Hogar

1808 Words
Las chicas se apasionaron de nuevo. Supongo que la idea del sexo en sus cabezas las encendió. El beso siguió por un rato; solo podía escuchar los gemidos y la succión entre ellas. Un denso ambiente las rodeaba: no era amoroso ni apasionado en el sentido adulto. Más bien, era un momento torpe, aunque tierno. Me sorprendí pensando en él: en sus cálidos abrazos y besos tibios, llenos de amor, menos urgentes. Yo, torpe y llena de deseos perdidos. Él y yo ya no éramos nada. Que me haya salvado del Mitlán no cambiaba el hecho de que me cambió por otra: Miyeco, la que creí mi amiga. —Voy a cambiarme. Nos vemos afuera —comentó Helena, sacándome de mi trance. Escuché cómo se alejaba. Solo para estar segura, me asomé con sigilo, revisando los alrededores. Estábamos de nuevo a solas. Fernanda seguía vistiéndose, abrochando los botones de su camisa. —Bueno —dije, para llamar su atención. Volteé hacia donde había venido Helena, vigilando. Tenía deseos de hablar con Fernanda. Era claro que ella parecía estar siendo forzada, de alguna forma. Helena pareció muy d*******e. —¿Estás segura? —pregunté. Fernanda no respondía—. No te vi muy cómoda. —No —dijo en tono discreto—. Tranquila, está bien. Solo me sorprendió que quisiera estar conmigo después de estos años. —¿Años? —Sí. Eh... ella y yo solíamos ir al lago y nadar. De hecho, nos conocimos ahí —Fernanda continuó vistiéndose y se sentó a mi lado—. Yo solo iba a nadar para pasar el tiempo, pero ella en verdad nadaba en serio. Practica desde los diez años —de la nada se empezó a reír—. Ella y yo nos golpeamos la cabeza cuando nos conocimos. Tiene la cabeza muy dura. Te podría decir incluso el lugar exacto donde nos conocimos. Fue algo grosera al principio: “¿Cómo te metes al agua si no sabes nadar?”, dijo cuando casi me ahogué por el golpe. Aun así, me rescató y me ayudó a llegar a la orilla. La verdad es que nado desde los ocho años… —dio un gran suspiro—. Pero ella pensó que no sabía nadar porque no tenía técnica. Desde entonces me enseñó mucho sobre natación. Fue hace dos años que se marchó... cuando se enteró de que yo… Fernanda hizo una pausa y se puso los zapatos. —¿De qué se enteró? ¿Te descubrió hablando con Maribel? —No. Yo le conté muchas cosas… sobre que veía fantasmas y eso. Ella lo aceptó bastante bien. Lo que descubrió fue sobre… —de nuevo guardó silencio. No dijo nada. Parecía que quería hablar, pero se mostraba muy cohibida. —Es injusto, ¿no? —le dije—. Te intento sacar información cuando yo no te he dicho nada de mi vida. Tranquila, si no me quieres decir, lo entiendo. Fernanda no dijo nada. Siguió cambiándose, y cuando terminó, tomó su morral y salimos hasta recepción. —Disculpa —habló Fernanda en voz baja a la recepcionista—, ¿me podrías dar una bolsa? Olvidé la mía. La recepcionista, con algo de esfuerzo, le consiguió una bolsa donde Fernanda metió su traje de baño y su gorrito. Agradeció y se despidió, para enseguida salir al estacionamiento. Se alejó lo suficiente. —Ella entró a la secundaria. Se fue a otra escuela y yo perdí un año. Entré a la escuela “Ignacio Altamirano de la Rosé” y no nos vimos por dos años. De todas maneras, entré a la escuela de natación, y hace como seis meses, ella también entró a esa misma escuela —me contó Fernanda mientras caminaba de un lado a otro—. Pero ahora ella quiere estar conmigo. No es que no quiera, pero mi cuerpo… su cuerpo… nuestros cuerpos han cambiado desde entonces —se detuvo—. ¿Y si lo echo a perder? ¿Esto qué significa? ¿Quiere una relación conmigo? —de nuevo empezó a pasearse—. ¿Podríamos ser novias? ¿Pero… y Ángela? —se detuvo otra vez. Era un manojo de nervios—. Ay no, no pensé en Ángela. Se va a molestar. Tal vez… mejor no. Pero, ¿qué tal si es mi única oportunidad para tener una relación? Vi cómo se retorcía los dedos, caminando en círculos como si intentara evitar que su corazón le saliera por la garganta. Sus ojos brillaban, pero no por tristeza, sino por una mezcla extraña de culpa, ansiedad… y esperanza. Fue fácil tomar la decisión y abrí la boca. —Le dieron el patrocinio a Helena. —¿Qué? ¿De qué hablas? —Los escuché. Escuché a los instructores hablar de ello. De lo buena que es ella nadando… y lo desastrosa que eres tú. —No te creo. —Es por eso que quiere celebrar contigo. Tal vez quiere decírtelo y… Fernanda empezó a correr lejos del estacionamiento en cuanto vio a Helena salir. —Mira, lo último que quiero hacer es entrometerme en estas situaciones. Solo que, en realidad, sentí que debías saberlo —le dije mientras ella corría. —Ja —soltó—. Lo entiendo —no parecía molesta ni triste—. No hay mejor persona que merezca el patrocinio que Mel. Ella es grandiosa. Lo único malo es que con el patrocinio venían las clases de natación gratis. Creo que voy a tener que dejarlo. —Espera, ¿qué? ¿Por