que recordaba. Un acento español que arrastraba las erres y redondeaba las aes. Como el eco de un lugar que ya no existía—. Por fin despiertas. Me incorporé entre los peluches. Mis brazos de trapo temblaban mientras me arrastraba hacia ella. —¿Carmen? —repetí, como si decir su nombre pudiera hacerla más real—. ¿Eres tú? ¿Cómo... cómo es posible? —Las mismas preguntas de siempre —dijo Carmen, y en su voz había una risa cansada, antigua—. ¿Cómo es posible que estemos aquí? ¿Cómo es posible que estemos así? Cinco años en ese estante y aún no aprendes. La abracé. O intenté hacerlo. Mis brazos rodearon su cuerpo pequeño, sintiendo la tela áspera de su vestido, el relleno desigual de su vientre, el hilo suelto de su brazo que crujía con el movimiento. Carmen no se apartó. —Cinco años —dijo contra mi hombro de trapo—. Cinco años viéndote ahí, muda, quieta, como si no quisieras saber que estaba a tu lado. —¿Estabas a mi lado? —Siempre. En el estante. Cuando la chica de la falda escocesa te miraba. Cuando la de los lentes te limpiaba el polvo. Cuando la pálida —Carmen hizo una pausa, y sentí cómo su cuerpo se tensaba apenas— cuando la pálida te llevó a su casa. Me separé de ella para mirarla a los ojos. Sus botones negros me devolvieron mi propio reflejo distorsionado. —¿Lo viste todo? —Todo —respondió Carmen—. A Fernanda. A Mel. A Maribel. A la de la Rose. Todo. —Entonces sabes... —Sé lo que vi. Y lo que vi es que esa niña —Carmen señaló con un movimiento de cabeza hacia Fernanda, que seguía durmiendo profundamente— tiene en la nuca una marca que no debería tener. Una estrella. El cuarto se hizo más silencioso. Más pesado. —¿También viste eso? —pregunté en voz baja. —Lo vi en el paseo en bicicleta. El viento le movió el cabello. Y ahí estaba. Igual que... No terminó la frase. Ambas sabíamos cómo terminaba. Nos quedamos en silencio, sentadas entre los peluches, mientras la luz de la luna se filtraba por las cortinas translúcidas y dibujaba sombras en las paredes vacías. —Esa criatura —dijo Carmen al rato. Se había sentado a mi lado, con las piernas de trapo cruzadas, el brazo derecho apoyado en la cama mientras el izquierdo colgaba inútil. Hablaba con ese acento español que hacía que hasta las palabras más simples sonaran a poesía. —El "ente" —continuó, y sus dedos de tela jugueteaban con un hilo suelto de su falda. Hizo una pausa, como si saboreara la palabra—. ¿Te gustaría llamarlo Leño? Sonreí. Carmen siempre había tenido esa manía de poner nombres a las cosas. En el estante de la secundaria, había bautizado a cada fantasma que pasaba: el Susurrador, la Dama de los Dedos Largos, el Niño que Nunca Crece. —¿Leño? —repetí—. Me gusta. —Es más apropiado que "ente". Más... cercano. La madera tiene memoria. Y ese Leño, hermana, tiene mucha memoria. —¿Qué quieres decir? Carmen me miró. Sus botones negros reflejaban la luna, y por un instante parecieron más vivos que nunca. —Alguien lo controla —dedujo, y su voz era ahora más grave, más seria—. No actúa por instinto. No es como los feos, que vagan sin rumbo hasta que alguien los devora. Él esperaba. Cazaba. Y cuando sonó esa campana... —Se fue —completé. —Se fue porque lo llamaron. Porque alguien tocó esa campana para que él se fuera. —Es verdad —dije, y la imagen de la campana resonando en el cementerio volvió a mí—. Esas campanadas... alguien lo llamaba. Alguien lo dirigía. Carmen asintió lentamente. Sus dedos dejaron de jugar con el hilo suelto. —No es natural —dijo—. Esa conexión. Esa... dependencia. Se parece mucho a ti. La palabra cayó entre nosotras como una piedra en un estanque. Las ondas se expandieron, tocaron cada rincón del cuarto, se llevaron el silencio con ellas. —¿A qué te refieres? —pregunté, aunque ya lo sabía. Carmen me miró. Y en sus ojos de botón había algo que no había visto en años: miedo. —A que tú también eres un arma, Adelita. A que alguien te diseñó. Y esa cosa de madera... es como tú. Un instrumento. Una herramienta. Algo que alguien maneja. Mi mente se llenó de imágenes. El cuerpo de madera que se reconstruía solo. Los golpes que no tenían técnica pero tenían propósito. La forma en que ignoraba a Maribel para concentrarse en Fernanda. En nosotras. —Te pareces —insistió Carmen. Quise