—2.-Fobos —1.-Krivo —1.-Feo 2.-Posesión 3.-Desconocido

2570 Words
—Déjame adivinar —gritó Maribel con su sarcasmo habitual—. Pudiste tocar a un espíritu, podías verlos y decidiste... ¿comerlos? ¿Y te hiciste un disfraz de ramitas? Eres patético... La criatura volteó a ver a Maribel. No pareció gustarle que lo molestaran mientras comía. De un brinco, cerró la distancia contra Maribel y le dio un zarpazo. Ella, como pudo, se defendió con su espada, el choque resonando en el silencio del cementerio. —¡Maribel, cuidado! —gritó Fernanda. Y como era de suponer, la criatura volteó a verla. Pero en lugar de a****r, ignoró por completo a Maribel. Se dejó caer al suelo, y entonces su cuerpo de madera se convirtió una vez más en una pila de troncos inertes. Tal vez era una clase de camuflaje, una trampa para pasar desapercibido. Mi suposición fue errónea. De la nada, apareció justo detrás de Fernanda. Pero ahora no tenía un cuerpo de madera física. Era un cuerpo de madera espiritual, creado con decenas de máscaras de feos superpuestas, como un collage de pesadilla. Rostros distorsionados, ojos vacíos, bocas abiertas en gritos eternos. La criatura dio un zarpazo hacia Fernanda. Ella gritó. Yo me quedé patéticamente inmóvil, un testigo inútil. Maribel flotaba a toda velocidad para proteger a Fernanda, pero la distancia era demasiada. El golpe cayó. Por fortuna, el zarpazo solo la atravesó. Fernanda estaba a salvo. Asustada, temblando, pero a salvo. Maribel llegó y golpeó al ente, que solo bloqueó el golpe con su brazo de madera. Enseguida, durante la pelea entre Maribel y esa criatura, la madera suelta en el piso comenzó a pegarse a su cuerpo espiritual, formando de nuevo un cuerpo físico. Madera tras madera, tronco tras tronco, reconstruyéndose como un rompecabezas monstruoso. Y ahora, con su cuerpo físico restaurado, se acercó a Fernanda. Preparó un golpe que, de seguro, le haría mucho daño. El tiempo se detuvo. O más bien, mi mente viajó. --- —Titinetl. Vamos, repítelo varias veces al día para que te acostumbres al nombre —me dijo un chico de unos doce años, de tez blanca, ojos negros como obsidiana, y una pluma tatuada en la mejilla. Ellayo, le decía Carlos, pero todos sabían que él era Quetzalcóatl. —Se siente raro —comenté, mientras yacía desnuda sobre una plancha de metal frío. —Niña, vamos, aprende a mover esos labios. Yo te escucho, pero tienes que adaptarte a este nuevo cuerpo —insistió. —Es como si usara un disfraz —articulé lentamente, esperando que esta vez mi voz saliera por la boca. —Bueno, pues no estás tan equivocada. Te diré los fundamentos básicos de este cuerpo. Primero: no sientes nada. Ni dolor, ni hambre, ni sueño. Eres incapaz. Tal vez lo llegues a hacer, pero te tomará años, o incluso décadas. Segundo: tu forma física —este cuerpo tuyo al que llamaremos simplemente "humana"— es parte de otras dos formas. Tienes la forma de pelea y la forma de camuflaje. —¿Forma de pelea? —Usa tu boca, niña. Nada aquí es gratis. Quieres medianamente vivir bien, yo te ayudo. Carlos no pidió nada por sacarte del Mictlán, pero yo sí hubiera pedido algo. Así que si quieres vivir, tendrás que trabajar para mí. Y no es fácil. Necesito que aprendas a pelear. Serás parte de mis nuevos inventos, al que llamo "armas biológicas". Eres la segunda, pero eres una versión mejorada. Soy todo un genio —el muchacho me decía con un tono pedante—. Serás usada por Carlos y Karen para defender este mundo. —¿Y el arma? —El modo combate es una espada. Y tienes tres rasos. Los rasos son niveles que puedes alcanzar. Cada nivel representará una mejora, acompañada de un cambio físico. No me compliqué con la espada y solamente