Llegamos hasta una puerta que daba a otro pasillo. Ingresamos a una sala con casilleros, llena de chicas cambiándose. Fernanda, sin perder tiempo, se dirigió a uno apartado.
—Lo lamento —dijo, dejando la mochila en una banca—. Voy a sacar mi traje de baño y debo sacarte —añadió, retirándome enseguida para hurgar en su mochila.
Sacó el traje y un gorrito del mismo tono azul marino. Con una llave abrió el casillero, tomó unos goggles y unas chanclas. Se quitó el suéter, la camisa blanca de manga larga y los zapatos negros, guardándolos adentro.
Quedó con una camiseta blanca sin mangas, tomó la mochila, cerró el locker y caminó rápido hacia una cabina. Al entrar, pensé que era un retrete, pero resultó ser una regadera. Cerró el pestillo.
Nunca fui a una escuela de natación. Aprendí como Dios manda: en la pileta de casa.
Me colgó del gancho de la puerta, dentro de la mochila. Luego se quitó la falda gris y me miró de reojo.
—¿Me estás viendo? —preguntó.
Y sí. ¿Pero qué podía hacer? ¿A dónde se supone que mirara? Se notaba que era penosa.
—No te preocupes, yo también soy mujer —dije.
Fernanda se quedó inmóvil unos segundos. Luego me tomó de la cabeza y me metió por completo en la mochila, cerrándola. Eso me sorprendió.
—Oye, ¿qué te pasa?
Otra vez a oscuras. Pasó un rato, y luego Fernanda abrió el cierre.
—Sabes… solo me lo hubieras pedido, y no te habría visto.
—Perdón.
—Ya da igual, pero si lo vuelves a hacer, te clavo un alfiler —advertí.
Fernanda se duchó con el traje ya puesto. Fue rápido. Apenas salió del cubículo, corrió; el chac–chac de las chanclas sonaba con prisa. Llegó al casillero, metió la ropa, lo cerró con esfuerzo, se acomodó el cabello, se puso la gorra y los goggles. Tomó la mochila y se dirigió a la salida que daba a la alberca.
El sonido era aturdidor: silbatos, gritos, chapoteos. En las gradas, Fernanda dejó la mochila colocándola de forma que yo pudiera ver la piscina.
—Regreso en hora y media —dijo.
Se quitó las chanclas, las dejó junto a la mochila, dio unos pasos atrás, hizo una marometa y cayó al agua. (Presumida)
—¡FERNANDA! ¡DEJA ESO PARA LOS CLAVADOS! —gritó uno de los instructores, molesto.
Ella se sumergió y nadó hasta la mitad sin salir a respirar. Aunque estaba lejos, la vi con claridad. Estaba feliz. Tranquila. Tal vez no era humana. No, era una sirena.
—¡CINCO VUELTAS, ESTILO LIBRE! —ordenó el instructor.
Fernanda estaba con un grupo de chicas. Eran seis, todas alineadas en un mismo carril. Me pareció raro, pero no entendía nada de eso. El instructor comenzó a llamarlas por nombre.
—¡HELENA!
La chica salió disparada con el silbatazo. Luego:
—¡GEMA!
Una a una se fueron lanzando. Fernanda fue la última, justo cuando la primera ya regresaba. Su cuerpo se movía con fuerza, pero sin el mismo orden que las demás. Yo solo observaba. No entendía las reglas ni los tiempos, pero algo me atrapaba. Nadaban como si fuera divertido. Por un momento, deseé saltar al agua también.
Durante casi toda la hora practicaron diferentes estilos. No entendí ninguno. Todo sonaba raro. Yo solo conozco el nado de perrito… y ni siquiera lo hago bien.
—¡ACÉRQUENSE! —ordenó el instructor.
Salieron goteando. Él continuó:
—Helena y Fernanda, buen trabajo en la última competencia. Especialmente Helena, que obtuvo el primer lugar. Se acerca la temporada de cierre de año. Todas están invitadas a participar, pero habrá pruebas. No todas calificarán.
Tosió y agregó:
—Ahora haremos una carrera amistosa, solo para observación.
Tomaron sus posiciones. El silbato sonó. Todas se lanzaron.
No entendí quién llevaba ventaja, hasta que noté que Helena iba al frente. Nadaba como si fuera lo más fácil del mundo. Fernanda la seguía, pero algo era distinto. No sé de técnicas, pero parecía que se esforzaba demasiado. Como si empujara el agua en vez de deslizarse.
Y entonces, se detuvo. Sacó la cabeza, respiró con fuerza… y no terminó. Quedó en último lugar.
—¡PREPÁRENSE PARA OTRA RONDA! —ordenó el instructor.
Las chicas volvieron a la línea de salida. Esta vez, varios instructores se acercaron a las gradas.
—¿Viste la patada de Helena? —preguntó uno.
—Compacta y con buen ritmo. Su batida es limpia y no pierde alineación —respondió otro.
—Fernanda tiene resistencia, pero no sabe dosificarla —dijo una mujer—. Mal control respiratorio. La obliga a detenerse.