qué? —pregunté, asombrada. —Bueno, es muy caro ir a esa escuela de natación. No puedo pagarlo. Mis papás no querrán hacerlo, y ni pensar en Sam. Él ya ha hecho mucho por mí —dejé de lado mis dudas y me seguí enfocando. —¿Era muy importante? —cuestioné. Fernanda dejó de correr y continuó caminando una vez lejos del estacionamiento. —Claro que no. Con Mel ahí me empezaba a sentir sofocada. No me podía concentrar. Y tú la viste hoy: al fin se atrevió después de tantas insinuaciones. Creo que lo mejor será que no regrese. Mel es muy linda y en verdad me gusta, pero no creo que estemos hechas para estar juntas. No con tanto en nuestro pasado. Fernanda, en cuanto pudo, subió a una combi. Durante el trayecto no dijo mucho. Se quedó mirando por la ventanilla, como si el movimiento del paisaje pudiera ordenar sus pensamientos. Su reflejo en el vidrio parecía más sereno que ella misma. Después de bajarse, caminó unas calles. Se mantuvo en silencio. Podía deslumbrar los colores del atardecer, un matiz anaranjado que ardía no con fuego, sino con serenidad y calma. El sol, enorme, redondo, perfecto, descendía lentamente, como si supiera que alguien lo miraba por primera vez en mucho tiempo. No recordaba que el cielo tuviera tantos colores. Es como si estuviese vivo. Las nubes eran pedazos de algodón, blancos y dorados. ¿Tanto me había perdido? El quedar cinco años encerrada me hacía ver este mundo de una forma distinta. ¿Cuándo fue la última vez que contemplé un simple atardecer? Al fin llegamos a su hogar. Era un zaguán oscuro, enorme. Había una puerta en el mismo zaguán que se encontraba abierta, y por ahí pasamos. Dentro había una cochera enorme con una camioneta café estacionada y dos carros más enfrente, uno rojo y uno gris. Aun así, había espacio suficiente como para meter otros tres vehículos. Al lugar le entraba muy poca luz. Era algo triste, además de que no había nadie. Siguió más adelante por un pasillo sin ventanas y subió por unas escaleras, pasando tres pisos hasta llegar al cuarto. Ahí caminó por otro pasillo, esta vez con cuatro puertas. Al final, una pequeña ventana dejaba entrar la luz del sol. Llegamos hasta la última puerta, muy cerca de la ventana. Fernanda sacó de su bolsa una llave y abrió. Era un pequeño departamento. A primera vista solo se veía una pequeña sala con dos sillones —uno de dos plazas y uno individual— puestos frente a un televisor, uno de 20 pulgadas, análogo, muy grande. Nunca antes había visto una televisión así. Es decir, sabía que existían, aunque nunca vi una en persona. Al pasar por el portal, Fernanda cerró la puerta, dio un gran suspiro, se quitó la mochila y la dejó caer al suelo. Caminó hasta el sillón individual, donde me dejó sentada. Ella siguió al otro sillón, se sentó y se acostó. —Estoy muerta —dijo Fernanda. Yo no dije nada. No sabía quién podía escucharnos, y no iba a dejar que me sorprendieran de nuevo. —Esta es mi casa… bueno, no es mi casa, es de Sam, mi tutor —seguí callada, casi con la intención de ir y golpear a la parlanchina. No quería que se le soltara la lengua y empezara a decir algo sobre mí—. Ha sido mi tutor desde hace dos años y me ha ayudado mucho. Lo que me recuerda… Fernanda se levantó del sillón y corrió más adentro del departamento. —Debo poner la ropa a lavar —dijo en voz alta, y enseguida se escuchó el sonido de la lavadora. Era un ruido muy alto y molesto. Unos segundos después volvió con una toalla húmeda y se limpió la cara. No lloraba, pero sus ojos estaban rojos. También se había cambiado; usaba un pans azul marino y una playera blanca con bordes rojos. —Perdón por todo esto —murmuró, y desapareció de nuevo. Solo podía escuchar el movimiento de vasos, platos y cucharas. Enseguida apareció y, sin preguntar, me sostuvo y me llevó a la cocina, donde colocó dos platos. En la estufa, encendida, había arroz y albóndigas, además de un comal con tortillas. Fernanda me colocó en una silla frente a la mesa puesta. —¿Cuántas albóndigas vas a querer? —preguntó de verdad. Creo que aún no entendía que yo era una mera muñeca y, sobre todo, no iba a hablar sin estar segura de que estábamos a solas. Era claro que debíamos poner unas reglas. Al no responder, Fernanda sirvió arroz con dos albóndigas y tortillas en una servilleta de tela. —Bien, es hora de comer —dijo orgullosa. Lo único que hice fue voltearla a ver, y lo juro: en ningún otro momento deseé tanto que la mirada de la muñeca de trapo no fuera una sonrisa boba, y más bien una mirada seria, con una ceja levantada. —Ya sé, ya sé, tú querías tres albóndigas —dijo. Ya eso significaba que estaba bromeando. —No hay nadie aquí, ¿verdad? —Fernanda me sostuvo. Mostraba una sonrisa. Me puso en la mesa, ella se sentó y empezó a comer. —Solo tú, yo... y los demás fantasmas
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