creé la más genérica que pude encontrar. Será tu obligación cambiarla. Ahora bien: ese es el primer raso. El segundo raso es un escudo de brazo y unas nudilleras con cuchillo. El último raso es una unión entre el usuario y tú, el arma. Claro que todo tiene que ver con cómo se comportan entre ustedes. Puede que sea solamente otra espada, puede que solo tu escudo crezca, pero en general, será algo que compartirán tú y tu usuario. --- Esa conversación con Quetzalcóatl, cuando al fin me puso en este titinetl, llegó a mi mente como un relámpago. Sin embargo, en ese momento no lo mencionó: mis transformaciones requerían energía espiritual. No lo dijo porque entonces Carlos era mi fuente inagotable. Pero ahora... Ahora estaba yo ahí. Con una chica que no podía defenderse. Con una fantasma que no tenía fuerza suficiente para detener un golpe físico. Y una criatura de madera a punto de destrozarlo todo. ¿Vale la pena? Si la elegía, si la aceptaba como usuaria, perdería la poca energía espiritual que me quedaba. La que había reservado durante más de cinco años. La que me mantenía "viva" y cuerda. ¿Vale la pena Fernanda? Pero... ¿qué estaba diciendo? Claro que ella valía la pena. Cualquier vida vale la pena. Sin darle más vueltas, sin pensarlo dos veces, terminé por simplemente seleccionar a Fernanda como mi usuaria. Me proyecté justo en su brazo derecho. Un destello. Una luz cálida que brotó de mí y la envolvió. Y cuando el resplandor se desvaneció, apareció mi otro cuerpo. Mi cuerpo de batalla. La espada Dulce. Fue algo instintivo, como si mi cuerpo moviera el brazo de Fernanda por ella. Aún conservaba un resto de voluntad para defenderse, y entonces bloqueó el golpe del ente. Fue mínimo. Un simple rasguño. Pero suficiente para que la criatura retrocediera un paso. Maribel aprovechó y comenzó a golpear al ente con renovado ímpetu. —Vaya, trapos, no mentías —gritó Maribel como si todo esto se tratara de un juego, una travesura más. —Concéntrate —le dije desde mi forma de espada—. Yo solo funciono si Fernanda tiene la voluntad para seguir peleando. Lo dije, pero Fernanda estaba paralizada. De vez en cuando la criatura intentaba atacarla, y ella se defendía, sí, pero no era suficiente. Debía contraatacar, avanzar, hacer algo más que reaccionar. Si no fuese por la mocosa de Maribel, ya estaríamos perdidas. Maribel y yo nos coordinamos: ella distraería al ente mientras yo sacaba a Fernanda de ahí y nos veríamos en la entrada del cementerio. La criatura atacó nuevamente a Fernanda. Ella me balanceaba de un lado a otro como si yo fuese un simple palo de madera. En verdad no sabía pelear. Poco a poco sentía cómo su voluntad se desvanecía, y con ella, mi filo comenzaba a perderse, mi forma a debilitarse. Maribel intervino justo a tiempo. Fernanda pudo esconderse. Sin embargo, estaba sofocada, respiración dificultosa, hiperventilando. Su pecho se elevaba y descendía a un ritmo frenético, como pájaro atrapado en caja. —Por favor, te lo suplico, tienes que luchar —le dije casi suplicante, esperando que ella tomara un poco de valor. Parecía imposible. Estaba aterrada, sofocada, perdida en más de un sentido, cansada. Sus ojos vidriosos miraban a ninguna parte, como si ya hubiese aceptado su destino. —Yo no... —empezó a decir Fernanda con dificultad—. No puedo. —Inhalaba tan hondamente que pensé que sus pulmones explotarían—. Yo no soy fuerte —me decía con voz quebrada, cada palabra esfuerzo sobrehumano. —Bien, bien, lo entiendo. Pero no es fuerza lo que te pido, de eso me encargo yo. Solo te pido un poco de valor —rogué como quien ruega a alguien para que no se vaya. Porque a pesar de todo, Maribel y yo estaríamos