—Y su brazada es muy superficial. No entra con los codos. Tiene fuerza, pero le falta técnica.
—Si alguien merece el patrocinio, es Helena —dijo otro—. Tiene base, aire, cabeza.
Sonó el silbato. La carrera terminó. Helena ganó de nuevo. Fernanda fue la última. Otra vez se había detenido a respirar.
Los instructores siguieron conversando sin filtros. Solo hablaban de Helena. A Fernanda ya ni la mencionaban.
Les dieron una pausa. Todas rodearon a Helena. Fernanda se alejó y siguió nadando sola. Se sumergía por largos ratos y salía a lo lejos. Lo admito: parecía feliz. Libre.
Me di cuenta de que la clase terminó cuando las chicas salieron de la alberca, y alguien les alcanzó toallas. El instructor detuvo a Helena, y Fernanda fue hasta donde yo estaba. Se secó como pudo, se quitó los goggles y el gorrito, empezó a secarse el cabello.
—Te aburriste, ¿verdad?
Yo no contesté. Era un lugar público. Tal vez no había mucha gente cerca, pero no me iba a arriesgar.
—Sí, te quedaste dormida —la chica en verdad era torpe.
Recogió la mochila, se puso las chanclas y caminó hacia los vestidores.
Dentro, se metió a una regadera y colgó la mochila. Esta vez creyó que estaba dormida, porque, sin preguntar, me metió dentro. Eso sí, con cuidado y en sigilo.
—No estoy dormida —comenté, y ella se asustó—. Es claro que tienes muchos problemas, y uno de ellos es no entender el ambiente.
—Perdón. No te entiendo.
—Estamos en un lugar público. No es buena idea que una chica empiece a hablar con su muñeca parlante. Eso te mete en problemas.
Fernanda se quedó en silencio. Parecía una niña regañada. No decía nada, inmóvil, casi al borde del llanto.
—¿Sabes algo? —decidí cambiar el tema—. Nadas bastante bien.
—¿Sí?
—Bueno, casi alcanzas a Helena varias veces, ¿no?
—Me gusta mucho nadar, más cuando tengo que ir con mis papás. Me relaja. Además, con un poco más de esfuerzo, creo que Helena y yo podremos ser patrocinadas por la escuela. Yo siempre fui la elegida, pero Helena es como mi maestra. Ella me enseñó lo que sé, y es muy buena.
Helena y Fernanda se conocían, y no solo eso: Fernanda esperaba el patrocinio que Helena ya tenía.
—Oye, debo bañarme. ¿Podrías esconderte en la mochila un rato?
No dije nada. Solo obedecí.
Debía pensar. De nuevo mi debilidad: no podía decidirme, decirle lo que sabía o quedarme callada. Era claro que no me concernía. ¿Dejarlo pasar? Parecía lo mejor, aunque no muy honesto.
Ese debate me duró tanto que Fernanda terminó de bañarse, salir, llegar al casillero y comenzar a vestirse.
—¡Oh, no! —dijo—. Olvidé que necesito otra bolsa para mi traje de baño. Usé la única que tenía para llevarte al salón, ¿te acuerdas? No quería que pensaran que me robaba a la Adelita del salón audiovisual.
Se rió.
—¿Estás hablando con la Adelita? —dijo una voz detrás de nosotras, sorprendiéndonos.
Por suerte, yo no contesté. Estaba más enfocada en mi dilema —Sí, la vi en las gradas.
La chica se acercó, sin pensarlo, le dio un abrazo para finalmente darle un beso en los labios.
Eso me impactó tanto que olvidé por completo el dilema.
La chica era Helena. Solo llevaba una toalla; ya se había bañado. Fernanda se zafó del abrazo y beso; con miedo, miró a su alrededor.
—Casi no llegas —dijo Helena, intentando otro abrazo.
—Dijiste que no más besos.
—Qué te digo… estoy de buenas. Tanto que estoy casi obligada a celebrar contigo. ¿Vamos a tu casa?
¿Fui yo, o eso fue muy sugerente? Para ser sincera, Fernanda no parecía ser activa sexualmente. Era tan tierna como un cachorro.
—“Única vez”, fuiste muy clara —dijo Fernanda mientras se ponía el uniforme.
Helena se sentó junto a mí y me miró.
—¿Ahora te gustan las muñecas? —preguntó—. Y según dijiste, la robaste.
—No la robé, Mel —Fernanda la llamó así—. Ella quiso venir conmigo.
—Claro que sí —respondió Helena con sarcasmo—. Como tus cuentos: la chica fantasma, el libro mágico, Quetzalcóatl…
—Mel —interrumpió Fernanda. Su rostro estaba muy rojo—. Son solo cuentos. Una forma de eludir mi realidad, ¿no?
Fernanda tenía los ojos cristalinos. Quería llorar.
Mel se acercó, le agarró el rostro suavemente y le apretó las mejillas.
—Tranquila, yo te creo. No quiero que llores otra vez.
La besó de nuevo, y poco a poco la pasión creció. Me sentí incómoda. No supe qué hacer, así que me metí en silencio en la mochila.
—¿Vamos a mi casa? —sugirió Fernanda.