El mundo se detuvo.
No el mundo de verdad, claro. La bicicleta seguía avanzando, las ruedas seguían girando sobre el camino de tierra, el viento seguía moviendo las hojas. Pero para mí, todo se congeló en ese instante.
No. No puede ser.
Pedaleaba. Su cabello volvió a cubrir su nuca. El momento pasó. Pero la imagen quedó grabada en mí como un hierro candente.
Es una coincidencia. Tiene que serlo. El mundo está lleno de marcas, de formas, de casualidades. Una estrella en la nuca no es exclusiva de... de divinidades.
¿Por qué me temblaban las manos? ¿Por qué, si ya no tengo corazón, sentía que algo se rompía dentro de mí?
El paisaje pasaba a mi alrededor sin que yo lo viera. Los árboles, el camino, la luz que se filtraba entre las ramas. Todo era un borrón. Solo existía ella. Su nuca. Esa marca.
Si esa marca es lo que creo...
No. No lo era. No podía serlo. Era una niña. Una simple niña que veía espíritus y se escondía de Mel. Esa chica le tenía miedo a su propia sombra. No era nada más. No era nada especial.
Tenía que ser una coincidencia.
Tiene que serlo.
El viento sopló de nuevo. Su cabello amenazó con levantarse otra vez.
Tapé mis ojos. No quería verlo. No quería compararlo. Así que tapé mis ojos como pude.
Y cuando los descubrí, ella seguía pedaleando, ajena. Y yo seguía siendo solo una muñeca de trapo en su mochila.
—Ya casi llegamos —dijo Fernanda sin voltear.
Asentí, aunque no podía verme.
No vale la pena pensar en eso, me convencí. No hablaré sobre esa extraña marca. Es claro que yo estaba mal.
Durante casi todo el trayecto se mantuvo pedaleando en la orilla de una carretera. Sin embargo, llegó el momento en el que se desvió por un camino de tierra, un pequeño sendero lejos del pavimento.
El camino comenzó a volverse más accidentado. Las ruedas de la bicicleta saltaban sobre piedras y raíces, y yo rebotaba dentro de la mochila como un muñeco de feria. Fernanda no decía nada, concentrada en mantener el equilibrio.
Entonces, el bosque —que aún se veía a los costados del camino— se abrió.
Una cerca.
Alta, imponente, de malla ciclónica rematada con alambre de púas que se enroscaba como serpientes metálicas. Detrás de ella se alcanzaban a ver las siluetas de casas. Muchas casas. Todas quietas. Todas vacías. Calles sin autos. Árboles sin podar. Un silencio que pesaba más que cualquier ruido.
Fernanda frenó. Se bajó de la bicicleta y la sostuvo del manubrio mientras caminaba hacia un costado.
Me asomé desde la mochila. La cerca parecía interminable, abrazando todo el perímetro como un brazo de acero que no quería soltar lo que guardaba.
Siguió caminando, siempre pegada a la cerca, buscando algo entre la maleza. Llegamos a un punto donde la vegetación era más espesa. Era de nuevo el bosque: arbustos, enredaderas, árboles jóvenes que habían crecido sin permiso. Fernanda se detuvo frente a un tronco en particular, grueso, de esos que parecen haber estado ahí desde el principio. Pero tenía algo de especial.
Un hueco.
En la base, casi oculto por las hojas y la tierra acumulada, había una abertura lo suficientemente grande como para que una persona se deslizara por ella.
Fernanda miró a ambos lados, como asegurándose de que estábamos solas. Luego se agachó y comenzó a empujar la bicicleta hacia unos arbustos cercanos, cubriéndola con ramas y hojas secas con movimientos rápidos, prácticos, de alguien que ha hecho esto muchas veces.
Terminó de camuflarla y se enderezó, mirando el hueco del árbol con determinación. Luego me sacó de la mochila y me sostuvo frente a su rostro.
—Esto va a ser un poco incómodo —advirtió—. Pero no te preocupes. Yo paso primero y luego te paso a ti, ¿ok?
—¿Vamos a pasar por ahí?
—Es el único lugar donde la cerca no llega —explicó Fernanda, guardándome de nuevo en la mochila pero esta vez asegurándose de que mi cabeza quedara hacia arriba—. Los guardias vigilan la entrada principal. Pero esto... esto se lo saltaron. O se olvidaron. O ni saben. No lo sé. Ahora aguanta la respiración —dijo, como si yo respirara.
Se metió.
Sentía su cuerpo arrastrarse, forcejear contra las raíces que colgaban del techo como dedos esqueléticos. La tierra se metía por todos lados. Unas veces boca abajo, otras de lado, Fernanda avanzaba con una determinación que me hizo olvidar, por un momento, mi propio miedo.
