Tocaban la puerta con suma delicadeza, con una suavidad que haría creer a cualquiera que lo que estaba detrás no representaba amenaza alguna. Pero era difícil mantener esa ilusión al ver la cara de Fernanda: demostraba un miedo cercano al pánico, mientras que Maribel se quejaba en voz baja, reprochándole por qué había corrido directamente a su casa.
—¿Estás loca? Pudiste haberla perdido dentro de una multitud, pudiste haber entrado a una tienda, pero no, la guiaste directamente hasta tu casa. Ella nunca se irá de aquí —la voz de Maribel no era escuchada por otras personas aparte de mí y Fernanda.
Fernanda, aún con la boca tapada, no hacía nada más que bloquear la puerta con su endeble cuerpo, como si intentara sostener un muro que amenazara con derrumbarse.
—Fer, ábreme —ordenó una voz del otro lado de la puerta después de otro toquido tranquilo. Pero Fernanda permanecía con la espalda contra la puerta, como si temiera que esta pudiera caerse sobre ella.
—Fer, ábreme —se escuchó de nuevo. Era una voz tranquila, femenina. Era claro, yo ya la había escuchado antes: era Mel.
—Fer, veo tu sombra por debajo de la puerta —dijo Mel. Se escuchaba muy tranquila, terriblemente tranquila.
Fernanda se destapó la boca, como si de repente una idea hubiese llegado a su mente. Tomó un poco de aire y respondió:
—No puedo, tengo prohibido abrirle a extraños cuando estoy sola...
—¿Qué diablos crees que haces? —le dije cuando escuché su estúpida idea.
—¿Qué pasa? No creo que sepa que estoy mintiendo —me dijo la torpe chica, sin entender que mentir no era el problema.
Y fue entonces, en ese momento, que pasó.
Mel empezó a golpear la puerta haciendo un gran escándalo, desesperada. Su tranquilidad había desaparecido por completo. Gritaba "¡Ábreme la puerta, Fer!" con todas sus fuerzas, y los golpes retumbaban en la madera como si quisiera derribarla a puñetazos.
—Genial, ahora ella no se irá —le dije a Fernanda, ya sin miedo de que fuese escuchada. El escándalo de Mel me cubría.
—¿Pero por qué?
—Le gritaste que estás sola. Sus toquidos, al principio, solo mostraron que estaba siendo cautelosa. Si me hubieses dicho, yo habría hecho algo al respecto —regañé a Fernanda. Esperaba que empezara a llorar, que el peso de su error la aplastara.
—Déjala entrar —mencionó Maribel. Se mostraba más tranquila, y en verdad parecía que tenía un plan.
—Pero en verdad no quiero dejarla entrar —dijo Fernanda, con la voz quebrada.
—Te haré más fuerte —dijo Maribel, como si de un plan que solo Fernanda y ella entendieran se tratara.
—¿Me ayudarás? ¿Usarás influencia?
—¿Qué es eso de influencia? —pregunté con algo de inquietud. El término me resultaba completamente ajeno.
—Es una habilidad que posee Maribel para transferirme un poco de su valentía —Fernanda mencionaba con mucho ánimo, aunque sus ojos seguían vidriosos por el miedo.
Nunca antes había escuchado algo así. Transferir valentía, es decir, una emoción. ¿Acaso eso era posible? ¿Se podía pasar el coraje de un cuerpo a otro como quien pasa una taza de té?
—Bien, estoy lista —le dijo Fernanda a Maribel. Levantó las manos y esperó a que ella hiciera algo.
Yo me les quedé viendo, esperando ver cómo era el proceso. Quizás un aura, quizás palabras mágicas, quizás un ritual. Pero Maribel, lo único que hizo, fue posicionarse detrás de Fernanda, a su espalda. Cerró los ojos y colocó sus manos sobre los hombros de Fernanda, como una entrenadora antes de una batalla.
Después de unos segundos, Maribel alzó la mano y la miró. Enseguida, Fernanda hizo lo mismo. Era como si estuviesen conectadas, algo similar a lo que pasaba con los jefes de grupo, esa sincronía inexplicable que surge entre dos personas que confían plenamente la una en la otra.