negarlo. Quise decirle que estaba equivocada, que yo era distinta, que mi filo respondía a la voluntad de quien me sostenía, que no había nada en mí que se pareciera a ese monstruo de madera. Pero Carmen tenía razón. Lo sentía en los hilos que me sostenían, en el relleno de mi cuerpo, en la energía que aún vibraba en mi interior después de la pelea. Nos parecíamos. Y si nos parecíamos... —Fernanda —susurré. Carmen asintió. —Ese cuerpo —dijo—, el cuerpo que tienes ahora, el titinetl, te lo dio el dios Quetzalcóatl de tu mundo. La forma de espada. La forma de muñeca. Todo. Él te diseñó. —¿Estás diciendo que...? —No estoy diciendo nada. Solo pregunto —Carmen me tomó la mano con la suya derecha, la que aún funcionaba. Sus dedos de trapo se enredaron en los míos—: si Quetzalcóatl te hizo a ti, si él puede controlarte desde lejos, si él puede llamarte con una campana... No terminó la frase. No hacía falta. Ambas miramos a Fernanda, que seguía durmiendo entre los peluches. Su pecho subía y bajaba con una calma que no sentía desde hacía años. Su nuca estaba cubierta por el cabello revuelto. Pero yo sabía lo que había debajo. La estrella. La marca que yo había visto antes. En la nuca de Carlos. El hijo de Quetzalcóatl. Y ahora en la nuca de ella. —¿Y si él la está usando? —preguntó Carmen en voz baja—. ¿Y si todo esto es parte de algo más grande? ¿Y si esa criatura no vino por nosotros, sino por ella? El cuarto seguía en silencio. La luna seguía filtrándose por las cortinas. Fernanda seguía durmiendo. Pero todo se había vuelto distinto. —No lo sé —respondí—. Pero voy a averiguarlo. Carmen apretó mi mano. —Pues entonces, hermana —dijo, y en su voz había un eco de aquella niña que fui, de aquella vida que perdí, de todo lo que dejamos atrás—, será mejor que despiertes. Porque Leño se llevó algo importante. Me quedé entre los peluches, con la mano de Carmen en la mía, con Fernanda durmiendo a mi lado, con Maribel flotando en algún lugar entre el sueño y la muerte. Y en mi interior, el temblor seguía. Como un terremoto lejano. Como esa campana que escuchamos en el cementerio. Como un sonido que aún no dejaba de vibrar. Doy un suspiro para calmarme y volteo a ver la luna, buscando paz, calma. —Carmen —susurro. No responde. —¿Carmen? El silencio se vuelve denso, espeso, como el polvo del estante en la secundaria. Busco entre los peluches con las manos de trapo que apenas siento. Un osito. Un conejo. Una jirafa con una oreja descosida. Ninguna es ella. —¿Dónde estás? Mi voz se quiebra. No sé cuándo fue la última vez que lloré. Tal vez nunca, en este cuerpo. Pero ahora siento algo humedecerse en mi interior, algo que no tiene lágrimas pero llora igual. —¿Por qué no me acompañaste? El grito sale de mí antes de que pueda contenerlo. Es agudo, roto, como el chirrido de una puerta que se abre después de años cerrada. —¡¿DÓNDE ESTÁS?! Las cobijas se mueven a mi lado. Fernanda se incorpora de golpe, con los ojos aún cerrados, las manos buscando a tientas. Su respiración es un resuello de quien fue arrancada de un sueño profundo. —¿Qué... qué pasa? —su voz es ronca, apenas un hilo—. ¿Adelita? Maribel aparece de la nada. Pero esta vez no flota con su arrogancia habitual. Está quieta. Inmóvil. Como si acabara de salir de algún lugar muy profundo y aún no supiera cómo regresar. —¡Carmen! —grito otra vez, y no me reconozco. No reconozco este dolor que me parte en dos, que me vacía, que me deja hueca como una muñeca sin relleno—. ¡¿Por qué no viniste conmigo?! Fernanda me encuentra entre los peluches. Sus manos son torpes, aún medio dormidas, pero me levantan con cuidado, con esa forma que tiene ella de tocar las cosas frágiles. —Adelita —dice, y ahora sí me mira. Sus ojos están abiertos, confundidos, asustados—. Adelita, ¿qué te pasa? ¿Quién es Carmen? No puedo responder. No porque no quiera. Porque no hay palabras para esto. Para la pérdida que acabo de recordar. Para la herida que creía cerrada y que ahora sangra de nuevo. Fernanda no insiste. Sencillamente me abraza. Su pecho es cálido. Su corazón late contra mi mejilla de trapo. Y por un momento, solo un momento, el dolor se vuelve más pequeño. "Solo fue un sueño"
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