—¿Y tú cómo sabes de esto? —alcancé a preguntar en un susurro.
Su voz llegó desde adelante, amortiguada por la tierra.
—Yo antes vivía aquí.
Después de lo que pareció una eternidad arrastrándonos por la tierra, llegamos al otro lado.
Era como un pueblo fantasma. Abandonado. Apocalíptico. Un Chernobyl. La hierba crecía por encima de las rodillas de Fernanda, se había abierto paso a través del concreto y el pavimento. Las casas, descuidadas, con la pintura saltada, aunque con los vidrios sucios, aún estaban ahí. Es decir, no estaban vandalizadas ni rotas. Solo... vacías. Como si sus habitantes hubieran desaparecido de la noche a la mañana.
—¿Qué le pasó a este lugar? ¿Por qué está tan solo? ¿Por qué está cercado? ¿Por qué hay guardias?
—Bueno, eso fue más o menos cuando yo tenía 7 años. Un día nos desalojaron a todas las familias que vivíamos aquí, en el Barrio de Santo Apóstol. Fue una noche horrible. Papá no se quería ir y golpeó a un policía. Casi lo detienen. Pero fue como si fuese una emergencia —comentó Fernanda.
Me sacó de la mochila y de nuevo me abrazó para seguir caminando por las calles de ese barrio fantasma.
—De mala gana, papá recibió una indemnización y una reubicación. Aunque con el tiempo papá se fue, pero mamá se quedó con esa casa. La última vez que mamá me corrió de la casa, terminé llegando aquí, esperando volver a mí hogar. Cuando vine a este lugar, vi que estaba cercado. Pero fue gracias a...
—Estaba lloviendo, estaba llorando, tenía que ayudarte —en ese momento habló Maribel, salida de quién sabe dónde.
Ni siquiera me di cuenta de su presencia. ¿Estuvo siempre ahí con nosotras? ¿En qué momento llegó?
—Estaba sangrando. Tu madre te había golpeado tanto... Sé que estoy muerta, pero esa fue la primera vez que estaba realmente asustada.
Maribel parecía conmovida. Su voz, siempre tan punzante, sonaba ahora quebrada, frágil.
—Sí, bueno... —Fernanda hizo una pausa, como si las palabras pesaran—. Maribel intentó ayudarme a cruzar y, de alguna forma, encontramos ese hueco. Y ahora, cada que necesito estar sola, solo vengo a mi santuario. Nadie sabe de este lugar. O al menos no saben que yo vengo aquí.
Fernanda no dio una explicación de lo que Maribel mencionó. Solo lo evadió, como quien esquiva un golpe. Parecía que la única afectada era Maribel, que aún cargaba con el recuerdo de esa noche.
Al menos eso creí... hasta que la escuché.
Su respiración, que hasta ahora había sido constante a pesar del camino, comenzó a entrecortarse. Un temblor recorrió sus hombros. Sus pisadas se hicieron más lentas, más pesadas, como si cada paso costara un esfuerzo sobrehumano.
Y de la nada, como si la gravedad la hubiese vencido, terminó con las rodillas en el suelo.
Y sin más, empezó a llorar.
Primero fueron quejidos leves, apenas un suspiro roto. Pero avanzaron rápido, se convirtieron en gritos desgarradores venidos de un corazón roto. No era un llanto cualquiera. Era el tipo de llanto que se guarda durante años, que se acumula en algún rincón del alma hasta que ya no cabe más y explota.
Maribel no hizo otra cosa que quitarse la máscara y revelarse como la niña que era. Sin su disfraz, sin su actitud punzante, era solo una niña asustada frente al dolor de su amiga. Se posó a un costado de Fernanda como si intentara abrazarla, aunque sus brazos la atravesaran una y otra vez. Era como si fuese un ritual que ya habían hecho antes. Como si supiera que no podía tocarla, pero igual lo intentaba.
Ese santuario no era solo un lugar. Era para que ella se liberara completamente: el dolor, la ira, la tristeza. Todo lo que callaba frente al mundo podía salir aquí, entre estas casas vacías y este silencio que todo lo guardaba.
Una lágrima rodó por la mejilla de Maribel. Enseguida se la limpió, con un movimiento brusco, cuando se dio cuenta de que yo la miraba. Como si mostrar esa vulnerabilidad fuera un pecado.
Parecía que en cualquier momento Fernanda volvería a vomitar. Era un estrés tan horrible. ¿Qué cargaba? ¿Por qué era tan odiada? ¿Qué hizo para sufrir de esa manera? ¿Tenía que ver con su marca? ¿Con esa estrella en su nuca que yo no podía dejar de pensar?