—Sí, creo que estoy lista —dijo Fernanda con una voz más firme. E igual Maribel asintió, como un reflejo. Era curioso, era como si estuviesen conectadas. ¿A esto se referían con su influencia?
—Aléjate, muñeca de trapo. No quiero que ella te vea —Fernanda, esa era la personalidad de Maribel. Su voz, sus gestos, su actitud. Pero saliendo del cuerpo de Fernanda.
No le estaba prestando atención a eso. Fernanda era poseída por Maribel. O más bien, compartían el mismo espacio por un momento.
Fernanda tocó la perilla y abrió la puerta. Justo ahí estaba Mel, inquieta, impaciente por entrar. Tanta era su urgencia que ni siquiera dejó a Fernanda decir una sola palabra. Mel entró a la casa y dio una rápida vuelta, corroborando que estuviesen solas, que no hubiera testigos, que no hubiera escape.
—Escúchame, Helena —dijo Fernanda en cuanto cerró la puerta. Su voz sonaba extraña, prestada—. Tienes que empezar a dejarme en paz, ¿entiendes?...
La voz de Fernanda era clara, pero no era ella. Sin embargo, poco importó lo que tenía que decir, cuando Mel la tomó por los hombros y la atrajo hacia sí para robarle un beso.
Una verdadera lástima, la verdad. Si tan solo me hubieran consultado un poco, les hubiese dicho que no se puede razonar con una persona como Mel. Las palabras no funcionan con quien solo entiende el lenguaje de la aprehensión.
Maribel deshizo su extraña posesión, dejando a Fernanda sola y vulnerable a merced de Mel. Aunque, para ser sincera, no vi que Fernanda pusiera mucha resistencia. Es como si lo esperara. En cuanto Maribel cesó eso llamado influencia, Fernanda no lo pensó dos veces y también la abrazó, emparejándolas en un beso tan apasionado como vergonzoso.
Maribel estaba que no se lo podía creer. Se quitó la máscara —su rostro era una mezcla de incredulidad y traición— y empezó a t*****e los labios, como si hubiera sentido algo que no debía. Estaba en shock.
Su beso siguió por casi un minuto completo. Y cuando no hubo más cara que lamer —porque eso parecía, un reconocimiento de territorio más que un gesto de afecto— Mel le habló al oído a Fernanda, preguntando tal vez. Y Fernanda, lo único que hizo, fue guiarla directamente a su habitación con una docilidad que me resultó perturbadora.
—¡No vayan a entrar! —dijo Fernanda, gritándonos claramente a nosotras dos.
Yo no entendía por qué gritaba. ¿Acaso creía que teníamos intenciones de presenciar algo? Maribel, en cambio, seguía en su estado de shock, tocándose los labios una y otra vez como si intentara borrar algo.
—Esa loca... esa loca se atrevió a besarme —dijo Maribel asustada, con la voz temblorosa.
—Besó a Fernanda —le dije, esperando alterarla un poco y que me revelara más sobre eso de la influencia.
—Mientras esté usando la influencia, todo lo que ella siente, yo lo puedo sentir —Maribel reveló más de lo que creí. Aún es normal, sigue siendo una niña que no sabe medir sus palabras.
—Le estás mintiendo, ¿verdad? No le estás transmitiendo valentía ni ningún sentimiento. Tú la estás poseyendo como un vil demonio de tercera.
Maribel se me quedó viendo. Su mirada era como si la hubiese descubierto en falta, como si hubiera visto a través de su juego. El silencio se alargó lo suficiente para confirmar mis sospechas.
—Bien, le miento. ¿Eso es lo que querías escuchar? Pero es que tú no entiendes. La influencia no la puedo utilizar solamente porque sí, necesito que la persona esté de acuerdo con esto. De todas las personas que conozco, Fernanda es la que más necesita de mí. No sabes ni siquiera la mitad de los problemas de los que la he logrado sacar por mi presencia, por usar influencia —Maribel se desahogó conmigo. Tal vez el beso que le dio Mel la hizo un poco más recordar su humanidad, esa que a veces los espíritus olvidamos.