bien, pero Fernanda podría perder la vida. Y esa vida, con todo y sus miedos, era lo único que realmente importaba. —No soy valiente —dijo con voz quebrada, con pena, con remordimiento. En ese momento, me vino: tal vez teníamos una oportunidad. Pequeña, ínfima, pero oportunidad al fin. —De acuerdo, no eres valiente, lo sé, lo entiendo —intenté explicar sin que mi voz me traicionara—. Pero, ¿sabes quién sí es valiente? Maribel. Ella es valiente. ¿Qué tal si te presta un poco de su valor? —le propuse a Fernanda cuando se me ocurrió la idea de que Maribel usara su influencia. Claro que ella aún estaba asustada. Sin embargo, asintió frenéticamente, como suplicando que eso pasara, con brillo de esperanza en sus ojos que antes no había visto. Le ordené a Fernanda que se escondiera un poco más y se moviera para dificultar que la criatura la encontrara. Estaba tan asustada que no quería moverse, aferrada a su lugar como si ese rincón pudiera salvarla. Después de suplicar, al fin me hizo caso. Y le ayudé a que dejara de respirar tan fuerte y agitadamente, guiando su respiración con mi presencia: inhalar, exhalar, despacio, así. Fernanda, como pudo, terminó llegando —conmigo en mano— hasta la entrada del cementerio, donde Maribel ya nos esperaba con el rostro desencajado. —Esa cosa es terriblemente poderosa —decía Maribel con dificultad, como si estuviese cansada, como si hubiera corrido una maratón. —¿La perdiste? ¿Qué tan lejos la dejaste? —le pregunté a Maribel. —No lo sé, creo que la perdí hasta el otro lado del panteón —contestó Maribel con muy poca preocupación, como quien habla de haber extraviado las llaves. —Eso es bueno. Si está muy lejos, significa que Fernanda no peleará —dije algo aliviada, ordenando la retirada. Observé a Fernanda. Su rostro no parecía aliviado; era más bien avergonzado. Sus ojos no se atrevían a encontrarme. Caminó por el sendero, alejándonos cada vez más del cementerio. Yo seguía en mi forma de espada, y Maribel hacía guardia a sus espaldas por si ese ente la seguía. Quería hablar con la pobre chica, hacerla sentir bien. Pero mis sentidos estaban mejor usados en el camino; no quería que nada nos sorprendiera. Sin embargo, de nada sirvió. De repente, esa criatura cayó desde el cielo, bloqueando nuestro paso con un impacto que levantó polvo y piedras. Como era de esperar, Fernanda se quedó inmóvil, convertida en estatua. Maribel, de nuevo, intentó atacarlo, pero su poca experiencia en combate le jugó en contra. La criatura le quitó la espada con un movimiento brusco y la arrojó lejos. No habría futuro si no implementaba mi plan. —¡Usa influencia, Maribel! —grité. Maribel se puso detrás de Fernanda y, en un instante, tomó posesión de su cuerpo. Vi cómo la postura de Fernanda cambiaba, cómo sus hombros se enderezaban y su mirada se volvía firme. Maribel —en el cuerpo de Fernanda— se puso en guardia. Ahora sí sentía la determinación del usuario para poderme usar. Dio un ataque directo conmigo, y a pesar de ser un golpe certero, la criatura no se inmutó. Sin embargo, su piel, esa coraza de madera, fue dañada: una g****a apareció justo en el lugar del impacto. La criatura entonces lanzó un contraataque. La pobre Fernanda fue lanzada a dos metros de distancia, cayendo contra el suelo con golpe seco. Eso ocasionó que la influencia desapareciera. Era claro que las dos —Maribel y Fernanda— debían estar cerca para que funcionara. Maribel, con determinación, se nos acercó de nuevo y usó influencia en la pobre y asustada Fernanda. Intentó otro ataque. El resultado, a pesar de ser mejor que separadas, era deprimente. La criatura no nos dejaba pasar y seguía atacando. Cada golpe que Fernanda