Sus gritos fueron apagándose poco a poco, dando paso a un gimoteo cansado, como el de un pequeño bebé que empieza a dormirse después de llorar tanto. Como pudo, se limpió con su mano, restregándose las lágrimas y los mocos con el dorso, y luego limpió su mano entre la poca hierba que había. Se puso de pie con esfuerzo, como si cargara el peso del mundo.
—No lo eres —mencionó Maribel, como si hubiese leído el pensamiento de Fernanda.
—No lo soy —dijo Fernanda.
Lo dijo con tal falta de credibilidad que dolió. Como un hombre de 40 años diciendo que cree en Santa Claus. Como quien repite una frase que le han dicho mil veces pero que nunca ha podido sentir.
—Allison está enferma —Maribel comentó de la nada, cambiando la conversación por un tema completamente distinto. El cambio fue tan abrupto que resultaba evidente—. ¿Sabes qué fue lo que me dijo?
Fernanda negó con la cabeza, aún secándose los ojos.
—Me dijo que cuidara a su familia si le pasaba algo a ella —mencionó Maribel.
Y enseguida se volvió a poner su disfraz. La máscara cayó sobre su rostro como un escudo, ocultando a la niña que habíamos visto por un instante.
—¿Puedes creerlo? La maldita me roba mi vida y ahora quiere que cuide a su familia.
Fernanda caminó, y mientras Maribel se quejaba de esa tal Allison, yo observaba.
No soy tonta. Maribel intentaba distraer a Fernanda. Pero sus ojos —esos ojos tan tristes, perdidos y melancólicos— no seguían el hilo de la conversación. Caminaba por inercia, por costumbre, pero su mente estaba en otro lugar, en otro tiempo, en otro dolor.
Fue así que, después de un buen rato caminando por calles vacías y casas fantasma, Fernanda se detuvo frente a una casa.
El zaguán era n***o, despintado, con manchas de óxido que parecían lágrimas de metal. La casa en sí se podía ver a través de la reja: dos enormes ventanas, bien protegidas por barrotes salidos, como una prisión que también protegía. Fernanda entonces extrajo desde su cuello un collar de agujeta del que colgaba una llave. La única. La importante.
Maribel atravesó el zaguán cerrado como si nada, como quien cruza una puerta de humo. Fernanda, en cambio, metió la llave en la cerradura y abrió. Un rechinido se escuchó cuando el metal oxidado cedió, un lamento de años sin uso.
Entramos. Fernanda cerró la puerta y le echó llave de nuevo, atrapándonos dentro.
Había un enorme patio, invadido por la hierba y el silencio. Fernanda caminó hasta llegar a una puerta metálica blanca, manchada por el tiempo, y la abrió con un lazo que colgaba a un costado.
Entramos a lo que parecía ser la cocina: había un fregadero, pero no había muebles. Solo el esqueleto de lo que alguna vez fue un hogar. Caminamos por una gran habitación que posiblemente fue la sala o el comedor. Había dos rutas: una que daba a otro cuarto grande con una gran ventana —la ventana que daba hacia la calle— y la otra llevaba a un largo pasillo.
Seguimos por el pasillo. Nuestros pasos resonaban en la soledad. Fernanda abrió una puerta de madera hasta el fondo.
Todo el lugar era silencioso. Todo estaba lleno de polvo, telarañas y vacío. Sin muebles. Sin vida. Sin recuerdos.
Pero el cuarto que abrió Fernanda... ese era diferente.
Tenía una cama, con colchón y una base de madera. Las ventanas tenían cortinas delgadas y translúcidas que dejaban pasar la luz como un susurro. Cerca de la cama habían dos burós: uno era pequeño, de café oscuro; el otro era enorme, de un café más claro, y tenía un tocador. Una cómoda.
Y peluches.
Demasiados peluches.
En todas partes. En la cama, en la cómoda, en el tocador, amontonados en las esquinas como guardianes de felpa. Había una televisión en un rincón, antigua, de esas que parecen cajas.
El lugar era pacífico. Era tranquilo. Era tan femenino que dolía.
Fernanda no hizo nada más que dejarme cerca del buró grande y claro. Me acomodó con cuidado, como quien coloca un adorno importante. Y enseguida se acostó en la cama, rodeada de peluches, abrazando a uno contra su pecho.
—Esto no parece un cementerio —dije, rompiendo el silencio.
No respondió. Solo cerró los ojos.
Y yo me quedé ahí, en ese buró, mirando a esa niña rota en su santuario secreto, preguntándome qué clase de monstruos la habían llevado hasta aquí.