Intenté darle un discurso sobre moralidad, tal vez sobre ética, pero no pude. Era muy difícil hacerlo con los sonidos que venían de la habitación de Fernanda. Era claro que las dos estaban haciendo algo que no quiero describir. Por lo que lo único que pude hacer fue levantarme e irme al lugar más apartado: la lavandería. Mientras detrás de mí venía Maribel, como un perrito arrepentido.
—Sigo sin entender la relación de esas dos chicas. Es decir, es claro que sienten algo entre ellas, pero ¿por qué Fernanda lo niega tan descaradamente? —dijo Maribel mientras se posicionaba arriba de la lavadora, cruzando las piernas como si estuviera en un trono. Yo me senté cerca de un montón de ropa sucia, buscando la comodidad en lo que había.
—Tal vez sea su historia. Es decir, no conozco mucho de Fernanda, a decir verdad no conozco mucho de este mundo. Pero cuando tienes historia con alguien más, es difícil alejarse. Los recuerdos pesan más que cualquier razón.
Estuvimos esperando. La verdad, no sé cuánto tiempo, pero ya había oscurecido. Para los fantasmas, el tiempo no es tan importante ni valioso como cuando estás vivo. Así que esperar un rato dentro de la lavandería no fue tan malo. Sin importar incluso la compañía. Maribel aún se tocaba los labios y tarareaba una canción, una melodía antigua que no reconocí pero que me llenó de una calma extraña.
Fue entonces que, después de un largo rato, Fernanda apareció en la lavandería. Llevaba un tiempo buscándome, buscándonos.
—¿Por qué están escondidas aquí? —preguntó Fernanda con un ánimo más alegre del que le había visto en días. Ella resplandecía, tenía una sonrisa y un brillo en los ojos tan raro en ella. Incluso podría decir que sus mejillas estaban ruborizadas, como si hubiera recuperado algo que había perdido hace mucho.
—No podía escuchar la paz de mi tumba con tanto ruido que tú y Mel estaban haciendo —mencionó Maribel descaradamente. Fernanda quedó por completo colorada, un tomate viviente.
—¿Mel ya se fue? —pregunté susurrando, como si el nombre pudiera convocarla de vuelta.
—Sí, se acaba de ir —contestó Fernanda, y en su voz había una mezcla de alivio y nostalgia.
—Y bien, ¿cómo te sientes? —le pregunté mientras caminaba yo lentamente hasta sus pies, sintiéndome como una mascota que busca caricias.
—Es una rara sensación de miedo y amor —contestó Fernanda. Me tomó con cuidado y nos fuimos directamente a la sala. Me acomodó en el sillón, pero esta vez cerca de ella, como si necesitara una confidente—. La verdad es que no sé qué hacer. Mel y yo tenemos mucha historia, y siendo sincera, desde hace mucho tiempo dejé de pensar en ella. Y de la nada, ella me busca, me sigue, y ¿hacemos esto de nuevo?
—¿Cómo que "de nuevo"? —pregunté algo confundida. Las piezas no terminaban de encajar.
—Mel y yo ya habíamos tenido relaciones. De hecho, ella fue mi primera vez. Y luego de unos meses, ella, junto con mis demás amigas, se fueron.
Lo que decía Fernanda no tenía mucho sentido para mí. No conocía nada de ella, nada de su pasado y muy poco de su presente. Así que lo mejor que hice fue no preguntar. Algunas historias necesitan su propio tiempo para ser contadas.
Enseguida, Fernanda empezó a hacer sus quehaceres. Hizo la tarea, comió —aunque picoteó más que comer— y nos fuimos a dormir. Maribel, por su lado, de nuevo había desaparecido, como una sombra que solo aparece cuando hay tormenta.
Finalmente, otro día terminó. Y empezó otro cuando vi a Fernanda levantarse por el estrondoso sonido del tren fantasma, ese maldito Chango Pacheco que marcaba las cuatro de la mañana con la puntualidad de la muerte.