esquivaba, si se alejaba de Maribel, era volver a empezar. Esa coreografía la aprendió la criatura. Tanto que, en un momento, intentó separar a Maribel de Fernanda atacando solo a Maribel, con inteligencia que helaba la sangre. —Esto no sirve de nada —dije a Fernanda. Pero la chica estaba tan metida en sus pensamientos, asustada, temblorosa, que poco le importó lo que yo decía. —Si nos separan a cada rato, no podremos pelear —me dijo Maribel cuando poseyó de nuevo el cuerpo de Fernanda. Su voz, a través de Fernanda, sonaba frustrada. —Entonces muévete más rápido —sugerí a Maribel. —Es imposible cuando sus golpes son aleatorios —respondió mientras esquivaba un zarpazo. —Entonces, ¿tienes una mejor idea? Fernanda esquivaba al terrible ente gracias a Maribel. En verdad parecía que estaba pensando, evaluando opciones. —Tal vez —dijo, como si tuviera un plan—. Si me meto dentro de un objeto y desde ahí controlo a Fernanda... Digo, nunca lo hemos probado —me dijo Maribel usando la voz de Fernanda, y en sus palabras había mezcla de duda y esperanza. —¿Te puedes meter adentro de un objeto? —pregunté, en verdad sorprendida. —Por supuesto, tarada. Es así como Fernanda me lleva a todas partes. Me meto en su liga del cabello —me contestó sinceramente. Yo no sabía que eso era posible. En cinco años de existencia espectral, nunca había conocido a un espíritu con esa capacidad. Durante nuestra charla, Maribel había hecho lo posible para esquivar al ente sin que Fernanda sufriera daño. Lo cual fue admirable; era como si ya estuviese acostumbrada a la batalla, a pesar de su lamentable técnica con la espada. Pero no todo podría salir tan bien. Una piedra. Una mísera piedra hizo que Fernanda tropezara, rompiendo la conexión con Maribel. En un momento crucial, donde el ente atacaba con furia desmedida —era claro que la evasión constante lo había molestado—. Fernanda temblaba en el suelo. Yo era una inútil en su mano. Y la criatura se abalanzaba contra nosotras. Por fortuna, Maribel poseyó la liga de Fernanda. Y mágicamente, su cuerpo se movió con una gracia que no le pertenecía, esquivando a último momento el golpe del ente por centímetros. —En verdad no creí que funcionara —dijo Fernanda mientras me observaba. No podía precisar del todo si se trataba de Fernanda o Maribel—. No sabía que las espadas fuesen más gordas y pesadas que la mía —ese tono burlón me hacía darme cuenta: era Maribel poseyéndola. —Bien, supongo que ahora no tendrás pretextos para pelear —dije. Sin embargo, Maribel, en lugar de responder, enseguida se encarreró contra el ente, golpeándolo, usándome. Y cada vez que la criatura lanzaba un golpe que Maribel no esquivaba, la influencia no terminaba. Era milagro de coordinación. Maribel dio varios golpes: fuertes, contundentes, certeros. Pero ninguno tenía técnica. Mi filo vibraba de tal forma que parecía que me rompería. Me usaba muy mal. Y el ente no nos dejaba en paz, cada vez más furioso, más implacable. Sin más por hacer, no tuve otra elección que revelar mi segunda forma de arma: mi raso. Cuando Maribel retrocedió lo suficiente, usé mi segundo raso. Convertí la espada en dos armas: escudo de brazo para el izquierdo, y nudillos con cuchillo en la mano derecha. —¿Qué babosada es esta? —preguntó Maribel, inconforme e incómoda, mirando las nuevas armas como si fueran un error. —Es mi segundo raso. El escudo de brazo es ideal para ataques cercanos. La nudillera con cuchillo es perfecta para golpear, asustando a tu oponente para que evite el filo. No puedo seguir con la otra forma: no sabes usar la espada. Tal vez esto sea más para ti —le dije.
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